
“Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”. Con esta línea truculenta comienza Era el cielo (Caballo de Troya, 2009), la novela del argentino Sergio Bizzio que cuenta la historia en primera persona, de un hombre que parece desorientado ante la misma realidad que le ofrece la relación con su mujer de la que se separa (y a la que nunca le confesara que ha visto, en vivo y en directo, con todo detalle, la violación con la que empieza el relato), con su nueva novia (Vera, guionista de televisión como él) y con una serie de personajes sacados de un pozo de sueños o pesadillas.
Lo importante de la obra es, más que la errática y voluntaria línea argumental, el tono, el ambiente, la necesidad de que todo lo que sucedió, sucede y sucederá se coloque en una superficie brumosa, casi incomprensiblemente ligera (varias calamidades y tragedias humanas se suceden sin que el narrador se inmute).
Puede decirse que el libro de Bizzio indaga más en la forma de contar, en esa especie de regodeo por plantear situaciones solo esbozadas, más que en profundizar o detallar lo que de verdad parece ocurrir. es una serie de fotos borrosas, acaso tímidas, que desandan los caminos de la incertidumbre humana, en la voz de alguien condenado a narrar el espectáculo de una vida extraordinaria.
Foto: lanacion.com.ar

Edith Sitwell (1887-1964), fue una de esas escritoras fascinadas por lo extraordinario. Además de pertenecer a una familia literaria de las más importantes de su época, ella fue en sí misma un faro de atención en la vida cultural británica. Publicó libros de poemas, ensayos, biografías y en 1954 le fue otorgado el título de Comendadora de la Orden del Imperio Británico. Pero la historia quizás la recuerde aún más por el catálogo de extravagantes personajes que logró con su Excéntricos ingleses (Lumen, 2009), en donde despliega su fascinación por iluminar a los que vivieron e hicieron de su vida algo fuera de lo común. Sitwell recoge a viajeros, eruditos, científcos, hombres de letras, ermitaños, místicos y otros personajes disparatados de la nobleza inglesa, desde el anfibio lord Rokeby, que vivía en su bañera, hasta Waterton, que se paseaba por su finca a lomos de un cocodrilo.
La ironía encuentra en la prosa medida y correcta de la autora, un soporte perfecto para la presentación de la lista. La recuperación y traducción de Jordi Fibla, resulta original, divertida y demuestra la inteligencia rebozada del mejor humor inglés.

Hay quien cree que la vida tiene sentido, entre otras cosas, porque existen uno o más Dioses que así lo determinan. Su pura existencia, la de ese ser o seres altísimos, permite un aliciente para sobrevivir a los sucesos más o menos atroces del devenir humano. Casi siempre por miedo, que es una de las formas históricas de la adoración, los hombres rinden sacrificios a sus Dioses. Esto es lo que quiere explicar Joseph De Maistre en su Tratado sobre los sacrificios (Sexto Piso). A través de los sacrificios humanos y en la teoría cristiana de los mismos, el autor (educado por jesuitas) se preguntará “¿Por qué se habrá escogido, siempre y en todas partes, para honrar a la divinidad, para obtener sus favores, para desviar su cólera, una ceremonia que la razón no sugiere en absoluto y que el sentimiento rechaza? Es preciso recurrir a una causa secreta y muy poderosa”.
Si no hay dioses, no hay sacrificios ni miedo. La tentación de un hombre sin ídolos es la aceleración del listado de preguntas sobre el vivir, y la conclusión sobre el sinsentido. El suicidio es para Emile Cioran, explicado en su En las cimas de la desesperación (Tusquets), la más natural de las respuestas. Este libro ayudó al autor, según sus propias palabras, a no responderse más que con preguntas hechas textos, para zafar de la respuesta suicida. A través de una cincuentena de artículos de dos o tres páginas, Cioran desgrana el motivo de su desesperación: el sufrimiento, el grotesco, la muerte, la melancolía, la insatisfacción total, y la incertidumbre del desconocimiento del mundo. Concluye en el principio del artículo titulado No sé: “No sé lo que está bien ni lo que está mal; lo que está permitido y lo que no está; no puedo alabar no condenar nada”. Cioran en estado puro.
Sábado, 2 de junio
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Julio César Izquierdo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel