
Semanario Koinonía / Arquidiócess de Puebla. 9 de agosto.- El sacerdote pertenece exclusivamente a Dios. Su corazón está puesto en Dios y, por Él, abierto a todos los hombres. A ellos se entrega y de ellos puede esperar también una sincera amistad. Hay muchos detalles por los que podemos manifestar nuestra gratitud y aprecio a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos o en situaciones más difíciles.
Es verdad que el sacerdote encuentra una auténtica familia en su Obispo y en sus hermanos sacerdotes, o en sus superiores y hermanos en el caso de los religiosos, pero es de desear que también experimente la cercanía y acogida de los fieles que Dios pone en su camino.
En el tiempo de hoy se hace necesaria, para el sacerdote, la presencia no sólo de los amigos sino también de la propia familia, de los hermanos de sangre y de los padres carnales. La cercanía con la propia familia ayuda al sacerdote a desarrollar facetas tan humanas que favorecen la cercanía de los hombres al amor de Cristo: un trato respetuoso, lleno de bondad y de detalles de cortesía, caracterizado por una auténtica amabilidad, evita el desarraigo, propicia la caridad y la gratitud sincera.
Un modo muy concreto de vivir este año sacerdotal es ponernos a disposición de los sacerdotes, por ejemplo, del propio párroco, para ayudarles en todo lo que necesiten y esté a nuestro alcance. La primera manifestación de disponibilidad será acoger sus orientaciones con docilidad y sumarnos con ánimo a las iniciativas de la parroquia y de la Diócesis. Aún más, no debemos esperar a que nos pidan ayuda, sino fomentar el espíritu de iniciativa, saber adelantarnos, ofreciéndonos para colaborar de algún modo en las necesidades espirituales, pastorales o materiales de la parroquia o de los fieles.
Al poner nuestras personas a disposición de los sacerdotes, les podemos ofrecer también nuestra cercanía y sincera amistad pero también nuestra corrección fraterna. Dios nos ha dado este don no sólo para nuestro propio provecho, sino para servir a la Iglesia y a todos los hombres. Este debe ser el ánimo de la corrección a un sacerdote: hacerle el bien, buscar su crecimiento humano y como discípulo del Maestro, que pueda mejorarse y no encontrarse con desagradables consecuencias. Si se trata de una culpa moral, para que no comprometa su camino espiritual y su salvación eterna. En algunos casos no es fácil comprender si es mejor corregir o dejar pasar, hablar o callar. Por este motivo es importante tener en cuenta la regla de oro, válida para todos los casos, que el Apóstol Pablo ofrece: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor... La caridad no hace mal al prójimo” (Rom 13,8-10). Es necesario asegurarse, ante todo, de que en el corazón se dé la disposición de acogida a la persona. Después, todo lo que se decida, ya sea corregir o callar, estará bien, pues el amor “no hace mal a nadie”.
Sábado, 2 de junio
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
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