
“México carece de ideales…” estas palabras de José Vasconcelos pueden resonar duramente en la conciencia de una nación que pretende celebrar con parafernalia el bicentenario de su independencia en 2010. Y es que la crisis que vivimos, moral, de justicia, de seguridad y económica, viene a mover nuestras conciencias para ver quiénes somos. Nos decimos “nación cristiana” pero desde hace mucho tiempo el diablo se pasea en el territorio que visitó la virgen de Guadalupe hace más de 500 años cuando se apareció en el Tepeyac. Y el diablo se ha metido en las creencias y a las manifestaciones religiosas… ahora, los creyentes se desbocan por ese engendro que llaman “santa muerte”. En la semana que acaba de concluir, me ha sorprendido ver un gran altar, en el eje central “Lázaro Cárdenas”, una de las avenidas principales de la ciudad de México, en la colonia doctores, consagrado a las dos “divinas majestades” ¿Quiénes? ¿El Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de Guadalupe? No… Malverde, patrono de los narcotraficantes y la santa muerte, la “niña blanca”, abogada de las causas imposibles. Causa perplejidad ver cómo el pasado 12 de diciembre, millones de peregrinos se volcaron a honrar a la Madre del Verdaderísmo Dios por quien se vive, la Virgen de Guadalupe, quien ha dado identidad al pueblo mexicano y ver cómo en las esquinas de las colonias populares de la ciudad de México convive la imagen de la guadalupana con la monstruosa “niña blanca”.
El especialista Jean Meyer, en su opinión semanal para el diario El Universal, compara a México con el Israel de cérvix dura y corazón eclipsado por las tinieblas del pecado, alejado de Dios y de los mandamientos de verdad y de justicia. No le falta razón… el México siempre fiel alabado por Juan Pablo II está sumido en el sin sentido de la vida, en la violación de los derechos fundamentales, en el crimen y la lucha por los bienes que se acaban y que son de este mundo. Se priva de la libertad a las personas honradas y decentes que han hecho un capital a base de su esfuerzo diario y más aún, los que prestan servicios necesarios para todo el público, se aprovechan de la necesidad de cada cual para sacar más dinero, valiéndose de las circunstancias extraordinarias.
México carece de ideales… sí. De los ideales de solidaridad, respeto, fraternidad y caridad; de la honradez general y del aprecio por la justicia que se han sometido por la corrupción, el crimen, el asesinato, la privación de la libertad, la dádiva corrupta, la competencia desmedida y la “ley de Herodes”.
Estamos lejos, como afirma Jean Meyer, del ejemplo de las primeras comunidades cristianas, trazadas en la Carta a Diogneto y que cita el especialista: “Los cristianos no se distinguen de los demás, ni por el país, ni por el idioma, ni por la ropa. No habitan ciudades reservadas, no usan algún dialecto extraordinario, su modo de vida no tiene nada singular, se conforman con las costumbres locales para la vestimenta, comida y manera de vivir, manifestando a la vez las leyes extraordinarias y de veras paradoxales de su república espiritual. Residen en su propia patria, pero como extranjeros residentes; cumplen con todos los deberes ciudadanos y toda tierra extranjera es su patria y toda patria una tierra extranjera. Son en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su manera de vivir rebasa en perfección todas las leyes… En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, los cristianos lo son en el mundo”
Jean Meyer
Medianoche cristiana
El Universal / 21 de diciembre de 2008
En la misa de gallo de este año, deberían leer esas palabras de Claudio Magris: “Con los fundamentalismos, el del islam u otros, Dios no tiene nada que ver. El fundamentalismo no es culpa de Dios. El problema no es tanto si la fe en Dios existe o no, sino si la idea de Dios es una idea fuerte, que da sentido o es una idea absurda. Yo siento con fuerza la idea de Dios. Luego pienso que como no se puede demostrar, uno debe vivir con eso”.
