Soñamos España

La vida “Easton Ellis”

No hay nada nuevo: Bret Easton Ellis se repite en Suites imperiales (Mondadori). Esta vez el autor de American Psycho, retoma la vida de los adolescentes salvajes de su primer novela, Menos que cero.
Clay vive en Los Ángeles y es guionista de películas. En esa ciudad, en donde no faltan las drogas, el glamour y las noches al límite de todo, se encuentra con una actriz de segunda, pero que con su lujuriosa ambición y su escote, consigue atraerlo. Rain empieza a formar parte de una vida en la que sólo sabe demandarle le consiga papeles y un jeep azul lo sigue a todas partes a la vez que le envía mensajes amenazantes. Entonces algo más lo persigue: el rumor de que un productor ha cometido un asesinato y que esto puede incriminarlo.
La velocidad de la prosa, la cantidad exacerbada de pequeñas escenas casi vacías de sentido y la consecución del ritmo de la historia no logran enhebrar un argumento contundente. El estilo se mantiene, el chico oscuro de Los Ángeles sigue siendo escribiendo igual que hace veinticinco años.


Agosto de cuento (1/4): Panterita va en vuelo al muere

A Hernán Moix

Fui tantas veces vencido
que si gano me da miedo

(Letrero en un camión.
Citado por A. Bioy Casares en el libro “De jardines ajenos” )

Lo primero que recuerdo es la cara de Hernán Moix ante el bochorno de esa tarde. Tendría unos diez años pero ya se lo podía llamar un verdadero gentleman. Ël, o su elegancia propia de un hombre mayor, avezado y casi sabio hizo que el suceso que relato guardara la dignidad que parecía imposible ante lo ocurrido.
Era una tarde de primavera en la que ya funcionaba la flamante escuela de fútbol por la que todos pujábamos por ingresar como fieles a la religión verdadera del balón. El establecimiento que había sido una pequeña huerta se había convertido en una fresca cancha de fútbol once, que repartíamos convenientemente en canchas de siete. Mi madre había hablado con Hugo, el querido director y ex futbolista de Estudiantes de la Plata, y me había inscripto. Recuerdo que Hugo me bautizó por error en ese primer día Luis y fui Luisito para siempre en ese pequeño mundo del fútbol.
La escuela de fútbol funcionaba los martes y los jueves, del otro lado de la vía, lo cual hacía más aventurera y adulta la llegada de la barra de los privilegiados chicos que llegábamos desde nuestro humilde barrio, ingresada previamente nuestro pago mensual a la institución.
Entre los que no podían pagar la mensualidad estaba la familia de Panterita, pequeño gran futbolista, hermano de Pantera (delgado, con pinta de Elvis venido a menos y propenso a la bebida y a los trabajos nocturnos). Panterita era uno de los que se quedaba en la puerta de su casa esos martes y esos jueves, para vernos pasar en peregrinaje a los jugadores del mañana: Hernán Moix, Diego Teixido, yo mismo. Se sacaba los rulos sucios de la cara y mascaba un chicle con tristeza, con desazón o con impotencia. Panterita era pobre y odiaba serlo solo porque intuía que quedaría fuera del panteón de esas promesas a cracks.
Pero un día su hermano Pantera, que no adolecía del cariño familiar ganado a fuerza de entreverarse en cierta mitologías de mafias barriales, sabiendo que Panterita moría por un espacio en la escuela de fútbol le puso unos billetes en las manos y le pegó una patada en el culo que quería decir: andá, jugá como sabés.
Vimos como Panterita se nos unió a nosotros ese martes, como cruzó las vías con nosotros y su paso seguro y nervioso a la cancha que todavía dejaba ver alguna que otra planta de maíz que resistía la idea de que aquello ya no era una huerta. Panterita entraba a su sueño que un rato después ya era una partido de siete contra siete en el que él ocupó un arco, con unos guantes que le quedaban un poco grandes pero que él blandía con la felicidad de los payasos nuevos. Los amigos anteriores veíamos con alegría la llegada del amigo pobre que se desempeñaba en la cancha con más furia que eficacia, con salidas un poco arriesgadas y con unos rulos eléctricos que parecían que en cualquier momento saldrían disparados hacia los atacantes contrarios. El partido estaba por concluir, Hugo veía con buena cara la inclusión de Panterita y la tarde entera de primavera y goles nos veía ganadores a todos. Pero la pelota de fútbol que siempre busca darle problemas a los arqueros del mundo entero, cae en manos del diez rival y le pica justo antes de que una bolea de las que hacen historia vayan hacia el ángulo derecho de la valla defendida por nuestro pequeño héroe. Esa foto de El Gráfico hubiera sido portada, porque Panterita que ya a esa altura del partido estaba consagrado como promesa, se estira en el aire, se estira un poco más, vuela y vuela y vuela y con sus manitos sobreactuadas de guantes gigantes llega al esférico y en ese mismo instante se desgracia. Sí, se caga enteramente.
Cuando cae el suelo con la pelota, la cara del diminuto arquero lo dice todo. Los colores humanos ya no existen, es una pálida figura, una cenicienta estampa del fútbol argentino. Panterita retiene el balón durante unos segundos aciagos en el que su pantaloncito se deforma, por llamarlo de algún modo. Todos los jugadores asistimos inmóviles y mudos a la metamorfosis del desgraciado.
Acto seguido Panterita coloca el balón sobre su área chica como quien deja una delicada copa en la mesa, se da vuelta con lentitud esquizofrénica y emprende la más difícil de las retiradas que un hombre, un niño, puede hacer: la retirada del que se avergüenza de sí mismo.
Hugo dice algo que no se comprende, alguien le pide que regrese, otro indiferente aprovecha para salir del campo a beber agua. Hernán Moix desde su serena y castaña rectitud manda a callar a todos y se va trotando detrás del arquero que se va perdiendo rumbo a las vías y que ya no volverá la mirada.
Nunca más regresó a la escuela de fútbol, ni jamás volvimos a verlo entreverado en los picaditos del barrio. Un tiempo después supimos que trabajaba en una frutería pero si alguno de los futbolistas llegábamos a comprar enviado por nuestras madres, él intentaba esconderse tras de unos cajones de manzanas o buscaba cualquier otra actividad por la cual no tuviera que cruzarnos. Se dijo que lloró junto a su madre pidiendo una mudanza inmediata y también se lo vinculó como mandadero de ciertos trabajitos de su hermano Pantera. Nadie puede asegurar haberlo visto después de aquella tarde.
Muchos años más tarde me encontré de manera fortuita con Hernán Moix. Estaba más flaco, pero no perdía elegancia y bondad. Después de un rato de conversar sobre ciertos recuerdos no pude más y le pregunté sobre lo que habían hablado con Panterita en ese tan recordado éxodo de las canchas. Hernán me miró, se terminó de beber aquel café que tenía entre las manos y me confesó con sobriedad: no recuerdo bien de qué hablamos, solo me viene a la memoria que a las pocas calles se le empezaron a arremolinar unos perros que lo olían y hasta llegaron a morderlo.


