Richard P. McBrien / National Catholic Reporter. 26 de mayo, 2009.- La comunión anglicana y la Iglesia católica históricamente han tenido mucho que aprender una de otra. Los anglicanos han mostrado a los católicos que es posible mantener la unidad internacional respecto a la autonomía local y los católicos han enseñando a los católicos los beneficios de una autoridad central fuerte.
Sin embargo, desde 2003, cuando Gene Robinson, gay que reconoció abiertamente vivir en pareja, fue electo y consagrado como obispo de New Hampshire, la comunión anglicana a nivel mundial ha pasado por muchas confusiones. No es claro si la unidad es consistente a pesar de la autonomía local, particularmente la autonomía de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos, misma que sigue apoyando la controvertida ordenación del obispo Robinson.
Uno de los líderes de más alto rango en el anglicanismo, pone de nuevo en la mesa esta cuestión. El 16 de abril, en un discurso durante una conferencia que reunió anglicanos conservadores moderados, en Houston, el antiguo Arzobispo de Canterbury, Lord George L. Carey, recalcó el delicado balance entre los requisitos de la unidad y la autonomía local que han prevalecido en el anglicanismo hasta 2003.
Recordó la primera presión seria contra la unidad, misma que se dio en la controversia sobre la ordenación de mujeres al sacerdocio. En 1998, durante el sínodo de Lambeth, el entonces Arzobispo de Canterbury, Robert Runcie, remarcó la interdependencia entre comunidades sobre la autonomía.
Aún cuando se reconoce la validez de la doctrina tradicional anglicana de la “autoridad dispersa”, para evitar los obstáculos del centralismo y el desarrollo de un papado alternativo, advirtió sobre el peligro de una autoridad dispersa hasta el “punto de la disolución y la inefectividad”.
Y mencionó a la audiencia: “Creo en la opción entre independencia e interdependencia… así de simple, más que en la opción entre unidad o fragmentación gradual”. Y aún la comunión anglicana se había movido de una autonomía provincial a una mayor interdependencia durante más de un siglo, respaldada por resoluciones diversas del Sínodo de Lambeth. Sólo desde 2003, puntualizó Carey, esa interdependencia ha sido cuestionada seriamente.
Al respecto insistió que la autonomía provincial no es un principio teológico por sí mismo” y no es congruente con la eclesiología del Nuevo Testamento, sino un producto de la era moderna en donde los estados nación emergieron exactamente en el momento de la Reforma." La autonomía provincial no es el objetivo de la Iglesia. La Unidad y la misión lo son, de acuerdo a Carey, no la separación y la fragmentación. El problema teológico es el de la autoridad.
Remarcó lo que llamó un hecho histórico sin precedente cuando más de 300 obispos se ausentaron del más reciente Sínodo de Lambeth. “No se subestima el hecho de ese ausentismo”, donde influyó la elección y consagración de Gene Robinson en 2003.
Apuntó que la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos y la Iglesia anglicana de Canadá que han presionado por la autonomía teológica total” al mismo tiempo han impuesto una autocracia canónica total en sus diócesis.
La ordenación de Gene Robinson, contra las advertencias del Arzobispo de Canterbury, la autoridad moral del Sínodo de Lambeth de 1998 y los llamados de la Reunión de Primados, “han llevado a la comunión anglicana a su peor crisis que jamás haya afrontado y de cual parece difícil que se recobre”.
El Arzobispo Carey concluyó su intervención con una cuestión para los Obispos y la Convención General de la Iglesia Episcopal: ¿Los creyentes conservadores pueden estar seguros de tener un lugar en la Iglesia sin se tener censura u oposición? “Si la convención general insiste en fijar una agenda liberal autorizando las liturgias entre personas del mismo sexo y la ordenación de homosexuales y lesbianas al episcopado y presbiterado, entonces se confirmarán los temores de muchos en la Iglesia Episcopal que consideran que tal agenda es más importante que la unidad de nuestra Comunión”.
Sin embargo es claro que aún tenemos mucho que aprender. Nosotros, los católicos podemos recordar a nuestros hermanos anglicanos los obstáculos que existen debido a una autoridad central fuerte; pero la severa crisis del anglicanismo recuerda a los católicos que la autonomía local nos muestra las barreras que tiene en sí misma.
Richard P. McBrien. Profesor de Teología en la Universidad de Notre Dame.
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