
Apenas leo los autores con los que David Roas abre su conjunto de relatos Distorsiones (Páginas de Espuma), entiendo su juego: Woody Allen, Flan O´Brien, más tarde en un cuento llega el de J. G. Ballard. Ya lo entiendo, ya lo quiero leer porque sé por cuál camino andarán estas historias, parámetros estéticos y conceptuales que adecuadamente cuajados, resultan una bomba. Y están bien cuajados, y demuestran que Roas además de un buen escritor, como es casi un requisito, es un buen lector.
Los veintinueve paisajes del volumen , divididos Espejismos y Asimetrías, tienen la fuerza de lo que avanza sobre un terreno resbaloso, una voz buena que oculta un pensamiento aniquilador, luces de colores que se apagarán para dejarnos en las sombras de una sorpresa terrible. El tono, aunque la diversidad de voces apelan a motivos y hasta géneros que parecen de imposible éxito en un solo libro, es el del engaño inteligente, el del guiño que refiere a otro guiño y a otro y así hasta varios niveles de lectura.
De entre todos los cuentos me quedo con La casa ciega, la inquietante expectativa de un hombre que se ve atraído misteriosamente por una construcción abandonada. Exquisitamente contada, antológica.

“Un plano es un mapa, pero también un plan: trazar recorridos, memorizarlos, adoptarlos como promesa, consuelo”, escribe Matías Serra Bradford en el prólogo del intenso volumen Buenos Aires, la ciudad como un plano (La Bestia Equilátera). ¿Intenso? Sí, intenso porque cada una de las piezas con la que se conforma el puzzle, cada uno de los textos variados en forma y fondo tienen la intensidad de quien describe con pasión, con furia, con excéntrico amor y desamor a una ciudad poblada de fantasmas y recuerdos (Daniel Guebel), historias biográficas (Anna- Kazumi Stahl), descripciones de una estación de ferrocarril y de la cantidad de personajes y cachivaches y extrañísimos nombres con los que se pueden bautizar a los chiringuitos y a las tiendas (Marcelo Cohen).
La distinguida lista de autores (además de los nombrados, Chejfec, Calveyra, Pauls, Rejtman, Molloy, Carman, Cristoff, Oken, Speranza, Cozarinsky) por lo menos amerita la curiosidad. La combinación con un universo como la ciudad de Buenos Aires nos asegura unas texturas literarias interesantes.
El compendio general muestra la gran salud de la literatura argentina contemporánea, en un librito ameno, como un manojo de cuentos en los que cada relato nos ilumina una zona olvidada de una geografía misteriosa.

La editorial Atalanta publica en este 2010 uno de los libros más exquisitos del año, El mar de iguanas de Salvador Elizondo. La notable edición representa la validación y el rescate de uno de los escritores más inclasificables de la literatura en castellano del siglo XX. El autor de Farabeuf (1965) muestra su autoridad intelectual, su calidad musical y la originalidad de su estilo en los cuatro textos reunidos en el volumen. El primero es su Autobiografía precoz, el cual abarca desde su infancia a sus treinta y tres años cuando sus “amores descompuestos”; Ein Heldenleben habla sobre los estragos de la guerra en un grupo de niños de escuela; Elsinore es una nouvelle, una mirada retrospectiva y nostálgica basada en sus años de colegio militar, obra elogiada por su posterior socio Octavio Paz (la edición cuenta con un facsímil de la carta manuscrita del Nobel mexicano); y cierra con sus Noctuarios, cuadernos autobiográficos escritos por las noches.
Cabe destacar que Elizondo planeaba un libro constituido por misceláneas, llamado igual al que tenemos entre las manos, el cual nunca llegó a publicar y que dio pie a los editores a este homenaje.
Bienvenido sea este autor a la luz de nuestras lecturas, de nuestras bibliotecas y de nuestras librerías. La voz de Elizondo merece un lugar más destacado y luminoso que el que ha tenido hasta ahora en nuestra historia literaria hispanoamericana.

Desde el inicio olemos algo que que se desbarranca, que inicia una desventura sin retorno, un periplo en cuesta abajo que nos dificultará no cerrar los ojos o pedir por favor a la historia que no suceda lo que finalmente sucederá. Sukkwan Island (Ediciones Alfabia) es la pintura lenta, parsimoniosa, por momentos estática de un mal plan: un padre propone a su hijo vivir juntos durante un año en una isla alejada de la civilización, para retomar el tiempo perdido dado gracias al divorcio con su mujer, madre del niño. Un año es mucho si el plan está mal trazado y el paisaje es una trampa en donde atacan los osos, los peñascos invitan a la caída y la comida escasea. La sensación es la de una voluntad de pintar caras felices que con los días se van destiñendo para mostrar que bajo esos colores perviven unos rostros opacos, llorosos, sombríos, los cuales esperan develar un secreto lleno de melancolía y estallido final.
En esta celebradísima primera novela del estadounidense David Vann, quien usa su propia experiencia personal en Alaska para construir la ficción, asistimos a un clima quejumbroso, de constante dificultad para forjar la relación de un padre y un hijo, bajo el manto terrible de un escenario inmisericorde.
Sábado, 2 de junio
Rufino Soriano Tena
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel