
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 16 de agosto.- La figura de la mujer tiene notable importancia en nuestra civilización cristiana. Innumerables mujeres se han hecho “hermanas” de todos al desarrollar determinadas actitudes frente al prójimo, especialmente con el más necesitado. Una “hermana” es garantía de gratuidad: en el escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su entrega como “hermana” mediante el compromiso apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de fraterna feminidad ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien ofrecido gratuitamente.
Así pues, las dos dimensiones fundamentales de la relación entre la mujer y el sacerdote son las de madre y hermana. Si esta relación se desarrolla de modo sereno y maduro, la mujer no encontrará particulares dificultades en su trato con el sacerdote. Por ejemplo, no las encontrará al confesar las propias culpas en el Sacramento de la Penitencia. Mucho menos las encontrará al emprender con los sacerdotes diversas actividades apostólicas. Cada sacerdote tiene la gran responsabilidad de desarrollar en sí mismo una auténtica actitud de hermano hacia la mujer. En esta perspectiva, el Apóstol San Pablo recomienda a su discípulo Timoteo tratar “a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza” (1 Tm 5,2).
El matrimonio tiene su propia dignidad y santidad sacramental pero existe también otro camino para el cristiano: camino que no es huida del matrimonio sino elección consciente por el Reino de los cielos: el celibato. En este horizonte, la mujer no puede ser para el sacerdote más que una hermana, y esta dignidad de hermana debe ser considerada conscientemente por él.
Tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber discernir en la propia vida. La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta. En particular, debe defender su vocación el sacerdote que ha elegido el celibato por el Reino de Dios.
Cuando en el trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no significaría que el matrimonio sea algo malo en sí mismo, sino que para el sacerdote el camino es otro. La mujer, frente al celibato sacerdotal debe fomentar auténticas disposiciones de fe, de esperanza y de amor a Dios, para no ceder fácilmente a los reclamos que le llegan del mundo.
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Considero que al tomar una opción de vida (sacerdocio, vida consagrada, matrimonio o celibato) debemos ser fieles a esa decisión. La fidelidad es el íntimo compromiso que asumimos de cultivar, proteger y enriquecer la relación con otra persona, con Dios, y a ella misma, por respeto a su dignidad e integridad, lo cual garantiza una relación estable en un ambiente de seguridad y confianza que favorece al desarrollo integral y armónico de las personas.
Por lo que También debemos ser cautelosos en nuestros afectos y tratar con delicadeza y respeto a las personas del sexo opuesto, máxime si ya tenemos otra relación o un compromiso con alguna persona en particular, con nosotros o con Dios. Una cosa es la cortesía y el trato amable, otra muy diferente los halagos, las excesivas atenciones y la comunicación de sentimientos e inquietudes personales; estos intercambios hacen crecer un afecto que va más allá de la amistad y de la convivencia profesional porque se involucra a la persona en n...
Toca puntos muy importantes, este articulo ya que el enemigo no duerme. Creo que la relacion debe ser muy seria, desde el mejor punto de vista y no propisiar juegos o palabras de doble sentido. En el primer caso guardar una sana distancia.
Sábado, 2 de junio
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