Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Una nueva cultura cristiana

09.02.09 | 06:00. Archivado en Análisis y Opinión
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La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida. Cultura es aquello que permite al hombre ser más hombre, crecer en su propia humanidad. Se siguen de aquí dos importantes consideraciones. Ante todo, que la cultura dice relación de medio, y no de fin. Es decir, que la cultura no es un fin en sí misma, por cuanto noble y elevada, sino un medio para llegar a aquel humanismo integral propuesto por el Papa Pablo VI: el bien de todo el hombre y de todos los hombres. Más con ello se introduce, contemporáneamente, un criterio de valoración de la cultura y las culturas, que nos permite afirmar decididamente: toda expresión cultural que no contribuye a la plena humanidad de la persona, no es auténticamente cultura.

EL ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA EDUCACIÓN Y LA CULTURA EN MÉXICO.

Por Jorge Pérez Uribe

Antecedente

Este encuentro --sin precedente en la historia moderna del país—fue organizado por la Conferencia del Episcopado Mexicano, la diócesis de Querétaro, y el Centro de Investigación Social Avanzada, asentado en Querétaro y a cuyo frente está el doctor en filosofía Rodrigo Guerra López; y tuvo lugar el día 19 de enero. Narra el doctor Guerra: “El encuentro surgió de una petición de la Santa sede al episcopado mexicano. El cardenal Bertone pidió reunirse con el mundo de la cultura en un lugar fuera de México” y se escogió la ciudad de Querétaro; y efectivamente después de clausurar el VI Encuentro Mundial de las Familias el día 18 de enero; el legado papal se traslado a la ciudad de Querétaro.

La reacción del “laicismo galopante”

El semanario Proceso órgano del pensamiento laico enfermizo y radical que nos aqueja “previno” del evento bajo el título “La Iglesia “toma” la cuna de la Constitución”, y acusó: “El gobierno panista de Felipe Calderón le prestó a la Iglesia Católica el Teatro de la República de Querétaro –icono del Estado laico y donde se promulgó la Constitución de 1917- para realizar un encuentro de intelectuales y académicos de todo el país […] Este acto “cultural” cristiano se realizará ni más ni menos que en el lugar donde en 1854, se estrenó el Himno Nacional y donde en 1867 se reunió el consejo de guerra que sentenció a muerte al emperador Maximiliano ya a los generales imperialistas Miramón y Mejía. En el Teatro de la República tuvo lugar años más tarde el Congreso Constituyente, y el 5 de febrero de 1917 se promulgó la Constitución que le quitó prebendas al clero y sigue rigiendo al país”.

A diferencia del VI Encuentro Mundial de las Familias que fue cubierto por la prensa únicamente para resaltar: “la desorganización, la escasa asistencia, la mojigatería y el alejamiento de la realidad”; sobre el breve evento que nos ocupa más bien se tendió un manto de silencio.

La ponencia del Dr. Guerra

El encuentro inició con la ponencia de Rodrigo Guerra López -doctor en Filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein- denominada "La realización de la razón en el horizonte de la fe". En ella el doctor Guerra afirmó que: “la modernidad ilustrada y sus productos más queridos -como nuestro peculiar liberalismo revolucionario- nos han acostumbrado a creer que el cristianismo no tiene cabida en la vida pública, que la fe no debe tener una expresividad histórica significativa en el presente, que seguir a Jesús es una experiencia de vida privada que habría que domesticar, superar o al menos someter a los límites que el poder en turno le asigne. La modernidad intentó por vías particularmente dolorosas hacer que el pueblo mexicano superara su estadio religioso para avanzar a un aparentemente más emancipado momento científico, democrático y laico.

En el ámbito de la educación todos los aquí presentes conocemos este peculiar clima. Y lo conocemos no sólo porque marcó profundamente al sistema educativo mexicano sino porque también ha trascendido al interior de la experiencia cristiana dando lugar al menos a dos modalidades de cristianismo hoy en crisis.

La primera consiste en ese tipo de cristianismo que tras sufrir persecución se automarginó de la vida pública. Al principio este signo era un elemental gesto de autodefensa, de protección de la propia vida. Sin embargo, más pronto que tarde evolucionó en diversas modalidades de afirmación moralista de la fe, es decir, en creer que para que la gente no se espante, es preciso no anunciar a Jesús sino sólo los valores éticos derivados de Él […]

La segunda modalidad de cristianismo en crisis aparentemente reacciona en contra de un proyecto que busca extirpar militantemente la idea de Dios de la vida social. […] Este cristianismo, aparentemente ortodoxo, sin embargo, muestra su esterilidad a través de su poca o nula creatividad cultural. Nuevamente, un cristianismo que ha perdido a Cristo al momento de haber perdido a la razón, genera un gran rechazo en las nuevas generaciones, por su falta de acogida, de perdón, de compasión. […]

Una cultura cristiana, de este modo, no nace por decreto. De nada sirve proclamar un millón de veces que la razón necesita de la fe y que la fe exige razón si no hay personas concretas, historias concretas, que repropongan en una síntesis existencial personal y comunitaria una nueva alianza entre la vida y el Misterio que la explica. Una cultura cristiana nace de un movimiento, es decir, nace de una realidad viva que acompaña y que educa, de una comunidad de discipulado sostenida por la amistad y por el rigor al momento de pensar, al momento de dudar, de hacer preguntas y de encontrar respuestas.

