
Cuando un candidato al sacerdocio manifiesta su deseo por abrazar el ministerio, lo hace a través de un compromiso público que expresa la pertenencia total a Cristo y a su Iglesia por una promesa o voto hechos con pleno entendimiento y libertad; decide no formar una familia, renunciar a un amor humano concreto y optar por el servicio a los demás sin limitaciones particulares ni de tiempo que pueda ocupar una casa propia. Este compromiso, en el clero diocesano, se hace en una celebración específica donde, después de profesar la fe y aceptar el compromiso celibatario, el candidato firma una carta sobre el altar y la entrega al obispo siendo testigo la comunidad de la aceptación para dar el paso hacia la ordenación diaconal y sacerdotal.
Esto supone una reflexión madura del candidato. Por lo menos ocho años han servido para que el futuro sacerdote vaya tomando conciencia de lo que implica este compromiso. Tendrá que superar conflictos, crisis y dudas con la ayuda del director espiritual que le proporcionará elementos que permitan el discernimiento adecuado para decir "sí". En el seminario, el candidato va aprendiendo que ser célibe es un "don" que tiene que pedirse de rodillas todos los días. No obstante, los momentos de crisis arrojan preguntas que desafían la decisión que el futuro sacerdote tomará: ¿Qué debo hacer? ¿Me estoy enamorando de ella? ¿Le digo a mi director espiritual? Si lo manifiesto a mis formadores, ¿me expulsarán del seminario?
La crisis es el crisol por el que pasa el seminarista para consentir con madurez el compromiso. Así como en el noviazgo se acepta la decisión matrimonial de manera voluntaria y libre, lo mismo en el ministerio y el candidato sabe que su respuesta conlleva una fecundidad que se expresará de manera diferente en el servicio a la Iglesia.
Sin embargo, la cuestión del celibato sigue siendo la bandera de batalla de los grupos que apelan a su derogación o bien para adecuarlo en una figura nueva, optativo, no impositivo. En días pasados, el escándalo de la cura de la farándula, Alberto Cutié, levantó la voz de sus defensores argumentando la "falta de humanidad" de la Iglesia por imponer una ley que es "durísima" para cualquier ser humano; más grave el destape de los escándalos en la catoliquísima Irlanda que revelaron la destrucción de la vida de miles de niños a manos de depredadores sexuales dando elementos a los enemigos del celibato para decir que esta norma debe terminarse en la Iglesia del rito latino.
Hay hombres y mujeres que han sabido vivir con fecundidad su celibato lo que demuestra que, si es difícil, no es imposible. Bastan el número de santos y santas que han optado por este estilo de vida para que, los espectadores contemporáneos, seamos testigos de que la vida celibataria se puede vivir con entereza. Óscar Arnulfo Romero, Maximiliano María Kolbe, María de Jesús Sacramentado Venegas, Joana de Arco y Pier Giorgio Frassati son nombres que ahora vienen a mi mente y que vivieron la fecundidad de su vida en un estilo distinto al matrimonio, independientemente de las controversias que puedan provocar sus biografías
Sin embargo, el problema trata, además, de la madurez y efectiva respuesta de los que toman votos o promesas. No está prohibido enamorarse, amar a los demás, eso está en nuestra naturaleza. La característica del celibato es una decisión voluntaria y libre. Si hay sujetos vividores, inmaduros, enfermos e infieles en los seminarios y casas de comunidades y congregaciones es porque la formación ha fallado en detectar a estos seminaristas que ven en el ministerio un buen estatus que les proporcionará prebendas y recursos fáciles que jamás podrían obtener en una condición común y corriente como la de cualquier ciudadano.
Mons. Felipe Arizmendi Esquivel es un obispo que vive comprometido con este ideal de servicio y de amor a los demás en el sacerdocio. En su reflexión semanal afirma que en el celibato se ha sentido "muy fecundo y muy realizado"; efectivamente, así como en el matrimonio los esposos deben pedir la gracia para llevar su vida juntos, en la vida consagrada y ministerial la persona debe solicitar la gracia para soportarse a sí mismo y encauzar todo su ser en el celibato aceptado libremente. ¿Cuál será el resultado? La felicidad de las personas, sacerdotes entregados y plenos que sean capaces de gastarse por los demás y no los curas amargados y cansados, apáticos y en conflicto permanente, que se encuentran en una prisión existencial que, poco a poco, los está destruyendo.
