Soñamos España

¿Qué cosa es una frontera?

25.08.08 | 08:57. Archivado en Literaturas


Con el paso del tiempo y el desarrollo de las culturas el hombre ha querido averiguar porqué es tan dado a la división, a perimetrar la zona, a trabajar para que siempre exista (como sea y cueste lo que cueste) un lado de allá y un lado de acá. La tiza que divide el cielo y el infierno de esa rayuela es una tiza humana, más humana que ninguna, y entre esos dos espacios imaginarios se resuelven una cantidad de historias que no dejan de asombrar cada vez que se cuentan.
La periodista y escritora Cristina Civale publica en Argentina, sus “Crónicas desde la frontera. Viajes desde el mundo trans” (Editorial Marea, 2008). Una crónica es un cuento que es de verdad dijo Gabo y Civale no hace más que corroborar la teoría, y lo hace en una versión ajustada. (No olvidar que la que hoy es bloguera de Clarín ha hecho muy interesantes incursiones en la ficción; de esto son prueba los volúmenes de cuentos “Perro virtual” de 1995 y “Chica fácil” de 1998)
Nueve crónicas, como nueve cuentos, como nueve nuevas explicaciones de cómo se vive en la frontera y qué cosa es una frontera. Nuestra chica en “La triple frontera. La frontera geopolítica”, en primera persona, buscando la historia en la tierra caliente que separa a Brasil, Argentina y Paraguay. Por ahí va la primera crónica. Hay personajes/ personas (Está Cacho, el remisero; está Marcelina, la responsable de la ONG centro neurálgico de la historia), hay un paisaje social como coro de máscaras (policías, el bullicio de gente que compra en mercadillos, los periodistas locales, el turismo internacional), hay un paisaje real (la tierra colorada, la pobreza infinita de las casas, los caminos Cataratas del Iguazú), hay información y siempre hay una metáfora, casi una moraleja en el mejor de los sentidos.
Civale sabe construir sus fronteras con temáticas definidas, son nueve para nueve crónicas: la geopolítica, la de género (magistral, sobre la vida de un transexual), la de la pobreza, la de las adicciones, la de la locura, la espiritual, la del inmigrante, la de la libertad y la del exterminio.
Lo que se terminan deconstruyendo finalmente, en este doble juego de leer cuentos e informarse, son esas aristas interminables y propias del ser humano en el mundo actual.

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Un negro salto de página (Sobre L. Oyola y C. Salem)

11.08.08 | 08:46. Archivado en Literaturas


Desde que llegó Camino de Ida de Carlos Salem, todo lo que viene de la Editorial Salto de página parece traer nuevos y buenos vientos. Tanto es así que este año el salto de la editora es un gran salto con las muy merecidas premiaciones de Matar y guardar la ropa, la segunda novela de Salem (Premio Memorial Silverio Cañada a la primera novela negra publicada) y Chamamé de Leonardo Oyola (Premio Hammett a la mejor novela policíaca de 2007 escrita en español)

Chamamé de Leonardo Oyola es un milagro, no, dos milagros, no, perdón, son tres. El primero el de que con tanto lunfardo y guaraní y referencia de una argentina pretérita, le entendamos y sigamos la trama perfectamente, los argentinos. ¿Y los españoles? Pues es ese es el segundo. El tercero es que esta excelente novela haya sido premiada por un jurado español con más nada más ni nada menos que el Dashiell Hammet. Todo esto no certifica que Oyola sea Dios pero sí un fenómeno de la lengua que puede contar una historia trepidante, a un ritmo de alucinación, con un lenguaje complejísimo y que así y todo lo sigamos, y nos guste.
La historia va de dos piratas del asfalto que recorren el litoral argentino a ritmo del rock nacional. Son socios y son enemigos, son dos personajes que encarnan la marginación y la poesía del crimen en una gesta de sketches brillantes, sucesos en cárceles, descampados y rutas salvajes. Y en medio de todo eso la mística de la fé (uno de los dos es el pastor Noé y cada uno de sus macabros movimientos los justifica como parte de su plan para construir su parroquia) y la de cierto romanticismo de estrella desde la pobreza, de self made man, encarnada en el otro, el Perro (un muchacho que toma de la lírica del rock patrio casi todas las líneas de su guión).
Para el crimen, para el amor y para la muerte Oyola construye personajes desde el pozo de lo más horrible y de lo más humano, y con ellos una épica de una parte de la cultura argentina, divertida y regionalista como un buen chamamé.