Una cultura cristiana deja de ser una mera afirmación retórica cuando se verifican empíricamente grupos de personas que perseveran con pasión en la búsqueda de la verdad y se acompañan con afecto en ese arriesgado pero importante viaje.

Estimado Cardenal Bertone, en México y en América Latina esto está comenzando a volver a suceder. En los más diversos lugares, en universidades públicas y privadas, muchas de ellas fuertemente marcadas por una cultura secularista que mira con desprecio y vergüenza a la experiencia cristiana, se encuentran brotes de nuevas búsquedas y de nuevos hallazgos.

Muchas de estas personas han sufrido en carne propia la intolerancia de los "tolerantes", es decir, el sutil pero agudo flagelo de la marginación y el señalamiento a causa de la fe. Sin sacrificar su razón y sin sacrificar su fe, hacen ciencia, investigan, generan cultura, educan jóvenes y niños y redescubren la alegría que brota de la libertad que proviene de vivir con medios pobres pero llenos de Esperanza […] es preciso reaprender a hablar con atrevimiento, es decir, reaprender a decir la verdad con caridad y con valor para que de esta manera, sin caer en las modalidades de cristianismo en crisis de las que hemos hablado, podamos afirmar, aún en los ambientes científicos más exigentes, en los espacios educativos más asépticos, y en lugares como el histórico Teatro de la República que el horizonte de la fe verdaderamente realiza a la razón sin lastimarla.

La ponencia del legado pontificio
En su participación el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI comenzó citando una anécdota de los años 70´s, narrada por el escritor Gabriel Zaid, en donde a una pregunta de un obispo holandés sobre el renacimiento de la cultura católica en México, Zaid respondió: "No pude darle la menor esperanza. En México, fuera de los vestigios de mejores épocas y de la cultura popular, se acabó la cultura católica. Se quedó al margen, en uno de los siglos más notables de la cultura mexicana: el siglo XX. ¿Cómo pudo ser? Todavía me lo pregunto"

Que la cultura sea necesaria en la obra de la Iglesia y aún más en la de la misma humanidad, lo afirmó el Papa Juan Pablo II -en su gran discurso en la Unesco-, cuando gritó: "¡El futuro del hombre depende de la cultura! ¡La paz del mundo depende de la primacía del Espíritu! ¡El porvenir pacífico de la humanidad depende del amor!” […]

Para la Iglesia, la cultura es una realidad vital, urgente, necesaria. El vínculo del Evangelio con el hombre, repetía Juan Pablo II ante la UNESCO, "es efectivamente, creador de cultura en su mismo fundamento

La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida. Cultura es aquello que permite al hombre ser más hombre, crecer en su propia humanidad. Se siguen de aquí dos importantes consideraciones. Ante todo, que la cultura dice relación de medio, y no de fin. Es decir, que la cultura no es un fin en sí misma, por cuanto noble y elevada, sino un medio para llegar a aquel humanismo integral propuesto por el Papa Pablo VI: el bien de todo el hombre y de todos los hombres. Más con ello se introduce, contemporáneamente, un criterio de valoración de la cultura y las culturas, que nos permite afirmar decididamente: toda expresión cultural que no contribuye a la plena humanidad de la persona, no es auténticamente cultura. Sabemos bien que existen muchas formas de cultura que constituyen una agresión a los derechos de la persona y que, por tanto, no pueden ser consideradas como expresión de verdadera cultura, aun cuando estén profundamente arraigadas en las tradiciones ancestrales de los pueblos y de las comunidades. La lista es larga: sacrificios humanos, infibulación, discriminación y maltrato de la mujer, aborto, etc. Pretender defender tales usos o prácticas en nombre de la diversidad cultural sería un grave error […]

Siendo cultura de la palabra, ésta es, al mismo tiempo, cultura del Logos, de la razón y, por tanto, en relación esencial con la verdad. La verdad, evocando al cardenal Newman, no se posee; se es poseído por ella. No se impone, se propone. Requiere del hombre la actitud de la docilidad, no la manipulación. Le exige contemplar el mundo, antes de pretender transformarlo. Por ello mismo, esta visión cristiana de la realidad, inspirada en la Escritura, es una apuesta por un mundo de sentido frente al absurdo de un devenir irracional guiado por las solas fuerzas de la materia. Esta opción por el sentido nos coloca ante la alternativa última a la que, a fin de cuentas, se enfrenta el hombre, la alternativa entre la razón y la irracionalidad: saber si el mundo procede de la pura materia irracional, en cuyo caso la razón no sería más que un mero subproducto de la evolución ciega de la materia, o si, en cambio, en el origen del mundo hay un diseño inteligente, una razón, y ésta es entonces su guía y su meta).

