
Le adiviné en la cara la argentinidad. Suena a chulería y a confesión de brujo, pero es verdad. Antes de sentarme en mi butaca de avión al lado de la que le ocupaba él –sentado y con cara de distraído-, arriesgué con una pregunta tonta y en castellano (estábamos por despegar desde un aeropuerto americano hacia Madrid) -¿y tú no tienes equipaje?- me miró como quien oye una acusación repentina y casi surrealista. –No ¿porqué?-. Ya en el no me contenté con el acierto. Era un hombre elegante que pisaba los sesenta, y vivía en Madrid desde hacía treinta y un años. No treinta, treinta y uno.
Enseguida comenzó una conversación contra reloj (los dos debíamos dormir algunas horas, de las nueve de diferencia que nos separaban con nuestro destino español), pero sin apuros a la vez. Mi compañero de viaje me confesó, después de algunos silencios dignos de suspiros, que era uno de los pasajeros de “El charter de Videla”. Era la primera vez que oía ese título para nombrar a ese torrente desvalido de toda justicia, que fue expulsado a golpe de tiro y picana, de la Argentina del proceso genocida. España fue su destino final, estuvo veinte años sin volver a su tierra, y pisó con asco, en una vuelta que no debería haber sido, la plaza de la vergüenza de Galtieri, un 2 de abril de 1982. Los coches llevaban calcomanías con banderitas celestes y blancas, sobre las que una frase escupía: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
Después de no querer describirme con silencio y ojos acuosos, los días en los que estuvo secuestrado por aquellos canallas, pidió una manta a la azafata. El recuerdo le había traído frío y a mí también.
Ya cruzando el Océano Atlántico la charla anduvo siempre por la Argentina trágica del ‘45 a hoy. Mi compañero nombró a algunas personas claves, a tres o cuatro momentos de la historia, y a ciertas anécdotas esclarecedoras de su concepción de porqué estamos como estamos y somos lo que somos. –Ya tenés los puntos, ahora te toca unirlos- me dijo.
Me fascinó la idea gráfica. Una línea de puntos, un caminito de hormigas, los rayos de la bicicleta que se funden todos en un centro, como una verdad más que posible.
Nos estrechamos la mano en Barajas y nos deseamos buena suerte.
A mí me queda unir esa línea de puntos que me dejaste en la imaginación, me queda decirte -robándole al poeta rosarino- que quién dijo que todo está perdido…si vos venís a ofrecer tu corazón.
Y yo ahora, con el poder total que me da el azar de ser un personaje secundario treinta y un años después, pongo la voz de millones en tus oídos: Perdón, no te lo merecías; no te lo merecías ni vos, ni ninguno de los de tu familia.
Lo último. Te juro que tu dolor no fue en vano para muchos de nosotros y que sabemos que tu testimonio deberá ser nuestro mantra y la luz que ilumine el futuro.
Gracias por ayudarme a entender que sí existe una línea de puntos, que es muy importante unirlos y que esto no debe de olvidársenos nunca.
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Sin palabras...
Querido amigo, sigue viajando en la medida de tus posibilidades. Creo que es lo mejor que le puede pasar a un ESCRITOR!
Saludos.
esto NO puede morir
debe seguir en pie
a ver.
saludos
http://elconceptodeficcion.blogspot.com
Miércoles, 8 de octubre
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