
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 25 de octubre.- La humanidad vive en el presente un tiempo dramático y a la vez entusiasmante, que algunos interpretan como final de una era cultural y como alumbramiento laborioso de una nueva civilización. En este contexto, la barca de San Pedro ha navegado por los mares de la historia, algunas veces en bonanza y otras en tempestad, pero siempre con la confianza de la presencia de su Señor resucitado que hace surgir los dones y carismas necesarios para el momento histórico de su pueblo peregrino.
El pueblo de Dios continúa su marcha, con paso siempre firme y seguro, caminando por el desierto de la historia hacia la casa del Padre, de nuestro Padre que está en los cielos. En esta peregrinación terrena, su Señor cumple día a día su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20), pues sostiene y dirige la edificación de su Iglesia. Su Espíritu sopla y desciende sobre sus discípulos misioneros, como el día de Pentecostés, iluminando el sendero y abriendo la posibilidad de acercarse al misterio de Dios siempre con nuevos bríos de fe, esperanza y caridad, en un espíritu de renovación continua: Veinte siglos de esfuerzos por adorar el Misterio oculto desde la eternidad, dos milenios de arrodillarse ante la magnifica verdad de Dios “tan antigua y tan hermosa” como la encontró San Agustín; la piedra del sepulcro ya no oculta la luz del anuncio salvador, ¡Ha resucitado! y vive entre nosotros.
Fiel al mandato de su Señor, la Iglesia en medio de las vicisitudes históricas, no abandona el ánimo por “conservar el depósito de la fe, (que) es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo” (Constitución Apostólica Fidei Depositum 1); los concilios universales y regionales, los sínodos, el Magisterio del Papa y de los Obispos son manifestación de la asistencia del Espíritu Divino en el cumplimiento de esta misión. Desde la reunión en Jerusalén hasta el último documento emitido en nombre de la Iglesia y para el bien de la Iglesia, el Padre sigue comunicándose con la esposa de su Hijo amado, su voz sigue resonando al mundo entero en la presencia de los Pastores que ha prodigado para confirmar en la fe a aquellos que ha llamado.
Los distintos acontecimientos eclesiales refuerzan la fe de cada creyente e impulsan a dar lo mejor al cuidar el depósito de la fe, por ello, la pasada Asamblea Diocesana de Pastoral, celebrada en nuestra Arquidiócesis, representa el grano de arena que alienta el sentido de la fe y confirma la esperanza de los fieles por medio de la aplicación pastoral de las propuestas y aportaciones que de ella emanaron. Ha sido un acto de magisterio, realizado en la comunión con el Obispo y en fidelidad al Vicario de Cristo.
Alegrarse con este acontecimiento es dar gracias por la presencia del Señor, Buen Pastor de las ovejas, que continuamente hace amanecer un nuevo día, un nuevo tiempo, una nueva Iglesia sólida y firme, grande y gloriosa, hermosa y joven, tal como lo soñaron todos aquellos que a lo largo de los siglos, con la mirada siempre hacia el cielo, han vivido su fe, esperanza y caridad, en esta dignísima y amada Arquidiócesis angelopolitana.
Sábado, 2 de junio
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