Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

“…So help me God”

26.01.09 | 06:10. Archivado en Análisis y Opinión
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Por Jorge Pérez Uribe

La ceremonia de investidura presidencial estadounidense

Probablemente todos pudimos presenciar la toma presidencial de Barack Hussein Obama presidente número 44 de Estados Unidos, el pasado día 20 de enero. Cuando Obama accedió a las escalinatas del Capitolio, los más de dos kilómetros que mide el parque del National Mall de Washington, -prácticamente tapizados- por cerca de dos millones de personas, irrumpieron en un grito de júbilo. Poco después de las 11.30 horas (16.30 GMT) tuvo lugar la ceremo-nia de investidura.

Pude seguir el evento completo a través de la página de Internet de Milenio y disfrutar de la actuación musical de de la cantante de soul Aretha Franklin, la lectura de poemas, y de la invocación religiosa a cargo del reverendo Rick Warren. También constaté la bendición del reverendo Joseph Lowery, y la actuación de un cuarteto de lujo, formado por el violinista Itzhak Perlman, la violonchelista Yo-Yo Ma, la pianista Gabriela Montero y el clarinetista Anthony McGill.

Para realizar la fórmula de juramento, el presidente electo coloca su mano izquierda sobre la vieja Biblia de Abraham Lincoln -sostenida en este caso por su esposa Michelle-, y levanta la mano derecha diciendo exactamente: Juro (o prometo) "solemnemente desempeñar con toda fidelidad el cargo de presidente de los Estados Unidos y hasta el límite de mi capacidad, preservar y proteger la Constitución de los Estados Unidos", y termina con un “so help me God” (que Dios me ayude).

Posteriormente Obama dirigió un discurso en el que hizo referencia a los “padres de la patria”, a los inmigrantes, a los que “Por nosotros lucharon y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn”. Agregó “Por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, en última instancia esta nación depende de la fe y la decisión del pueblo estadounidense. Esta es la fuente de nuestra confianza - el saber que Dios nos llama a dar forma a un destino incierto”. […] Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo - por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de todas las fes pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica explanada, por lo que un hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, no habría sido servido en un restaurante ahora está ante vosotros para prestar el juramento más sagrado.

Y finalizó diciendo. “América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas, y aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos a permitir que este viaje terminase, no dimos la vuelta para retroceder, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios encima de nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América”.

Previamente al evento Obama y su familia asistieron a un servicio privado en la iglesia episcopal de San Juan, una tradición para quienes están a punto de rendir el juramento presidencial. La familia del vicepresidente electo Joe Biden también asistió.

Barack y Michelle Obama saludaron a los espectadores y entraron a la iglesia entre los aplausos de unas 200 personas. El coro y la congregación empezó a cantar el himno "O God Our Help in Ages Past" (Oh Dios, nuestro socorro en el ayer). Hay que aclarar que Obama pertenece a la iglesia bautista Ebenezer, que es la misma a la que perteneció Martin Luther King y que en su campaña estuvo acompañado y asesorado por el reverendo Raphale Warnock.

El sano laicismo

Al regresar al Vaticano después de su viaje a Estados Unidos Benedicto XVI expreso: “pude rendir homenaje a ese gran país, que desde los inicios se ha edificado a partir de una feliz conjugación entre principios religiosos, éticos y políticos, y sigue siendo un válido ejemplo de sana laicidad, donde la dimensión religiosa, en la diversidad de sus expresiones, no sólo es tolerada, sino valorada como "alma" de la nación y garantía fundamental de los derechos y de los deberes del ser humano. En este contexto, la Iglesia puede desempeñar con libertad y compromiso su misión de evangelización y promoción humana y, al mismo tiempo, puede ser de estímulo para un país, como los Estados Unidos, al que todos dirigen su mirada como uno de los principales agentes del escenario internacional, para que se oriente hacia la solidaridad global, cada vez más necesaria y urgente, y hacia el ejercicio paciente del diálogo en las relaciones internacionales”. (1)

En su visita a la sede de la embajada de Italia en el vaticano, manifestó Benedicto XVI: "Esta breve visita es propicia para sostener cómo la Iglesia sea bien consciente que a la estructura fundamental del cristianismo pertenece la distinción entre lo que es del César y lo de Dios, es decir la distinción entre Estado e Iglesia"

“Sostuvo que la división de los poderes políticos y espirituales no sólo es reconocida y respetada por la Iglesia, sino que ella se "alegra" por tal situación al considerarla como "un gran progreso de la humanidad”.

“Esta separación (conocida también como "laicidad") es condición fundamental para la libertad religiosa y el cumplimiento de la misión universal de salvación entre los pueblos del cristianismo”. (2)

El laicismo enfermizo

En la semana del 11 al 16 de enero, en la cuál tuvo lugar el VI Encuentro Mundial de las Familias, el diario El Universal, del lunes 12 mostraba el siguiente encabezado: “Nueva derecha radical asume rol más público”, Rodolfo Echeverría nos calentaba el cerebro en su columna titulada “La ultraderecha al ataque: La derecha radical se suelta la melena y, valiéndose del vocero del Arzobispado capitalino, nos hace saber urbi et orbi que “defenderá enérgicamente la vida y la familia desde las legislaciones”. Cobijada por el clero político, la ultraderecha “quiere tener una mayor incidencia y conformarse en un partido pues, como laicos, no tienen ningún impedimento para participar en la vida política del país, aun declarándose abiertamente católicos” y terminaba con un angustioso: “Está en juego la convivencia nacional”.

Sin que yo lo mencione salta a la vista el prejuicio antirreligioso, que inmediatamente ve complots y nos remite a un pasado que no puede volver -entre otras razones- por la legislación canónica, que prohíbe a sacerdotes y religiosos ejercer cargos de elección popular, por el ecumenismo y el diálogo interreligioso que llevan al respeto de las distintas Iglesias y creencias.

¿Puede alguien imaginar el revuelo, la rasgadura de vestiduras y los mítines de “desagravio” que una ceremonia como la estadounidense ocasionaría en nuestro país? Me imagino a Enrique Krauze, Carlos Monsiváis, Jacobo Zabludovsky, Gutiérrez Vivó, López-Dóriga, etc., hablando de una “vuelta al estado confesional” y quemando incienso al liberalismo de Gómez Farías, Benito Juárez, Lerdo de Tejada, etc. Parece que leo a Bernardo Barranco, Elio Masferrer y otros “especialistas” en religión hablando de “constantinismo”, leo una débil protesta de la Gran Logia del Valle de México, pero no así del Partido Social Demócrata y de pseudo católicos como Patricia Mercado, Católicas por el Derecho a Decidir, Observatorio Eclesial (¿?), etc., Vislumbro mítines, marchas, concentraciones de desagravio en el Zócalo presididas por los mismos íconos de siempre: López Obrador, Poniatowska, Guadalupe Loaeza, Rosario Ibarra, Fernández Noroña, etc., recuperando los “principios liberales” y condenando a los católicos a no externar fuera de los templos sus creencias religiosas.

¿Recuerdan a ese católico congruente y valiente que fue Carlos Abascal? Quién por atreverse a expresar la fórmula “que Dios los bendiga”, fue criticado ferozmente y apodado “monseñor” en son de burla.

El fenómeno del laicismo radical (3)

«El proceso de secularización constituye el latido del corazón de la modernidad»,

«El fenómeno de la secularización, al menos en algunos países, asume cada día con más fuerza la forma de un laicismo, más o menos oficial, radical e ideológico, en que Dios no cuenta, se actúa "como sí Dios no existiera", y a la fe se le reduce o recluye a la esfera de lo privado. En algunas partes, este laicismo se está convirtiendo en el dogma público básico, al tiempo que la fe es sólo tolerada como opinión y opción privada, y así, a decir verdad, no es tolerada en su propia esencia».

Este laicismo ideológico, continúa, comporta un modo de pensar y vivir en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad.

«Para construir la paz es preciso estar muy atentos para no caer en esa mentalidad que poderosamente está actuando en nuestro mundo inspirada por el laicismo ideológico, totalitario y excluyente»… El laicismo radical, al ser intolerante, se convierte en una amenaza para la paz.

«La libertad individual viene a ser como un valor absoluto al que todos los demás tendrían que someterse, y el bien y el mal habría de ser decidido por uno mismo, o por consenso, o por el poder, o por las mayorías».

Es este el origen de incontables y hondos dramas personales que viven tantos hombres de nuestro tiempo, señala, «porque en tal secularización y laicismo el hombre se queda solo, en su soledad más extrema, sin una palabra que le cuestione, sin una presencia amiga que le acompañe siempre, sumido con frecuencia en la soledad del vacío y de la nada».

Más aún, es ésta la raíz de los mayores peligros que podemos avizorar en el campo social y político, pues «si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado». Tal realidad fue la que conoció el mundo durante el Tercer Reich

Hay a este propósito, una sacralidad olvidada que reclama urgente respeto. Su raíz está en que «los derechos fundamentales del hombre no son creados por el legislador ni concedidos a los ciudadanos, sino que más bien existen por derecho propio y han de ser reconocidos y respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores. La vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política remite en última instancia al Creador: sólo Él puede crear derechos que se basan en la esencia y verdad del ser humano y de los que nadie puede prescindir». Es precisamente en torno a esta sacralidad olvidada que se juega también el futuro de la libertad humana: Que haya realidades, valores, derechos, que no son manipulables por nadie, "sagrados", es la verdadera garantía de nuestra libertad, de la grandeza del ser humano, de un futuro para el hombre: la fe ve en ello el misterio del Creador y la semejanza conferida por Él al hombre».

A contrario sensu, negar a Dios es negar al hombre, expresa: «El hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida personal y social o pública. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para la asunción de aquellos valores que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida».

El eclipse y el silenciamiento de Dios conllevan el eclipse y silenciamiento del hombre... La garantía de la paz no puede ser otra --concluye con Benedicto XVI-- «que el respeto de la 'gramática' escrita en el corazón del hombre por su divino Creador», siendo en consecuencia radicalmente imposible la convivencia y cohesión social si Dios es el gran ausente.

1 Audiencia papal del 30 de abril de 2008
2 Discurso expresado por Benedicto XVI, en la visita a la sede de la embajada de Italia ante El Vaticano, el 13 de diciembre de 2008.
3 Artículo publicado por el cardenal Antonio Cañizares revista «Humanitas» de la Pontificia Universidad Católica de Chile, febrero 2008 (www.humanitas.cl)


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