La Iglesia fue deliberantemente expulsada de los ámbitos públicos de creación de alta cultura, especialmente de la Universidad y del foro político. Liberales y revolucionarios aplicaron con éxito una estrategia de aislamiento, especialmente en el área de la educación. Este proceso, como sabemos, fue particularmente violento en el siglo XX, en el que se desencadenó una sangrienta represión contra la Iglesia.

Es necesario constatar también que los esfuerzos católicos para la producción de la cultura han tenido, en general, un éxito mermado. Han faltado en ocasiones la creatividad necesaria para dar vida a nuevas propuestas culturales. Mientras que Europa y América conocieron a finales del siglo XIX y principios del XX una explosión de creatividad en todos los órdenes, con notables reflejos de la vida cultural mexicana, los católicos no supieron integrarse adecuadamente en las vanguardias, ocupados como estaban en la defensa de su propia identidad. A ello se añade el hecho de que en México, como en los países bajo la influencia napoleónica, la teología desapareció de la vida universitaria. Paralelamente se verificó en algunos momentos un proceso de deterioro en la formación cultural de los sacerdotes.

La resultante de todos estos factores es que, mientras que en el pasado de la Iglesia tuvo un papel destacado en la vida cultural de México, como en el resto de la cultura del Nuevo Mundo, con un florecimiento en los siglos XVI-XVII, en la pasada centuria, una de las más brillantes en la cultura mexicana, la Iglesia y los católicos apenas tuvieron incidencia en ella.

La evangelización de la cultura en México, como en otras partes del mundo, es hoy más urgente que nunca. Así como el primer anuncio de Evangelio fue, ante todo, un encuentro entre culturas, es necesario hoy un nuevo anuncio que tenga entre sus prioridades a la cultura. Estoy firmemente persuadido: mientras no iluminemos con el Evangelio el alma de la cultura, no podemos esperar la transformación tan anhelada de nuestros pueblos.

[…] tenemos ante nosotros un desafío apasionante y hermoso. Dar a luz una nueva cultura cristiana en este comienzo del Tercer Milenio, ser los autores de una nueva síntesis entre la fe y la cultura de nuestro tiempo, abrir horizontes fecundos, acabar con tópicos inútiles y estériles.

[…] este proceso de transformación se debe realzar gradualmente. Es necesario partir de comienzos modestos y, a través de una acción capilar, aspirar a la transformación y enriquecimiento de la cultura, sin despreciar los pequeños logros. Es mejor encender una pequeña candela, que maldecir de la oscuridad.

Para ello juega a nuestro favor un fondo de religiosidad popular que la ola de secularismo todavía no ha logrado apagar. Acaso pueda parecer una caña quebrada o una mecha vacilante, pero es siempre un punto de arranque para la tarea de la evangelización. Así lo han entendido siempre los santos. El beato Federico Ozaman, en medio de los tumultuosos acontecimientos revolucionarios de 1848, no dejó de percibir este fondo de fe en el pueblo: «Es en el pueblo donde yo veo aún bastante fe y moralidad como para salvar una sociedad en la que las clases altas han perdido. No convertiremos a Atila y a Genserico, pero gracias a Dios, quizá lo lograremos con los hunos y los vándalos». No todo esta perdido. No hay tiempo para el desaliento. Nada ganamos con dejarnos vencer por la inercia o la rutina. No podemos cruzarnos de brazos pensando que cualquier esfuerzo en el terreno cultural es fatiga inútil o empresa imposible.

Si queremos ser fermentos de una nueva cultura, hemos de comenzar por abrir el corazón a la pujante acción del Espíritu de Jesucristo que, divinizándolo, no lo despoja de lo humano, sino que lo enaltece, purificándolo y transformándolo.

A todos ustedes, queridos amigos, permítanme que les repita las mismas palabras que el Señor dirigió a un Pedro fatigado y desalentado tras una noche de trabajo infructuoso: «Duc in altum!, ¡Rema mar adentro!» para responder como el humilde pescador de Galilea: «Señor, en tu nombre, echaré las redes» (Lc 5, 1-11).

(1) Proceso, número 1681, 18 de enero de1989, págs. 18 a 21
(2) Cambio de época, cristianismo y audacia de la razón. Ponencia del doctor Guerra López, en el encuentro del cardenal Bertone con el mundo de la cultura en Querétaro. Ver texto integro en http://www.zenit.org/article-29890?l=spanish
(3) Evangelizar la Cultura ver texto completo en http://www.zenit.org/article-29878?l=spanish


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