Ofrecemos la reflexión del obispo de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas como fue publicada en el sitio de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Elincomprendido celibato
VER
Cada que salen escándalos clericales por cuestiones de infidelidad al celibato, se cuestiona su razón de ser. Sea porque se descubren nuevas paternidades del actual Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, cuando aún no recibía las dispensas de sus obligaciones ministeriales, sea porque a un sacerdote se le acusa de pornografía cibernética, sea porque a otro se le comprueban relaciones sentimentales indebidas, no faltan quienes insisten en que la Iglesia Católica debería revisar su norma de admitir al sacerdocio sólo a aquellos que hayan recibido el carisma del celibato y se comprometan a cumplirlo toda la vida. Otros afirman que, mientras no se haga este cambio, la Iglesia seguirá perdiendo feligreses.
Por otra parte, es repetitivo escuchar que el celibato no va con las culturas indígenas, pues en estos pueblos sólo a un hombre casado se le reconoce autoridad y no se acostumbra confiar a solteros cargos de responsabilidad social. Por tanto, concluyen, se debería abrir la puerta para ordenar presbíteros a indígenas casados, para que se inculturen.
JUZGAR
En primer lugar, el celibato no es acorde con ninguna cultura, ni judía, griega o romana, ni española, francesa, alemana, italiana, mexicana, chiapaneca, indígena, mestiza, etc. Ya lo advirtió Jesús cuando dijo: “Hay quienes han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo”, pues “no todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19,11-12). Es un carisma, es un don, un regalo que se concede no a todos, sino sólo a algunos, y no cualquiera lo comprende.
Es innegable que ha habido y hay muchas fallas y defecciones; pero la inmensa mayoría vivimos con gozo y plenitud esta vocación, a pesar de nuestras limitaciones. Yo me siento muy fecundo, muy realizado, gracias al celibato. El matrimonio me hubiera limitado mucho en mi servicio a la comunidad. El celibato me hace libre para servir donde se me requiera, para amar y estar muy cerca de quienes necesiten experimentar el amor de Dios. Nadie nos obligó a emitir este compromiso antes de la ordenación; lo asumimos con plena libertad. Yo decidí libre y conscientemente no casarme, no por egoísmo, no por rechazo a la mujer, ni por desconocer o despreciar la belleza del sexo y del matrimonio, sino por gracia del Espíritu Santo, para consagrar todo mi ser, con todas sus energías, al Reino de Dios, en particular a los pobres. Soy feliz siendo célibe. Pido al Señor que me y nos conserve en fidelidad.
Jesús decidió no casarse. Su madre permaneció virgen. El apóstol más cercano era célibe. Pablo recomendó este camino, no como mandato, sino como consejo digno de confianza (cf 1 Cor 7,25-35). Sin embargo, es cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, el celibato no era un requisito para la ordenación sacerdotal. Fue hasta el siglo III cuando se vio su conveniencia y hasta hoy se ha conservado, a pesar de fallas e incomprensiones. A quienes son incapaces de ser castos, a los libertinos e infieles en su matrimonio, a los que pretenden justificar todo tipo de relaciones sexuales, les significamos un reproche a su proceder, y por ello nos atacan y ridiculizan; quisieran eliminar el profetismo que significa el celibato.
Ya Jesús había advertido:“Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo… También a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras, lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió” (Jn 15,18-21).
ACTUAR
Quienes nos comprometimos a vivir célibes, mantengámonos fieles y alegres, con oración, sacrificio y vigilancia, pues las tentaciones nos acechan por todos lados. Ayúdenos la comunidad y las familias a disfrutar esta paternidad espiritual, y que nadie sea motivo de tropiezo. Conozcan los seminaristas las razones de este estilo de vida y oren para que se les conceda este carisma, que los hará padres y hermanos en Cristo, y así los pueblos en El tengan vida.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de las Casas
http://www.diocesisancristobal.com.mx
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Ya hay un desequilibardo más, buscandose la solución de su vida, o quien sabe, a lo mejor su sentencia entre locos peligrosos, que pena me da.
Se puede decir más alto pero no más claro.Me ha parecido precioso este post.Afortunadamente para los católicos, todavía quedan personas con las ideas claras y con una noción nítida de lo que es respetar un compromiso adquirido.Claro está que no son personas corrientes sino muy sabias y sensatas.Con la ayuda del Señor Jesús todo es posible.Muchas gracias por poner las cosas en su sitio y elegir la puerta estrecha que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios.Bendito sea Dios y nos bendiga a todos.
Sábado, 2 de junio
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
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Asoc. Humanismo sin Credos
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