Soñamos España

Maradona y Kusturica juntos en Madrid. Yo fui testigo

25.02.08 | 09:13. Archivado en Literaturas

A Sory

Ya puedo ser abuelo porque tengo una anécdota para contar a mis nietos.
Esta es la crónica de una noche mágica.

Era viernes 1 de febrero de 2008 y me llamó mi amiga Sory diciéndome que teníamos acreditaciones para ver a “Emir Kusturica y la no smoking band orchestra” en La Riviera, un mítico local sobre el río Manzanares de Madrid. Mi amiga periodista, que conoce igual que yo las bondades de ver conciertos imposibles a costa de la credencial que el gremio otorga, llegó con su paso ajustado y su emoción: íbamos a ver a un mito y la banda sonora de nuestras vidas, Kusturica había hecho nuestra felicidad dándose a conocer para nosotros con Underground, aquella película ganadora del Oscar 1996 en la que explicaba de una manera surrealista pero imprescindible de conocer, la truculenta historia de la Yugoslavia de Tito. Su ritmo divertidísimo de gitanos balcánicos, que corrían en fila con sus bigotazos y sus sombreros al viento, soplando tubas, trompetas y saxofones, nos habían abierto las puertas hacia un nuevo tipo de felicidad parecida a la locura que se siente en una noche de baile de verdad infinita.
Kusturica había capitalizado ese éxito universal a través de su orquesta, con la que regaba con un poco de esa fantasía musical, una noche madrileña.
Así fue que salió Kusturica y su orquesta y su Unza Unza time. El público saltó y aplaudió y los cuatro costados de La Riviera bailaron como se esperaba. Pero la noche iba a traer una sorpresa…en medio de una canción la banda se detuvo, los músicos se miraron entre ellos, Emir señaló un punto en la platea y la gente miró hacia allí y apareció: Dieeegooooo, Dieeeegoooo, Dieeeegoooo!!! Kusturica se salió del escenario y fue pisando la barra de bar contigua hasta llegar al balcón donde estaba el fenómeno. La gente coreaba el nombre del crack y todos nos reíamos como asistiendo a un momento sacado de un sueño. Se abrazaron y el seguidor de luces los siguió y la gente se rompió las manos aplaudiendo.
Emir Kusturica y Diego Maradona se habían hecho muy amigos en Argentina, cuando el serbio se fue a grabar una película sobre el astro.
Después fue todo un show conjunto entre los dos. Diego subió al escenario y bailó al ritmo de un gitano más, tomó el micrófono y le dijo a la gente que Emir era su amigo porque era un revolucionario como él, y luego se colgó de su balcón y saltó y cantó y bailó como si estuviera en la Bombonera y la gente deliró a su ritmo con el delirio y la felicidad parecidas a la locura que se siente en una noche de baile de verdad infinita.
Después todos nos fuimos caminando con una sonrisa en los labios. Cruzamos el río manzanares, vimos la Catedral de la Almudena iluminada, y dejamos que otros tomen los taxis que se arremolinaban ante la salida.
Algunos mirábamos la luna blanda de esa noche y sentíamos un sentimiento de gratitud, una dicha un poco inexplicable, una especie de gustito en el cuerpo que se queda cuando uno abraza a alguien muy querido.
Quizás simplemente se trate de la gracia que supone la posibilidad de regalar aunque sea un mero aplauso a dos que nos dieron tanta alegría, aunque ellos nunca sepan cuánta.

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Por qué leer a los clásicos, según M. de Riquer y J. M. Valverde

18.02.08 | 09:01. Archivado en Literaturas


La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura
Adolfo Bioy Casares

La universalidad es lo máximo a lo que un artista puede aspirar, es decir, a que su mensaje y el tratamiento de este pueda ser leído, interpretado, gozado y asimilado como parte de la vida de cualquier persona humana del mundo. La eternidad sumada a esa universalidad hace un clásico. De estos casos trata de manera magistral quizás la mejor y más accesible Historia de la literatura universal, que conocemos en castellano, escrita por Martín de Riquer y José María Valverde.
Divida en dos tomos, la obra reeditada por Gredos en 2007, cuenta con casi todos las cualidades que hacen que quien se sienta atraído (lectores aficionados) o necesitado (estudiantes o eruditos) por la lectura de una mirada sobre una historia universal de la literatura encuentre en este estudio la manifestación de una gran manera de acercamiento a un arte con casi tres mil años de recorrido.
Ambos volúmenes, hechos a la medida de los bibliófilos, recorren con una mirada crítica y moderna a la vez (“se hablará de Homero con la misma vivacidad que si fuera de nuestro siglo; de James Joyce, como si fuera un elisabetiano”, del Propósito y estructura de la obra, firmado por los autores), una historia que dividen tanto en géneros, como autores esenciales y en literaturas regionales o nacionales. El primer consta de cinco capítulos, comienza en Literaturas orientales proyectadas por Europa y culmina en Del renacimiento al Barroco. El segundo tomo también de cinco partes, comienza en Del Barroco al neoclasicismo y culmina en un apéndice dividido en dos partes: Literatura china y Literatura japonesa.
La obra resulta deliciosa porque cuenta con ese buen gusto del que sabe y cuenta lo que sabe con la ilusión del relato de una gesta y la sabiduría enciclopédica y de múltiples lecturas.