Y vivir en función de esa idea fuerte de Dios. Pero parece que los mexicanos que presumimos, tanto la mayoría católica, como la dinámica minoría evangélica, de ser uno de los pueblos más cristianos del mundo, nos conducimos como si la idea de Dios no se sintiera. Un amigo desconocido me hizo llegar esa respuesta de José Vasconcelos a Romain Rolland, con fecha 4 de febrero de 1924: “Somos una nación atea, en el peor sentido del término, atea no tanto porque reniegue de dogmas sino porque carece de ideales, porque cuando no nos burlamos del ideal, lo pisoteamos y lo desconocemos. Llámese justicia; llámese libertad; llámese amor, no hay nada sagrado entre nosotros…”
Duro, ¿no? Cierto, ¿no? ¡Cuán lejos nos encontramos de los cristianos del siglo III, antes de que el Imperio proclamara con fuerza impositiva su idea de Dios! Escribía entonces uno de ellos al aristócrata pagano Diognetus: “Los cristianos no se distinguen de los demás, ni por el país, ni por el idioma, ni por la ropa. No habitan ciudades reservadas, no usan algún dialecto extraordinario, su modo de vida no tiene nada singular, se conforman con las costumbres locales para la vestimenta, comida y manera de vivir, manifestando a la vez las leyes extraordinarias y de veras paradoxales de su república espiritual. Residen en su propia patria, pero como extranjeros residentes; cumplen con todos los deberes ciudadanos y toda tierra extranjera es su patria y toda patria una tierra extranjera. Son en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su manera de vivir rebasa en perfección todas las leyes… En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, los cristianos lo son en el mundo”.
¡Qué programa para los cristianos del siglo XXI, especialmente en nuestro México, que sea guadalupano o no! Un México que se parece al Israel del profeta Isaías: “Nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como un trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban como el viento… ¿Por qué, Señor, nos permitiste alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestros corazones hasta el punto de no temerte?”. Ahora, muchos no le temen al Señor, sino a la “Santa Muerte”.
El historiador ve con admiración cómo, a lo largo de dos mil años, la fe en Cristo se mueve como un incendio que arde mucho tiempo en un lugar y luego se apaga, pero para resurgir más adelante, de manera inesperada. Se nos dijo y era cierto, en apariencia, hasta el momento que dejó de ser cierto, que el cristianismo era un producto cultural occidental, europeo y que por eso fracasaba en Oriente. Resulta que hoy en día el cristianismo es la “organización no gubernamental” que tiene la más alta tasa de crecimiento… en China. Zhao Xiao, antiguo dirigente del Partido Comunista, se convirtió al cristianismo y afirma tranquilamente que ya son 130 millones sus hermanos en la fe, el 10% de la población de toda China. El PC chino registra 74 millones de miembros, o sea la mitad. Cuando Mao Ze Dong tomó el poder en 1949, China contaba con 1% de cristianos, casi todos católicos. Hoy la mayoría de los cristianos chinos son protestantes de pequeñas comunidades, comparables a las del cristianismo de los dos primeros siglos, cuando los creyentes se reunían en la casa del uno o del otro. Así evitan la confrontación con las autoridades.
El Partido Comunista no sabe muy bien qué hacer. Históricamente ha controlado las grandes iglesias católicas y protestantes, al enmarcarlas en iglesias “patrióticas” dependientes de la administración de los asuntos religiosos. Pero esas iglesitas caseras, esas “comunidades de base” que no pasan de 25 personas, no sólo se les van de las manos, sino que han sido un prodigioso instrumento de propagación de la fe cristiana. Cuando la represión intenta disolver una asamblea, se divide en tres o cuatro grupitos que luego se transforman en otras tantas comunidades. Bien lo dijo Marx: “La religión es el alma de un mundo sin alma”. ¡Feliz Navidad!
PD. ¡Milagro! Está en cartelera la película del ruso Pavel Lungin, La isla, pero bajo el título comercial Exorcismo.
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE
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