Diego, o cómo explico porqué amamos a Maradona


No hay peor sentimiento que el sonrojo producido por un sentimiento
o lo que es lo mismo, cómo hago para explicar que una tarde más de un día más encuentro esta foto y se me pone la piel de gallina, se la voy enseñando a todos como si fuera de mi propio hijo y luego la elijo de salvapantallas, pongo el ordenador sobre la cómoda de la habitación y me recuesto con las brazos cruzados por detrás de la cabeza y contemplo la imagen, se me coloca una risa enamorada sobre los labios, vivo la escena con la emoción profunda de lo que no puede explicarse.
Alguno de los lectores ha tenido un novio o una novia gorda y fea, otro debe de archivar un secreto de un robo más o menos importante y lo guarda y secretamente también lo enorgullece, otro de más allá escribió unos poemas ganadores de un concurso barrial: es algo así el amor maradoniano, es algo que no tiene explicación, que confunde, que sonroja, que fanatiza, que te vuelve niño o adolescente, pero que se defiende, que sobrepasa la racionalidad, que aspira a la reproducción cada vez que ves sus videos, cada vez que te recordás en la posición en que estabas el día que viste como confesaba que le habían cortado las piernas y cómo lloraste con él, cada vez que abrís el cajón donde escondés la tapa de El Gráfico del ‘86, que guardás entre las fotos más queridas de tu álbum.
Es que al final uno quiere a ese pibe que tomando mate junto a la Tota (su madre) salió del mismo barrio que vos, jugó a la pelota como vos hubieras querido, levantó la copa que todos queríamos levantar, y un día y otros más se equivocó, igualito que podrías haberte equivocado vos.
Desde ahora cada vez que tenga que explicar porqué algunos amamos a Diego, le mostraré esta foto y si no me entienden, pues nada, abriré los barzos con resignación y les diré que no puedo explicarlo de una manera mejor.

Guillermo Roz presenta su novela LA VIDA ME ENGAÑÓ (Ed. Mirada Malva),
el martes 12 de junio a las 19 hs en CASA DE AMERICA de Madrid.
Más info en:
http://www.miradamalva.com/biblioteca/lavida.html


¡Váyase Señor Capello, Váyase!

Cuando la tarde del domingo cae a plomo y el inmigrante extraña su tierra, solo el fútbol puedo salvarle. Con la fuerza única que la pelota llama repicando, se enciende la radio o se va al estadio, y la tarde pasa.
La nueva tierra ofrece también una nueva camiseta, sin necesidad de olvidar la original, y con el tiempo uno se encunetra opinando del equipo como si lo hubieses ido a ver durante toda la vida.
Para los que nos gusta el fútbol ha sido una suerte poder vivir en España durante estos años. Hemos podido ver a Román inventarse un Villareal que no figuraba en ningún mapa; hemos asistido a lo más increíble de los últimos años: Ronaldinho; y nos sacamos el sombrero ante el silencio del Bernabeu cada vez que Zizou bajaba la pelota desde el alto cielo ibérico.
Pero hace unas cuantas semanas, un hombre de origen italiano, de gafas y mirada perruna, empantana el campo y nos recuerda lo más vil de este amado deporte. Se llama Fabio Capello y no es más que la representación módelica de lo que no queremos: resultadista sin resultados, altanero en la derrota, inventor de un invento que no inventa nada.
Hoy el Real Madrid de los ilusionados Gago, Higuaín, Marcelo o Van Nistelrooy; no es más que un artificio, el falseo de un juego, y que promovido por este personaje, ha degenerado la elegancia merengue en un plan de exterminio futbolístico que nos va quitando la alegría.
La expulsión no concretada de un Beckham siempre digno de respeto, de un Ronaldo que ha dado los mejores goles de los últimos años y la descalificación de otros ilustres, no muestran más que todo tiene un tiempo bajo el sol, y que el tiempo del italiano está ya achicharrado.
El fútbol español, quizás el que cuente con las más grandes estrellas del fútbol mundial, sufre una Capellización que todo lo envilece, y que a los que extrañamos lo nuestro, nos entristece y nos deja en la garganta sólo un grito: ¡Váyase Señor Capello, váyase!


HORACIO CAMPEÓN DEL MUNDO


Horacio y yo estábamos una tarde de sábado sentados en la tribuna de la cancha de Comunicaciones en Buenos Aires. Podía ser el año 1986
. Veíamos Comunicaciones contra Flandria, contra Excursionistas, contra Berazategui, da lo mismo. Era un partido de la C y mi padre era el árbitro. Horacio era un árbitro muy joven, había sido juez de línea de mi padre, y en esos días ya había alcanzado su misma categoría.
Yo, que era un aficionado al fútbol pero más aficionado de mi padre y de Horacio, le comenté:
-En cuatro años tenemos que verte dirigiendo primera A- entre cómplice y realista. A lo que me contestó:
-¿Cuatro años?...como mucho dos- lo dijo muy serio, sin mirarme, siguiendo los pasos de mi padre en la cancha. Pocas veces vi a una persona que hablara con tanto convencimiento, tanta seguridad y tanta sencillez.
Ya estaba trabajando y soñando con lo que hoy vive.
Horacio Elizondo es el árbitro de la final de la copa del mundo Alemania 2006 y la alegría de saberlo allí nos llena de orgullo y alegría
.
Ojalá la particular actividad de un árbitro de fútbol, siempre condenado al insulto y la sospecha, no opaque el merecidísimo reflejo en los medios de comunicación del perfil de este hombre.
En tiempos donde la moneda de cambio es el fraude y el camino corto, este argentino culto, humilde, de capacidad atlética admirable y de un profesionalismo forjado por un trabajo perseverante y un indudable talento natural, llega a lo más alto de su carrera.
Por la decencia, por el trabajo continuado, por la convicción de los que saben que los sueños se hacen realidad, por el ejemplo que este amigo eleva a los ojos del mundo, muchos nos sentimos un poquito campeones del mundo y lo festejamos con él, y levantamos su copa.


Alemania 2006...Los dejamos ganar

¿A quién le echamos los argentinos la culpa ahora? El árbitro no les dio un penal a los contrarios, no nos echaron ni un solo jugador, no tuvimos lesionados, la cancha no estaba mojada o seca, el césped no estaba largo o corto. ¿Le echamos la culpa a la multitud alemana que hacía fuerza por sus colores?. Pues sí, puede ser, no deja de ser un argumento. Empecemos con eso y después lo vamos viendo.
Entonces: qué difícil enfrentarse a los dueños de casa. Se sabía que quien se cruzase con Alemania perdería, estaba dicho. Esa turbamulta de teutones enfervorizados , sobresalidos de cerveza y fútbol, nos robaron un campeonato mundial del que éramos los máximos aspirantes. Siempre a nosotros. Porqué siempre a nosotros. Nosotros que llevábamos la alegría del fútbol con la pisada de Riquelme, la calva de Cambiasso, la estatura de Saviola, la violencia de Ayala; nosotros que grabamos las publicidades más hermosas del mundial gracias al genial departamento de marketing o agencia de la cerveza Quilmes; nosotros a quienes, como dice el tango de Fontova, “nos quieren en todas partes, porque somos el baluarte de toda la humanidad”.
Fábricas sin producción, universidades sin libros, calles sin coches. El país paralizado…¿para qué?...Para que en los penales no superásemos el miedo escénico que Valdano nos legó y escupamos pataditas de mujer, una caracolas cobardes que se abrazaban a aquel malvado señor que bajo los tres palos no entendió nunca nuestra historia. La podrías haber dejado pasar Lehman, ¿sabés la cantidad de pibes que lloraron en mi país por tu culpa?
No nos resignamos, seguimos buscando culpables. A nosotros no porque no, porque no queremos y antes que nada, porque no nos lo merecemos. Los argentinos somos derechos y humanos, los argentinos no perdemos…los dejamos ganar.
Hagamos como que nada pasó, tanto no nos interesaba el mundial de todos modos. Y al final, como todos sabemos, en el mundo del fútbol todo es corrupción…los resultados estaban todos amañados.
Poné la pava vieja, tomemos unos mates
.


Sábado, 24 de junio

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