Soy inmigrante y el contrato de Rajoy me insulta

11.02.08 | 09:30. Archivado en Literaturas


A la memoria de mis antepasados gallegos

Soy sospechoso, por no decir que estoy acusado y condenado, de delinquir en toda sus formas, de no servir como lo hacían los camareros de antaño y de no respetar las costumbres españolas. Soy inmigrante y eso es malo, feo, sucio. Por eso debo andar por los rincones oscuros de la ciudad, limpiar en las calles en silencio, preparar los mercados de frutas, construir los edificios de la nueva España especuladora, pero todo en silencio y por supuesto cumpliendo los deberes económicos que hacen que este país crezca, crezca y así hasta el superávit fiscal que todos conocemos.
Soy el blanco de la derecha española que me quiere adentro pero escondido, prepara para mí censos como con el ganado y ahora necesita hacerme tests, me pondrá pruebas para la obtención de visado por puntos, me seleccionará con el criterio de la justicia para la pureza de conciencia y la raza. No me integro, está dicho. No soy igual a un español, está probado. Debo ensayar mi “capacidad de adaptación”. Soy hijo de una malformación social que en España se da en llamar “inmigrante”.
Ahora el contrato y el visado por puntos me impondrá: 1. Conocimiento de la lengua española (¿a los inmigrantes españoles que iban a buscarse la vida a Alemania, hace no muchos años, también se lo exigían?). 2. Capacitación profesional (Mi nivel cultural y educativo no es alto. Eso hace que yo ya no puedo limpiar baños, ni cuidar a los ancianos, ni ninguna otra actividad que contribuya a la vida sociolaboral de España, ¿no?) 3. Conocimiento del sistema legal español (En nuestros países de flechas y taparrabos no se conoce lo que es una Constitución Nacional y la delincuencia, el ojo por ojo y la corrupción son la moneda de cambio ¿cómo podremos integrarnos si nunca podremos conocer una verdadera ley, una verdadera civilización si somos la barbarie?. Lo mejor quizás, es que todos los inmigrantes antes de entrar nos recibamos de abogados y así conoceremos la ley española como se debe) 4. Conocimiento de la cultura española (Dormir la siesta, 7 de julio San Fermín, si hablamos de flamenco hablamos de Camarón, Hala Madrid, la tortilla siempre debe estar cruda por dentro, hashta logo).
Mi bisabuelo llegó de Lalín a Buenos Aires hace más de cien años. Trabajó, lloró por saudades, educó a sus hijos y murió en la provincia de Buenos Aires sin imaginarse que desde esa tierra prometida uno de sus bisnietos podría asistir en la España del futuro a la infamia segregada por otros gallegos, los bisnietos de sus amigos de la infancia. Como una sucia guerra entre la parte pobre y la parte rica de la misma familia.

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Que los obispos se callen de una vez

04.02.08 | 09:15. Archivado en Literaturas

“La oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana”
(De Fernando Vallejo sobre la Iglesia católica romana, en La puta de Babilonia)


En el barrio de Lavapiés de Madrid, famoso por su impresionante cantidad de vecinos llegados de más de cien países, se enclava la Iglesia de San Lorenzo en la que su sacerdote hace gala de cristianismo. Se llama Juan José y el otro día tuve la oportunidad de gozar de su invitación a la misa, de qué me muestre su obra de caridad y compasión para con el multicultural vecindario que le tocó, su enamoramiento de la palabra bíblica y de la búsqueda de honrarla. En fin, su trabajo. Eso también, pensé, es la Iglesia. Pero a Juan José y a los misioneros que dan de comer a los niños moribundos de África, a los que curan a los leprosos y a los que trabajan codo a codo con Cruz Roja, a todos ellos ejemplo fiel de lo mejor del legado de Jesús…¿Qué testimonio los liga con la iglesia de los obispos de España, esos hombres de negro que en estos días abogan con su patético escrito destinado a los medios a no votar al socialismo en estas próximas elecciones presidenciales? Concluí que no los une nada más que la pertenencia al género humano, y ya es mucho decir.
Los obispos instan a la sociedad a no votar a quienes hayan aprobado leyes “gravemente injustas” como las que permite los matrimonios homosexuales, y la negociación con ETA. "Una de ellas- dijeron los obispos-, es la ley de reforma del Código Civil en materia de matrimonio. Esa ley ha eliminado del lenguaje jurídico las palabras 'esposo' y 'esposa', 'marido' y 'mujer'. Esta ley desconoce la realidad del matrimonio en su especificidad y es necesario que las leyes protejan el matrimonio".
Luego y para terminar, agregan: "Nos parece que los inmigrantes necesitan especialmente atención y ayuda”.
Vamos por parte: el matrimonio homosexual coloca a una parte de la sociedad con un derecho con el que no contaba. Todos somos iguales ante la ley. ¿Los obispos no piensan lo mismo?
La negociación con ETA es un clásico de todos los últimos gobiernos de España. ¿Porqué achacárselo sólo a este último?
¿Ayudar al inmigrante? ¿Qué ley pudo ayudar más al inmigrante más que la de la última regularización generada por Zapatero?
Este gobierno propone que no sea automático la ayuda a la Iglesia, por eso desde los próximos pagos en Hacienda usted podrá elegir la donación de esa ayuda o no. ¿Será ese el principio del cabreo de estos buenos señores de la fe?
Así son las cosas y así habrá que contarlas en el futuro, ese futuro gris y mentiroso de esa parte de la Iglesia a la que Vallejo llamó “la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda”, y la llamaba bien.

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