
Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra.
George Bernard Shaw
Encuentro un pub tranquilo con mesas de maderas grandes y negras, y un buen café, al que se le puede agregar leche fría dispuesta en prolijas jarritas de metal, presentes en cada mesa. Apenas abro el cuaderno y empiezo a escribir, entra él, al que llamaremos Arthur. Tiene unos veinte años, unas pecas y unos bucles colorados ensortijados de gel. Se lo ve feliz, dinámico y muy bien vestido. Se sienta en la mesa de al lado y pide un vino rosado y dos copas. Cuando el camarero apenas coloca la botella en la mesa, Arthur por vez primera mira su reloj. Es hermoso, joven y espera a la mujer de sus sueños. Y desde el minuto uno de espera empieza a desafiar su sistema nervioso.
Por delante de la mesa de Arthur y de la mía no deja de pasar gente joven empuñando sus jarras llenas y vacías; se besan, se ríen, gritan un try, se empiezan a emborrachar, y yo escribo en mi mesa y Arthur espera en la suya. La botella está en el mismo sitio, ni se ha atrevido a tocarla. Se peina y se pegotea de gel las manos, se rasca los botones de su camisa, mira y no dejar de mirar la puerta por la que no deja de entrar y salir gente joven, de domingo, y con ganas de refugiarse de la romántica lluvia galesa que tiende cortinas de agua. Qué bonito es Cardiff, quiero empezar a escribir algo sobre la ciudad pero es como si Arthur me hablara con su espera, con el reloj congelado, con su juventud y su perfume y su primera cita y ese gel y ese bar que ruge de amor y buena onda, pero ya ha pasado más de una hora y ella no aparece.
Suena el móvil dispuesto al lado de la botella. Arthur ve como el aparatito vibra y se mueve como un caracol y un temblor le entra en todo el cuerpo. Pero no es ella; quizás sea un amigo inoportuno. Pero claro, está dicho…el amor llega cuando uno menos lo espera, entonces en medio de la tonta conversación telefónica, Arthur, nuestro Arthur, gira la cabeza y la ve entrar, yo la veo entrar…y dejo el bolígrafo sobre el cuaderno: mide un metro cincuenta, pesa unos cien kilos, carece de cuello y de cintura, va pintada con todos los colores de Kodak, y a todo su volumen lo prensa un vestido rosa de tela parecida al teflón. Revolea una cartera pequeña de piel de tigre. Cuando se ríe llora la salud dental de Gales en su conjunto. Su fealdad es tan fea que se parece a la maldad.
Arthur sonríe, le recrimina juguetón la tardanza y cual George Clooney con su Martini Bianco a punto, descorcha el vino rosado y llena las copas.
Dejo de escribir lo que apenes intenté. Cierro el cuaderno con una especie de fracaso que supera mi voluntad. Me da ganas de pegar un golpe seco en la mesa. Es como esos programas asombrosos en los que un indio o un chino besa una rata o una víbora, y la conclusión del conductor es: Cuántas formas tiene el amor…¿verdad amigos?
Mi querido James Joyce: cuando estamos en los bares, el metro o una plaza podemos ser Arthur, otras veces llevar la cartera de flor de tigre y en más ocasiones tener un papel en blanco por mantel con la bic congelada .Vamos rotando las tres posiciones,pero en realidad vamos buscando quien nos llene la copa de vino.
Siempre suya, Señorita Kearney
Bueno creo que somos varios (como dice otro comentario),los que nos hemos sentado a la mesa. Debo de decirle que su cuento o narración es muy bueno y digno de un excelente cuentista- escritor. Al amigo vendedor de ilusiones y publicidad, le digo que lo suyo es TODO por la dignidad con que lo hace, pero....... definitavamente, escribir, y su veta poetica son excelentes. Adelante. LR
El amor es ciego,su relato,hermoso.
Gracias Roz,continue lo esperamos.
MUY Bueno! Me encanto, lograste sentarme ahi en la mesa con vos. Saludos
Domingo, 7 de septiembre
Antonio Javier Vicente Gil
Rafa Esteve-Casanova
Emilio Castellote Madrid.
Vicente Torres
Carlos Salvador Armendáriz
Silvia Carreño
Jesús Montesinos
Francisco Rubiales
Manuel Molares do Val
Marcos Pita Varela