La magia de Salem se renueva y aún mejora. En Matar y guardar la ropa otra vez hay una misión imposible, como en su piropeada Camino de ida. Esta vez será Juan Pérez Pérez, un hombre de doble vida (correcto padre de familia por un lado y sicario por otro), quien se encontrará ante su encargo más difícil: matar a uno de los personajes de los que veranean en una playa de Murcia. La dificultad y gracia del asunto radica en la cantidad de personas conocidas de Juan Pérez Pérez (Número Tres según el código que le impone su “empresa”) que frecuentarán la maldita playa: sus hijos con su ex mujer, el juez estrella de la lucha contra el crimen, un amigo de la infancia y una tal Yolanda que parece pueda llevarse el corazón de nuestro héroe.
Esta novela que habla de la muerte, es una comedia y viceversa. La obra dividida en 29 capítulos más un epílogo de tono Bogartiano, pone en escena una voz inconfundible ya, la de Carlos Salem. Con sólo dos libros, el hombre de Malasaña, ha sabido crear una voz propia, un estilo que hace que lo negro sepa hablar de amor, que lo cómico sepa pensar filosóficamente y que a través de diálogos brillantes el lector pueda enamorarse de sus personajes entrañables.
Apostaría y votaría con gusto por esta novela como una de las grandes candidatas para el próximo Premio Dashiell Hammet.

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¿Me cago en mis viejos?

05.08.08 | 11:16. Archivado en Literaturas


Desde el viernes 1 de agosto el diario español El País publica en su revista de verano una columna titulada Me cago en mis viejos, firmada por Carlos Cay. La entrega que se extenderá durante todo el mes de agosto intenta reflejar en primera persona el insufrible verano de un adolescente junto a sus padres. El espacio además de definitivamente insulso, y de que no aporta nada más que treinta líneas despreciables, insulta sin ningún argumento válido a los lectores, que somos muchos, del prestigioso matutino.
La actitud del que habla quiere contar el sentir de ese muchacho (que adivinamos por los dibujos que decoran el texto, y que por cierto son lo único rescatable del asunto) en ese verano que le resulta insoportable junto a su familia y lo hace de un modo que lo único que logra es que en cada párrafo se destaque una sola frase: me cago en mis viejos. No hay ideas, no hay transgresión, no hay originalidad ni frescura. La situación, que hasta la entrega número 3 que se publica hoy domingo 3 de agosto, del muchacho enfrentado a sus padres no parece que pueda sustentarse más que en el monólogo sin más irreverencia que el insulto simplón del que se caga en cada entrega.
La literatura de periódicos no se lo merece, El País no se puede dar el lujo de tal desliz, la filosofía de las líneas editoriales de los medios de comunicación no deberían permitirse tales exabruptos de mal gusto. A riesgo de parecer retrógrado y no enterado de lo que se cocina en la actualidad, de “lo que se lleva”, diré que la columna referida ofende por dos flancos: por el de los valores morales y por el de los valores literarios. Las empresas que ponen en la calle productos de la comunicación tienen el compromiso de entregarnos un material que además de informarnos con certeza y calidad, nos inviten a formarnos como ciudadanos en ciertos parámetros éticos. Y, como corresponde en las sociedades democráticas, cuando algo nos desagrada u ofende a los lectores de un medio de comunicación (un espacio donde el ir y venir de ideas y opiniones debería representar su misma razón de ser), deberemos votar en contra y que ese voto se cuente y que esa voz se oiga.
Me gustaría leer una columna que se llame Qué grande mis viejos, esos que me enseñaron que los más importante que uno puede tener es la libertad de expresar lo que le parece (lo que sea), con elegancia, con respeto y con toda la inteligencia que la naturaleza nos haya dado.

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