
El encuentro es narrado al detalle por el evangelista: Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Es la imagen viva del hombre que se pone en camino desde su situación concreta y real para salir al encuentro de Dios, de aquel que puede devolverle lo que ha perdido, del que humildemente extiende la mano para pedir ayuda.
Los marginados de nuestra sociedad
VI Domingo Ordinario
Mc 1,40-45
Por Pbro. Julio César Casillas / Semanario Koinonía. Arquidiócesis de Puebla.
Nuevamente Marcos nos presenta al Señor curando, anteriormente había sido un endemoniado, el domingo pasado se nos hablaba de la suegra de Simón, que también había sido sanada; el presente texto nos narra la curación de un leproso. Un hombre que, como nos recuerda la primera lectura era considerado impuro, y que por tal motivo tenía que vivir aislado, fuera de la ciudad. Perfectamente nos podemos imaginar el fin de esta persona, vivir, y tal vez morir así, solo, marginado. Sin embargo, Jesús le ofrece la posibilidad de una vida nueva.
El encuentro es narrado al detalle por el evangelista: Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Es la imagen viva del hombre que se pone en camino desde su situación concreta y real para salir al encuentro de Dios, de aquel que puede devolverle lo que ha perdido, del que humildemente extiende la mano para pedir ayuda.
Voy a tomar un número del catecismo que nos puede ayudar en nuestra reflexión, tomando el testimonio del leproso. “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición de bienes convenientes” (San Juan Damasceno) ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde ‘lo más profundo’ (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (Cf. Lc 18,9-14). La humildad es la base de la oración. ‘Nosotros no sabemos pedir como conviene’ (Rom 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios. (Cf. San Agustín y NCIC 2559) Necesitamos por tanto, acercarnos constantemente a Jesús para pedirle humildemente: ¡Señor, si tú quieres, puedes curarme!
La respuesta por parte del Maestro es pronta: Se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. No tenemos a un Dios incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino más bien contamos con aquel que es rico en misericordia, quien está constantemente tendiéndonos la mano para sanarnos, para liberarnos, para salvarnos. Es aquí donde caemos en cuenta que en el fondo, los deseos de Dios y los nuestros coinciden profundamente. El Señor no espera de nosotros que vivamos aislados, marginados, como aquel hombre, sino quiere que seamos personas de bien, de provecho para nuestra Iglesia, para nuestra sociedad. ¡Qué alegría si nuestra vida transformada por la fuerza de su amor, de su perdón, se convierte en un don para nuestros hermanos!
Por último, es de llamar la atención las palabras que Marcos pone en labios de Jesús: “ No se lo cuentes a nadie”. A final de cuentas, si queremos conocer quien es Cristo, necesitamos cada uno hacer ese camino personal de ir a su encuentro. Las personas, las comunidades somos o hemos de ser como el dedo del Bautista que apunta decididamente a Cristo. Las palabras de Pablo en la segunda lectura nos ponen es esta misma tarea: ‘Por mi parte, yo procuro dar gusto a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven. Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo’.
Hemos de propiciar entonces los espacios donde nuestros hermanos puedan encontrarse personalmente, tú a Tú con el Señor. Esa será nuestra tarea.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya