
La influenza porcina, ahora con diferente nombre, la AH1N1 volvíó a provocar la suspensión de la misma en la Arquidiócesis de México y en diversas diócesis del país. La recomendación emitida por el cardenal Norberto Rivera Carrera, el jueves pasado, tuvo eco en el IV Domingo del tiempo pascual "debido a que la Organización Mundial de la Salud ha declarado la etapa 5 de esta epidemia y en solidaridad responsable con nuestras autoridades, una vez más, no sin gran dolor, para los pastores y los fieles, el Sr. cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México pide con carácter de obligatorio la suspensión de las celebraciones eucarísticas en todos los templos de la ciudad, en este cuarto domingo de pascua, denominado del Buen Pastor. A su vez, les recuerda a los sacerdotes su deber de celebrar la Eucaristía en privado aplicando la intención por la salud del pueblo de México. Así mismo recordamos a los fieles cristianos que quedan exentos del cumplimiento del precepto dominical y los invitamos a que sigan las transmisiones por radio y televisión que se harán a puerta cerrada de las eucaristías celebradas tanto en la Basílica de Guadalupe, como en la Catedral Metropolitana."
En la arquidiócesis de Guadalajara, la celebración pudo seguirse por televisión y fue presidida por el cardenal Juan Sandova Íñiguez, en sufragio "por la salud de Jalisco".
Esta semana será crucial para volver a la normalidad en México. Sin embargo, los informes del Secretario de Salud señalan el crecimiento del número de casos confirmados de personas que sufren los daños en la salud por el AH1N1. Seguramente las autoridades sanitarias podrían recomendar la suspensión de las labores, escolares y de gobierno hasta el 11 de mayo, coincidiendo con la celebración de 10 de mayo.
Los católicos hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre estos hechos y de vernos privados de la eucarístia por dos domingos sucesivos. Ha quedado en nuestra memoria un hecho del cual no se tenía precedentes desde 1929 y, socialmente, ha representado un cambio en nuestro ritmo de vida desde 1985, cuando un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter devastó la capital del país.
Reflexionamos sobre nuestra salud y la precariedad de la vida. Sobre nuestra fe y el valor infinito de la Eucaristía dominical que no fue suspendida por una persecución o por intolerancia religiosa; un enemigo invisible hizo que todo nuestro ser y existir se viera convulsionado en una ciudad que, aún no es fácil de creer, alteró toda su vida de forma definitiva.
Edta epidemia hará que nuestra vida retorne a su cauce normal muchos meses despúes posiblemente. Ojalá que estos hechos, en el ser de los católicos, hayan formado una nueva conciencia religiosa y de amor al prójimo. El resucitado se ha revelado, de forma misteriosa, en medio de la enfermedad y ha hecho que nuestro "ser católico" pase del ritualismo a la vida sincera de fe en el culto vivo en el templo que es cada uno de nosotros, templos vivos del Espíritu Santo.
Sábado, 2 de junio
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Asoc. Humanismo sin Credos
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
Religión Digital
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn