Desembarco feliz el de las dos publicaciones que nos convocan, por sus autores, por la juventud inteligente de sus editoriales y por las obras, dignas de elogio. Se trata de las nuevas novelas de los colombianos Consuelo Triviño que publica Una isla en la luna (Alfaqueque) y Luis Fayad con su Testamento de un hombre de negocios (Mirada Malva)
Fotos de vive.in y arquitrave.com

Triviño, bogotana dueña de premios y de una última obra muy reconocida en su país inspirada en la vida extraordinaria de su compatriota José María Vargas Vila, La semilla de la ira (Seix Barral), construye una novela a la medida de esa prosa contundente y sencilla, pero templada con cierta certeza de que debemos sospechar que detrás de los personajes asoma una cortina de melancolía y acaso la constancia de que la realidad puede ser no más que una continuidad de “vidas frustradas, heridas antiguas, que sólo dejan resentimiento e impotencia”. Porque La isla en la luna en el vaivén incesante de sus mundos concéntricos poblados por escritores, hechiceros, críticos literarios, antropólogos y una joven muchacha en la búsqueda del amor verdadero; resulta un fresco de cómo registrar la existencia de aquellos que quieren y no pueden, con los gestos de la impaciencia, la imposibilidad, la rebeldía o la parodia en el que caen los que, muchas veces, se muestran desesperados.
La coloquialidad con la que se amasan estos caminos, estas historias independientes y entralazadas a la vez, aporta claridad y cercanía al argumento, y refuerza la fluidez de una prosa dispuesta a la picardía y a la reflexión profunda, siempre con resultados de notable naturalidad.

La capacidad de construcción dialógica de Luis Fayad, quien en Colombia es ya considerado casi un clásico, hace una aparición extraordinaria en Testamento de un hombre de negocios. Como bien resume la contraportada de la edición que presenta en España Mirada Malva, la novela “dibuja el mapa de un país envuelto en intereses políticos, sociales y económicos a través de tres generaciones de negociantes liderados por mujeres calculadoras y belicosas”. La torrencial fuerza de la novela se basa en la habilidad para hacer que el lector lea como si pensara igual que los que hablan, como si lo bueno, lo malo o lo peor de sus vidas y sus planes de negocios (siempre turbios) fueran perdonados por que lo dicen, porque nosotros los lectores los justificamos gracias a que podemos leerlos. Aquellos que preguntan y contestan como si se tratara de un diálogo que no tiene origen ni fin, (asesinos, espías, políticos, indígenas) resultan canallas entrañables, aunque sus fechorías no conozcan los límites de las tragedias que puedan provocar.
Pocas veces puede leerse una obra donde se exponga una psicología de los personajes tan transparente y seductora como la que trae esta novela, del autor de Los parientes de Ester (recién publicada en España por Alfaqueque).

Hay literaturas que saben hacerse con el misterio de la adicción y la de Murakami es una de ellas. Desde su novela Tokio Blues (Norwegian wood) de 1992, Haruki Murakami (Kyoto, 1949) ha conquistado la difícil cima de aquellos pocos escritores de masas, con ventas espectaculares alrededor del planeta y que gozan del beneplácito de formar parte del canon de lo que la crítica y la academia consideran alta literatura.
En After Dark, su última novela traducida al castellano y publicada por Tusquets en España, reconoceremos otra vez la magia del escritor japonés, que puebla a la historia de su estilo que aplica incertidumbre y surrealismo, a un paisaje que a primera vista no parecieran desandarse más que por unas vías lentas de realismo solipsista. Esta vez se llama Mary la protagonista que sentada sola en una nocturna mesa de un bar se ve interrumpida por un joven músico llamado Takahashi. La noche derivará en una larga charla en la que ninguno de los dos comentará cuestiones profundas mezcladas con trivialidades. En un hotel cercano una prostituta es agredida por un cliente y en otra habitación del hotel la pantalla develará la imagen del agresor. En medio de esa telaraña de realidades, sospechas y posibilidades, Mary, Takahashi y Eri –la hermana de la protagonista- se dejarán dibujar y desdibujar por la fluida prosa de Murakami.
Sin ser la más lograda de las obras del japonés After Dark vuelve a ofrecer a los lectores de Murakami el magma de ensoñación ya clásico. Para los nuevos lectores la novela de Tusquets transcribe con sencillez los parámetros básicos de la literatura del autor de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo: una mirada original y casi occidental, a un mundo de personajes de ojos rasgados en busca de certezas, que caminan o deambulan entre la realidad y la ficción, no sabiendo en casi ningún momento de qué lado están, como sombras chinescas.

“Señores escritores, no nos vengan con historias”, dice Constantino Bértolo -reconocido editor y analista de la literatura- en su La cena de los notables (Periférica). Porque mientras en esa cena donde adentro se celebra y se hace la literatura, desde afuera se escucha, se lee, se critica, se consume, se grita en silencio (el título del libro remite a una escena de El alcalde de Casterbridge, donde adentro se cena, y afuera se escucha).
El ensayo deja sobre el papel ideas que ayudan a iluminar el funcionamiento de los motores que hacen que el mundo literario exista, se mueva, se regenere, perviva e incluso que a más de uno termine por atraparnos como una tela de arañas. “Alguien dijo que cuando alguien se pregunta sobre el para qué de la lectura acaso sin saberlo ha encontrado una respuesta: leemos para aprender a preguntarnos por qué leemos. Puede ser”. Lo que es seguro, y no sólo es una posibilidad, es que cada una de las definiciones y puestas en claro de las diferentes categorías, que delimitan los parámetros de esto que podríamos llamar Historia de la palabra, cada vez que se alcanzan, se vuelven a encoger, a enredar, a desintegrarse. Paradojas del análisis del análisis y del análisis final.
El libro de Bértolo resulta didáctico y ameno porque, a través de un paseo por obras y autores, nos cuenta qué quiere decir hoy eso de la crítica, de la lectura o de la interesante tesis de “La soberbia de escribir”, que él ejerce con elegante humildad.
Edward Said, ese sabio multinacional que se murió en lo mejor de su sabiduría, también repiensa adentro de esa rueda, de esa Historia de la palabra. Durante una década compuso artículos que hoy reúne la editorial Mondadori y titula El mundo, el texto y el crítico. La pluma y el análisis de Said apela a las ideas de algunos popes de las ideas del siglo XX (Auerbach, Benjamin, Lukács, Foucault) para contrastarlas con su propia definición de cultura y desde allí desmontar básicamente a dos categorías sacralizadas como es la del el intelectual y el crítico.
Dos obras notables, dos notables con nuevas obras.
Dos nombres amigos se reúnen en este blog esta semana: el de Martín F. Yriart, maestro de periodistas y crítico lúcido como pocos, quien escribe acerca de la última obra de Ilan Stavans, genio de la lingüística mundial y además, como se demostrará en el texto, creador original de una nueva forma de crítica y entretenimiento.

MR SPIC GOES TO WASHINGTON
Por Martín F. Yriart
Foto de cincopuntos.com
Un sicario enviado por sus enemigos políticos asesina de un tiro al senador estadounidense Samuel Patricio Inocencio Cárdenas, “Mr Spic”, mientras éste realiza una “sentada de protesta” en el recinto de sesiones, bajo la famosa cúpula monumental de Washington D.C..
Aunque Mr. Spic goes to Washington (Berkeley: Soft Skull Press: 2008) tiene aspecto de cómic y es efectivamente una novela dibujada, uno de sus múltiples trucos es que en realidad no es tal, sino la parodia de una comedia que hizo historia en la historia del cine norteamericano: Mr Smith goes to Washington.
Como en la película de Frank Capra, su protagonista llega a senador a fuerza de ser bueno y honesto. Pero a diferencia del personaje de Capra, el de Ilan Stavans (autor del texto) y Roberto Weil (de los dibujos) no es para nada ingenuo. Su mácula es ser hispanic, latino, “chicano”, hijo de inmigrantes mexicanos en los EE.UU..
El senador Spic llega a Washington tras haber sido alcalde de Los Ángeles, para lo cual se necesitan muchas dotes políticas y una gran capacidad de supervivencia.
Por cierto otro truco del libro es que “Spic” (acrónimo de nombres y apellidos del protagonista) es un homófono del inglés “speak” (hablar). Uno de los motivos de este cómic es justamente el lenguaje, el Spanglish, tan controvertido en los medios culturales del mundo hispanohablante, a pesar de ser la lingua franca de unos 40 millones de habitantes de los EE.UU.; de que hay cerca de 200 estaciones de radio en América del Norte que lo propalan; y de que hay toda una literatura naciente que se vale de él como sustancia de su creación.
Ilan Stavans (México, 1961), profesor del Amherst College, en Massachussets, es uno de los expertos más destacados en materia de Spanglish, al que ha dedicado múltiples libros, y en especial Spanglish: The making of a new American language (New York: Rayo/Harper Collins: 2003), un ameno estudio introductorio a este notable fenómeno de hibridación creativa de la lengua, que incluye un glosario de 3000 palabras.
Mr Spic está escrito “en sándwich”: mitad en inglés, mitad en español, mitad en Spanglish, según quien y cuando hable. No es imprescindible leerlo poniendo al lado sobre la mesa el glosario de Stavans, pero es un placer duplicado ir de un libro al otro y de ese al primero mientras se lee, porque se descubre así hasta qué punto el Spanglish es un lengua viva y extraordinariamente expresiva.
Quizás la expresividad, el color, la agudeza sean los rasgos más destacados del Spanglish, como si los hablantes que lo crean fueran conscientes del lugar que ocupan en la sociedad norteamericana e hicieran una continua (aunque inconsciente) broma verbal con su situación. Algo de esto se parece a lo que ha sucedido con el yiddisch, la lengua de los judíos centroeuropeos. Como el Spanglish, el yiddisch nació como una “lengua de contacto”, que ha dado lugar a una notable literatura, poco conocida fuera del ámbito de sus hablantes, pero con autores de la estatura de un Scholem Aleichem o un Isaac Bashevis Singer. (Stavans ha dedicado varios trabajos a esta lengua repartida por todo el mundo en la segunda diáspora judía; su próximo libro se ocupará del fenómeno de la emigración/inmigración.)
En Mr. Spic, Stavans se permite todo tipo de bromas y alusiones. Entre ellas, la foto de Barak Obama y Hillary Clinton en plena campaña electoral. O el cartel de la película de Capra (pegado en el despacho del senador), donde se reconoce claramente a su protagonista, encarnado por James Stewart en una de sus actuaciones más brillantes. O la fugaz aparición del mismo Stavans, como visitante del Senado (captado en un flash en el WC de los senadores), y como fan del propio senador Spic, a quien le envía una tarjeta de felicitación por su triunfo electoral.
El humor es perfectamente compatible con la tragedia, como ya lo sabían Sófocles, Cervantes o Shakespeare. Mr. Spic goes to Washington es un drama sonriente, porque en el fondo Stavans es un optimista que cree en el hombre y en el poder de la inteligencia para rectificar los males de este mundo, por grandes y tremendos que sean, aunque esto pueda sonar un poco ingenuo... para los oídos de un cínico.

Micropedia fue el nombre que eligió Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968) para bautizar una tetralogía de cuentos fantásticos que tienen a El Androide y las quimeras (Páginas de espuma, 2008) como su segundo volumen que inició Las Antípodas y el siglo y que continuará con Los Meteoros y la escarcha, doce relatos que girarán en torno a las relaciones entre hermanos.
Las mujeres son las protagonistas en estos doce nuevos cuentos, inspirados en obras como Alicia en el país de la maravillas, en el caso de la de Las tres Alicias y la de otras menos famosas pero que el autor mexicano rememora y registra en una última y justa página que titula “Referencias”. Niñas que descubren fósiles de dinosaurios, muñecas en el fondo del mar que no descansan, vampiresas y envenenadoras son el ballet de personajes que desfilan ante la mirada violenta, sospechosa o especuladora de un ejército de hombres y androides. Con este cocktail de almas y cuerpos maquinales Padilla arma y/o reescribe, con una prosa barroca que empuja la lectura con contundencia, historias con el aliento de enigmas imposibles y la irrupción de momentos y personajes reales de la historia, descritos en diferentes geografías.
El autor (con una de esas biografías que darían para otro libro, por multipremiado, por ser uno de los fundadores del crack literario mexicano, por su condena a muerte en Tanzania cuando era sólo un joven de 18 años, acusado de ser uno de los terroristas que habían explotado una bomba en Zambia) es digno cultor del cuento porque sabe reavivar la llama de ese género, que por la virulencia de marketing con la que novela opera, a veces y lamentablemente, dejamos a un lado.

El riesgo literario se asume con naturalidad si no se piensa en el riesgo, si se encara como se ha hecho con esta caja que encierra una variedad de formas, novedosas, riesgosas, y que terminan por convencer al lector casi sin parecer querer convencer a nadie.
“Antes de leer y escribir, yo ya fabulaba. Inventé con una amiga, que me obedecía, una historia que no acababa nunca” dice Clarice Lispector, fuente inspiradora de Natalia Carrero (Barcelona, 1970) y de esta, su primera novela. Pero la escritora brasileña es fuente y también excusa de un juego y una necesidad: la escritura. De eso se trata esta obra, que convence a pesar de ser breve, metaliteraria, fragmentaria, autorreferencial y sin más hilo que las propias cavilaciones de esa primera persona que apela siempre a sus fantasmas y a sus sueños como únicos motores de lo que podríamos llamar argumento. La escritura, la lectura y Clarice Lispector intentándole marcar el paso o la huella a una Nadila (tal es el nombre de la protagonista, de la que se puede tener noticias también en su otra vida, la web: www.nadila.com), perdida o en la búsqueda de algo que la sobrepasa y que registra en sus palabras con frenesí, ilusión e incertidumbre, todo a la vez, en medio de esa selva de recortes, mentales y gráficos (el libro es un collage de fotos, dibujos, manuscritos a mano y citas).
El mérito de la obra consiste básicamente en que el lector encuentra en los devaneos filosóficos y literarios de la protagonista un fundamento de entretenimiento por sí mismo y no un mero camino hacia la resolución de algún conflicto. Soy una caja (Caballo de Troya, 2008) de Natalia Carrero es una novela que invita a la lectura de la literatura en general, a volver a un clásico como es la gran Clarice Lispector y presenta en sociedad a una joven autora, de verdad, interesante.

La memoria es la guagua y Guillermo Cabrera Infante el conductor. Pasean, cómo no, por la Habana, él y sus amigos. La guagua es ese autobus que necesita del combustible infatigable, infinito, inconstante que fluye en forma de parrafadas anormales y geniales de ese cómico, de ese crítico del mundo y del cine, de ese apátrida y de ese enamorado de su patria como ningún otro, de ese cubano inmortal.
La ninfa inconstante llega después de su muerte a través de una bonita edición de Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores y nos cuenta una historia de amor, de locura y de muerte. Estela, “Estelita “, es una niña mujer que no llega a los dieciséis y que se encuentra ante la extrañísima palabrería de un crítico de cine, muy mayor que ella y muy enamorado. Él la seduce con la sensualidad de los paseos por una Habana que le traen música de boleros y letras romanticonas, con virilidad adulta, con juegos de palabras que confunden a ella y desternillan de risa a la platea. Ella es una Lolita cubana y él es, sin más, Guillermo Cabrera Infante, con su maestría para llevarnos a todos a pasear arriba de su sabiduría de cines, de literaturas, de geografías, de lenguas conocidas y de esa lengua propia que es fantástica por poética y porque otorga al texto ese plus extraordinario de neologismos como rompecabezas y lo son, pero no logran detenernos en la consecución del paseo, nos nos interrumpen la lectura de los sucesos de alcobas ni la escucha de esas aceras explotadas de diálogos imperdibles.
Como bien se puede leer en la contraportada del libro, la edición de la novela secreta del autor de Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, estaba al caer y es una verdadera suerte poder acceder a una novedad de este autor.
Con todos los condimentos de entretenimiento y de novela de culto, de un señor culto de verdad, La ninfa inconstante es quizás la gran novedad editorial en castellano de este 2008.

María de Buenos Aires, esa “operita” ("por falta de género para esa especie de cantata o de oratorio; nos pareció simpático lo de operita") parida por Horacio Ferrer y Astor Piazzola, fue el corazón del homenaje que el primero le realizó al segundo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, este último jueves 6 de noviembre. Interpretada en la voz cantante del andaluz Enrique Moratalla y en la música del excelente grupo de cuerdas catalán Versus Ensemble, el genio del bandoneón revolucionario volvió a vivir en su arte de la mano de su amigo el grandísimo y original poeta Horacio Ferrer (Montevideo, 1933).
Ferrer es sin duda quien mejor encarna recitando la poesía del tango: las palabras arrabaleras de Buenos Aires, mezclas de neologismos, lunfardos y construcciones deliberadamente rítmicas –como si tuviesen que sí o si seguir el 2x4, con sus cortes y quebradas-, cobran en la vital voz de este representante armado siempre de su flor en el ojal, uno de los emblemas porteños más vivos y que mejor representan a un lado del tango que se desentiende de la marketinera vidriera de la sola danza a lo Valentino, o de esa gastada sonrisa gardeliana. La Poesía con mayúsculas se hace poesía de la calle y retoma el aliento de la respiración que el tango impone en cada canción, en cada poema, en cada línea, en cada esquina.
María de Buenos Aires, esa musa y duende que imaginaron estos dos monstruos de la escena iberoamericana, recuerda que en la cultura popular de este género musical rioplatense titilan perlas de encanto único que cada vez que se suben al escenario, sea cual fuere, saben y sabrán refulgir no sólo como una “operita” sino como una “Ópera”, de esas que colman las butacas y los corazones del mundo.

Una eterna candidata al Nobel, una de las escritoras con más prestigio y con un muy digno volumen de ventas en todo el mundo, una mujer que acaba de perder a su marido después de cuarenta y cinco años de matrimonio. Joyce Carol Oates, esa señora de las letras norteamericanas vuelve a dar la talla en una novela que no siendo de los puntos más altos de su carrera, sí que ofrece lo que sus seguidores piden siempre: una buena historia y bien contada.
Los Schwart son una familia que huyen en 1936 de la Alemania nazi y recalan en Estados Unidos. El padre, un profesor de instituto sólo consigue en su nuevo país el trabajo de sepulturero y vigilante del cementerio. Una metáfora de cómo la familia se irá desmoronando ante la vista de los prejuicios de su entorno y la huida de la hija y protagonista, Rebecca, quien se escapará de su hogar y peregrinará por diferentes puntos de lo que se da en llamar la “América profunda”. En la búsqueda de su padre y en la habilidad de esa mujercita por sobrevivir, residirá el verdadero meollo de una historia con una fuerte impronta de mensajes psicologistas y un telón de fondo histórico que colocan a la novela en lo mejor de la tradición realista estadounidense.
Además de la calidad en la construcción de la historia y en la precisa y sencilla arcilla con la que Oates trama su prosa, el contenido tiene un detalle adicional que la vuelve más atractiva, ya que la historia se basa en la verídica historia de la abuela de la escritora –según confesó la misma autora- Blanche Morgenstern. La tragedia de su abuela, ahora convertida en Rebecca también aporta una mirada cruda sobre un problema actual: la violencia doméstica. “Me temo que la violencia contra las mujeres –y contra los niños– es una constante de la especie humana. No se trata de un drama específicamente americano, ni español, ni contemporáneo, sino que parece estar profundamente enraizado en la naturaleza del hombre. Sin embargo, creo que las leyes pueden regular este perverso comportamiento “instintivo”. Por eso gran parte de mi obra ha sido reflejo del efecto de la violencia doméstica sobre las personas más indefensas”, declaró la autora, quien adelantó que publicará Dear Husband (Querido esposo), en la próxima primavera.

Después de vivir dos años en Bogotá Roberto Tejela, ex piloto aeronáutico profesional, declaró que lo que más le había impresionado de la estadía en la ciudad colombiana había sido los relacionados con el narcotráfico, al que se refiere en su primera novela El narco consorte (Lengua de trapo, 2007), y los secuestros de turistas o residentes extranjeros que da tema a esta su segunda obra: El paseo millonario (Salto de página, 2008).
La novela, que es editada en un momento en el que el asunto de los secuestrados ha tomado una difusión mundial –en gran parte gracias a la liberación de la reciente premio Príncipe de Asturias, Ingrid Betancourt- , es una obra que recorre dos caminos con prolijidad e inteligencia: el del registro del flagelo de los “secuestro express” y el del mismo argumento central. Jaime Ariza, un empresario español, comete la inocentada de subirse a un taxi que le ofrecen en el aeropuerto de Bogota, para trasladarse a su destino. Será una equivocación que le costará tan cara como toda una novela, en donde se sufre en los dos lados del océano. Una historia más complicará y hará que el relato sea aún más siniestro: una de las secuestradoras intentará quedarse embarazada de su víctima, a cualquier precio.
El ritmo narrativo, las descripciones de ciertas escenas escabrosas que se saben mostrar a través de diálogos realistas y el manejo del slang de los delincuentes colombianos, otorga a la obra contundencia e interés. El paseo millonario muestra un thriller, a veces vertiginoso, a veces discreto porque se detiene en una psicología de un abanico de personajes que necesitan de miradas profundas, relata con justeza y justicia una parte de la Historia de Colombia y de Sudamérica con acierto y el mérito de no caer en la tentación de los estereotipos cinematográficos.

Antes se aprende a morir que a escribir
Escribir es dejar de ser escritor.
El viento ligero en Parma
Enrique Vila Matas
“Desde el centro mismo de la escritura”. Desde allí desde el centro mismo de la concepción de la vida literaria Enrique Vila-Matas escribe dos libros que en estos días coinciden en las librerías Dietario voluble (Anagrama) y El viento ligero en Parma (Sexto Piso).
“Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”, se lee en el Dietario. De esto y de Perec, del cementerio de la Recoleta, de la Travessera de Dalt y de la lluvia en París, de Piglia, de Lisboa, de China, de Pitol, de las arquitecturas, de las lenguas, de la pasión por las citas y de las desmotivación por la aceptación de la realidad, de algún modo. De la literatura y de cómo la literatura tiñe el mundo de una manera que hace parecer que todo y todos se han ido volviendo personajes, y que las cosas deberían ser inventadas por las palabras. Y en medio del ejercicio de un diario de notas ocasionales, en el caso del Dietario y en el de artículos bien ordenados y titulados en El viento ligero... el autor vive como si escribiera, y escribe como si esa actividad fuera la único que justificara la vida y por eso se muestra seguro en la idea de que recopilará sus días con la forma de un libro.
Vila- Matas no sólo demuestra todo lo que le gusta y controla su oficio, sino que es un hombre culto, muy culto y que sabe transmitir su cultura no sólo por medios enciclopedistas sino a través de grageas, escenas de análisis perspicaz que iluminan y entretienen.
Tanto la ediciones de Anagrama como de Sexto Piso (joven editorial que acaba de dar a luz una edición rústica y exquisita de las Memorias de un enfermo de nervios de Daniel Paul Schreber, con aportes de Roberto Calasso, Sigmund Freud y Elías Canetti) son lecturas para escritores y para amantes de la literatura que quieran caminar de la mano de esa abstracción que es el ritmo prosaico del autor catalán, sin angustias ni prisas, abiertos a la invitación de una forma de entender la realidad. Este no es un libro para quienes necesiten seguir argumentos con enigmas y finales cerrados. Que quede claro. Estas páginas representan a la gente que quiere y espera una buena dosis de pura literatura en vena.
Enrique Vila- Matas aporta con estos volúmenes teóricos-biográficos complementos ideales para los seguidores de su obra narrativa, aquellos que creen en el autor de Doctor Pasavento, el hombre más oscuro de las letras españolas, y uno de los mejores prosistas vivos de Europa.

Los buenos lectores de Philip Roth saben que Nathan Zuckerman, ese alter ego ya viejo y cansado, es el portavoz ideal para reconocer la verdadera idea de esa literatura. Zuckerman es en Sale el espectro (Mondadori, 2008) más Roth que nunca, quizás más biógrafo de su padre que jamás lo haya sido. El personaje vuelve a Nueva York luego de largos años de ostracismo en una cabaña alejada del mundo, para tratarse con un médico que puedo aliviar su problema urológico. Este será el disparador para que el par Roth- Zuckerman nos hablen de la decadencia física y de los trastornos que ellos aparejan sobre todo para dos cosas, para la impotencia espiritual, mental e integral de todo ser humano que se encuentra intelectualmente en sus cabales; y para la imposibilidad de enfrentarse a una mujer, joven para peor caso, con las que debe lidiar el viejo Nathan, en esta deliciosa obra. El telón de fondo de las elecciones de 2004 que enfrentaban a Kerry y a Bush, le otorgan una mirada incómoda para que se hable de Estados Unidos, esa novia mal querida por Roth y por muchos de los que la destripan para hacérnosla más comprensible y menos, a la vez.
Sale el espectro es el perfecto y necesario plato de entrada para disfrutar de la reciente autobiografía, traducida al castellano como Los hechos. Autobiografía de un novelista (Seix Barral, 2008). “Mi querido Zuckerman: En el pasado, como bien sabes, los hechos siempre han sido anotaciones rápidas en un cuaderno, manera mía de colarme en la ficción. Para mí, como para la mayor parte de los novelistas, todo suceso auténticamente imaginario empieza por abajo, en los hechos, en lo específico, no en lo filosófico, ni en lo ideológico, ni en lo abstracto”. Este es el comienzo de un auténtico Roth, (franco y casi cruel, judío por origen y por convicción, novelista y teórico de la literatura) con todos los condimentos de una novela pero con personajes que ahora son personas y que son sobre el principio sus familiares (las descripciones de su padre trabajando en la Metropolitan Life son verdaderas clases de narrativa, y/o de nuevo periodismo), luego sus amigos y finalmente sus colegas.
Sale el espectro y Los hechos son dos obras que recomiendo leer casi conjuntamente, como quien recorta una obra según un momento de la vida del autor y se sirve de ese recorte para entender y disfrutar de uno de los flancos de quizás el mejor narrador judío americano del final del sigloXX.

Solo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.
Woody Allen
Te acuestas y abres Sexografías con la ilusión del que abrirá un libro con la palabra sexo y unas mujeres desnudas en la portada y ya te vas imaginando unas cuantas escenas que te recordarán ese picante esperado de todo buen plato peruano. Y cuando llevas un par de páginas leídas te das cuenta que sí es peruano, que sí es picante y que al igual que algunos buenos libros que te erotizan y cuentan historias, este te va llevando por el camino del erotismo y de los cuentos.
Gabriela Wiener (Lima, 1975) es una chica gonzo que sabe recorrer con la mirada del voyeur primerizo y del periodista de sucesos, una interesante recopilado de escenas y paisajes para contárnoslos desde su lado más morboso. Lo que siempre se nos mostraría desde el ojo de la cerradura, la mirada de Wiener lo convierte en la perspectiva de una mujer desnuda pero armada hasta los dientes desde lo intelectual. Una mujer desnuda, en lo oscuro y con una libreta de apuntes que anota algo que explotará un rato después en otras páginas.
Sexografías está compuesto por once crónicas (antes publicadas en prestigiosas revistas como Soho, Etiqueta negra, Virginia Querterly Review, Paula ó Primera línea) en el que desfilan escenas desde desopilantes hasta crudísimas, con el sello de un ritmo narrativo que hace que todo sea más o menos indiferente, o mejor dicho, irreparable. Las historias son muy interesantes (Un paseo clandestino por cárceles limeñas, la visita a la familia de un con sus seis mujeres, la búsqueda de la experimentación con ayahuasca en la selva amazónica, las caminatas parisinas con travestis peruanos) pero es más interesante la perspectiva con la que Wiener lo presenta.
La edición preciosista de Melusina, está prologada por Javier Calvo, “hombre de la vieja escuela”, según su propias palabras, que invita muy inteligentemente a la lectura del libro.

Ospina hace historia y poesía, con la Historia y la Historia de la poesía. Y qué bien lo hace.
Las auroras de sangre. Juan de Castellanos y el descubrimiento poético de América (Belacqva) es la interpretación por parte del intelectual colombiano de Las elegías de varones ilustrados de Indias, del gran poeta sevillano del siglo XVI; y forma parte además, de un conjunto de obras sobre la relación de la conquista de América y la historia de la lengua y la literatura de esa época, junto a Ursúa (la historia de Pedro de Ursúa, fundador de la ciudad colombiana de Pamplona) y la su continuación, de Ursúa, El país de la canela.
Ospina crea la ilusión de una sucesión de escenas desordenadas de la conquista americana, las más terribles, las más risueñas, las más ridículas y las más profundas a través de la búsqueda de un análisis también un tanto barroco de la barroca vida de aquellos tiempos revueltos, pero la clase extraordinaria de la prosa del colombiano, hace que todo lo que brota a raudales como una ola imparable que parece hacer perder el hilo al lector, se coloque en su sitio y se presente exquisito.
“La historia estuvo llena de heroísmo, de belleza, de abnegación, de maldad y de contrición, de ofensa y de perdón y leer el libro que fue saliendo de Juan de Castellanos es internarse por un universo verbal que hace palidecer las flores de la imaginación” Lo mismo podría decirse de la forma en que el libro está ofreciéndose, porque todos estos aditamentos, incluido el de la misma poesía de Castellanos, podrían caer en el olvido y en la miseria de la indiferencia, pero lo que de verdad salva a la historia contada para neófitos, es la pluma de quien lo cuenta, como aquellos viejos profesores de historia que sabían entretenernos con su materia. Los contadores de historias y de la Historia, son capaces o no de hacernos partícipes de esos paisajes, de esas vidas y de esos inicios de esos nuevos mundos, si tienen el don de la comunicación fluida.
“Las auroras de la sangre es un libro que está muy por encima de la literatura colombiana. Me costó trabajo adentrarme en su contenido por el asombro que me causa su prosa” Dijo Gabriel García Márquez.El asombro de la Historia, unido al asombro de una prosa magistral que invita a seguir visitándola, la de William Ospina.

Si me necesitas, llámame fue la última novedad que llego al mercado editorial bajo el nombre de Raymond Carver. La editorial Anagrama reedita por tercera vez este tomo que sirve para quien quiera conocer “en un autor, una literatura”.
Su viuda, Tess Gallagher, junto a amigos y editores reúnen en un volumen con un epílogo y una parte de fuentes, cinco relatos y los transcriben bajo títulos tales como “texto basado en manuscrito o en mecanoscrito corregido a mano, encontrado en tal lugar y tal fecha...” (Que reflejan diferentes tiempos y moradas por donde había pasado el escritor).
Lo que más interesa de este libro es quizás su valor post mortem, su legado de obra después de la obra. Por eso todos los cuentos aquí reunidos (Leña; Qué queréis ver; Sueños; Vándalos; Si me necesitas, llámame) representan los valores literarios fundamentales de esa criatura que dijo todo con la genialidad de la economía lingüística llevada al extremo, optando por registrar escenas de ficción con el cuidado de un periodista temiendo que se le escapé un adjetivo, un retratista de la imaginación dedicado a hacer que cada personaje dijera todo no haciendo ni diciendo casi nada. Aunque quizás no sea este su mejor libro pero sí un comienzo diferente el lector al que no solo le guste leer un par de buenas historias, sino que le interesa la literatura. Su viuda y compiladora en su “Epílogo”, lo explica perfectamente; Dice Tess Gallagher: “El valor de las obras no sólo radica en su conjunto, sino también en lso pequeños detalles: la estructura de la frase y la sintaxis, los personajes nuevos o familiares, el desarrollo línea a línea de la narración”.
Este libro, como el de todos los grandes escritores, lo llevarán a quien lee a otros de los suyos y a su mirada, y en este caso a uno de los silencios más inquietantes y habladores de la literatura del siglo XX.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de las culturas el hombre ha querido averiguar porqué es tan dado a la división, a perimetrar la zona, a trabajar para que siempre exista (como sea y cueste lo que cueste) un lado de allá y un lado de acá. La tiza que divide el cielo y el infierno de esa rayuela es una tiza humana, más humana que ninguna, y entre esos dos espacios imaginarios se resuelven una cantidad de historias que no dejan de asombrar cada vez que se cuentan.
La periodista y escritora Cristina Civale publica en Argentina, sus “Crónicas desde la frontera. Viajes desde el mundo trans” (Editorial Marea, 2008). Una crónica es un cuento que es de verdad dijo Gabo y Civale no hace más que corroborar la teoría, y lo hace en una versión ajustada. (No olvidar que la que hoy es bloguera de Clarín ha hecho muy interesantes incursiones en la ficción; de esto son prueba los volúmenes de cuentos “Perro virtual” de 1995 y “Chica fácil” de 1998)
Nueve crónicas, como nueve cuentos, como nueve nuevas explicaciones de cómo se vive en la frontera y qué cosa es una frontera. Nuestra chica en “La triple frontera. La frontera geopolítica”, en primera persona, buscando la historia en la tierra caliente que separa a Brasil, Argentina y Paraguay. Por ahí va la primera crónica. Hay personajes/ personas (Está Cacho, el remisero; está Marcelina, la responsable de la ONG centro neurálgico de la historia), hay un paisaje social como coro de máscaras (policías, el bullicio de gente que compra en mercadillos, los periodistas locales, el turismo internacional), hay un paisaje real (la tierra colorada, la pobreza infinita de las casas, los caminos Cataratas del Iguazú), hay información y siempre hay una metáfora, casi una moraleja en el mejor de los sentidos.
Civale sabe construir sus fronteras con temáticas definidas, son nueve para nueve crónicas: la geopolítica, la de género (magistral, sobre la vida de un transexual), la de la pobreza, la de las adicciones, la de la locura, la espiritual, la del inmigrante, la de la libertad y la del exterminio.
Lo que se terminan deconstruyendo finalmente, en este doble juego de leer cuentos e informarse, son esas aristas interminables y propias del ser humano en el mundo actual.

Desde que llegó Camino de Ida de Carlos Salem, todo lo que viene de la Editorial Salto de página parece traer nuevos y buenos vientos. Tanto es así que este año el salto de la editora es un gran salto con las muy merecidas premiaciones de Matar y guardar la ropa, la segunda novela de Salem (Premio Memorial Silverio Cañada a la primera novela negra publicada) y Chamamé de Leonardo Oyola (Premio Hammett a la mejor novela policíaca de 2007 escrita en español)
Chamamé de Leonardo Oyola es un milagro, no, dos milagros, no, perdón, son tres. El primero el de que con tanto lunfardo y guaraní y referencia de una argentina pretérita, le entendamos y sigamos la trama perfectamente, los argentinos. ¿Y los españoles? Pues es ese es el segundo. El tercero es que esta excelente novela haya sido premiada por un jurado español con más nada más ni nada menos que el Dashiell Hammet. Todo esto no certifica que Oyola sea Dios pero sí un fenómeno de la lengua que puede contar una historia trepidante, a un ritmo de alucinación, con un lenguaje complejísimo y que así y todo lo sigamos, y nos guste.
La historia va de dos piratas del asfalto que recorren el litoral argentino a ritmo del rock nacional. Son socios y son enemigos, son dos personajes que encarnan la marginación y la poesía del crimen en una gesta de sketches brillantes, sucesos en cárceles, descampados y rutas salvajes. Y en medio de todo eso la mística de la fé (uno de los dos es el pastor Noé y cada uno de sus macabros movimientos los justifica como parte de su plan para construir su parroquia) y la de cierto romanticismo de estrella desde la pobreza, de self made man, encarnada en el otro, el Perro (un muchacho que toma de la lírica del rock patrio casi todas las líneas de su guión).
Para el crimen, para el amor y para la muerte Oyola construye personajes desde el pozo de lo más horrible y de lo más humano, y con ellos una épica de una parte de la cultura argentina, divertida y regionalista como un buen chamamé.
La magia de Salem se renueva y aún mejora. En Matar y guardar la ropa otra vez hay una misión imposible, como en su piropeada Camino de ida. Esta vez será Juan Pérez Pérez, un hombre de doble vida (correcto padre de familia por un lado y sicario por otro), quien se encontrará ante su encargo más difícil: matar a uno de los personajes de los que veranean en una playa de Murcia. La dificultad y gracia del asunto radica en la cantidad de personas conocidas de Juan Pérez Pérez (Número Tres según el código que le impone su “empresa”) que frecuentarán la maldita playa: sus hijos con su ex mujer, el juez estrella de la lucha contra el crimen, un amigo de la infancia y una tal Yolanda que parece pueda llevarse el corazón de nuestro héroe.
Esta novela que habla de la muerte, es una comedia y viceversa. La obra dividida en 29 capítulos más un epílogo de tono Bogartiano, pone en escena una voz inconfundible ya, la de Carlos Salem. Con sólo dos libros, el hombre de Malasaña, ha sabido crear una voz propia, un estilo que hace que lo negro sepa hablar de amor, que lo cómico sepa pensar filosóficamente y que a través de diálogos brillantes el lector pueda enamorarse de sus personajes entrañables.
Apostaría y votaría con gusto por esta novela como una de las grandes candidatas para el próximo Premio Dashiell Hammet.

Desde el viernes 1 de agosto el diario español El País publica en su revista de verano una columna titulada Me cago en mis viejos, firmada por Carlos Cay. La entrega que se extenderá durante todo el mes de agosto intenta reflejar en primera persona el insufrible verano de un adolescente junto a sus padres. El espacio además de definitivamente insulso, y de que no aporta nada más que treinta líneas despreciables, insulta sin ningún argumento válido a los lectores, que somos muchos, del prestigioso matutino.
La actitud del que habla quiere contar el sentir de ese muchacho (que adivinamos por los dibujos que decoran el texto, y que por cierto son lo único rescatable del asunto) en ese verano que le resulta insoportable junto a su familia y lo hace de un modo que lo único que logra es que en cada párrafo se destaque una sola frase: me cago en mis viejos. No hay ideas, no hay transgresión, no hay originalidad ni frescura. La situación, que hasta la entrega número 3 que se publica hoy domingo 3 de agosto, del muchacho enfrentado a sus padres no parece que pueda sustentarse más que en el monólogo sin más irreverencia que el insulto simplón del que se caga en cada entrega.
La literatura de periódicos no se lo merece, El País no se puede dar el lujo de tal desliz, la filosofía de las líneas editoriales de los medios de comunicación no deberían permitirse tales exabruptos de mal gusto. A riesgo de parecer retrógrado y no enterado de lo que se cocina en la actualidad, de “lo que se lleva”, diré que la columna referida ofende por dos flancos: por el de los valores morales y por el de los valores literarios. Las empresas que ponen en la calle productos de la comunicación tienen el compromiso de entregarnos un material que además de informarnos con certeza y calidad, nos inviten a formarnos como ciudadanos en ciertos parámetros éticos. Y, como corresponde en las sociedades democráticas, cuando algo nos desagrada u ofende a los lectores de un medio de comunicación (un espacio donde el ir y venir de ideas y opiniones debería representar su misma razón de ser), deberemos votar en contra y que ese voto se cuente y que esa voz se oiga.
Me gustaría leer una columna que se llame Qué grande mis viejos, esos que me enseñaron que los más importante que uno puede tener es la libertad de expresar lo que le parece (lo que sea), con elegancia, con respeto y con toda la inteligencia que la naturaleza nos haya dado.

No sabía exactamente lo que yo mismo pensaba, hasta que llegó Internet y su buen amigo el blog. No sabía cómo podía definirme en términos políticos y el blog me lo contó, no entendía qué era esto de la comunicación virtual y me mostró como se daba ese fenómeno a través de los comentarios de los lectores, yo no sabía en qué lugar preciso del mundo moderno mis criterios y mis ideas podían abrirse camino y Soñamos España me iluminó con cien artículos (buenos, regulares y malos), esa butaca únicamente mía.
Cien artículos y un nombre y apellido, entre cientos de miles de millones de artículos y nombres y apellidos. Una carita en una foto, un nombre de un periódico, un currículum, universos de ojos enfrentados a pantallas en Pekín, en Brasilia, en Estambul, en Ottawa, en Sidney, en Tánger.
El blog y sus más de dos años de vida me abrieron la maravilla entre vertiginosa y mágica de la palabra suspendida en el eter universal, como una piedra que cae al agua y hace aros infinitos, ecos constantes y planetarios. El blog, animalito robótico con alma, sabe que con su poder ha sabido dibujarme la cara, las manos, la ilusión de los que envían una carta de las de puño y letra con ganas de recibir respuestas.
A los que con sus comentarios han contribuido a llenar esta caja de cristal, mi más agradecido reconocimiento.

Como en un cuento kafkiano, un hombre promete esperar 100 noches sentado bajo la ventana de su amada para lograr su amor. La noche número 99, se pone de pie, levanta su banquito y sin dilación alguna, se retira para siempre. La tan mentada crisis española, esta desaceleración económica que hace que lo españoles se peleen entre sí mientras muchos inmigrantes nos miramos y nos preguntamos todo con una sola palabra: ¿crisis? (crisis para nosotros es ver pasar tres presidentes en una semana, atentados narcos, corralito, secuestro express, etc.) ha puesto como primer blanco desesperado a los que llegamos de afuera. El gobierno actual, en un manotazo de ahogado que además de intentar salvarse hace un gesto sobreactuado a la galería, invita a los extranjeros a volverse a su país, limosna mediante (pagan el paro entero –un año total de lo que se venía cobrando en su empleo último- a cambio de que el extracomunitario renuncie a su tarjeta de residencia y trabajo, y no vuelva por unos cinco años).
Y en la noche 99; después de haber pasado por los peores tránsitos de la aventura inmigratoria: llegar al territorio desconocido, soportar los miedos todos de conseguir un lugar donde vivir, para muchos aprender el idioma, y el gran desafío de trabajar de lo que sea primero, casi siempre en condiciones paupérrimas, después, mucho después, tener en la cartera tarjeta de residencia (muchos hicimos fiestas cuando nos la dieron), hacer amigos, echar raíces…y por supuesto que, sin estar demasiado enterados, colaborar durante años a que las arcas del estado español se robustezcan; nos invitan a irnos, como quien despide a un amante en medio de la noche, porque ya se ha obtenido del mismo lo que se buscaba.
En este bar desde donde escribo estas líneas, hoy la camarera me ha preguntado apenas he entrado: buenos días, ¿lo de siempre? …¿Alguien supone lo que puede significar para mí esta condecoración, este reconocimiento? Es que yo soy un ciudadano más de España, soy el que vino a sumar a la consolidación económica y sociocultural de este país, soy uno más del grupo de amigos del barrio, soy un vecino, soy el que llegó con la ilusión de que algún día, en algún bar de la ciudad, alguien me dijera: buenos días, ¿lo de siempre?
Algunos soñarán con que con los que tenemos otros acentos levantemos el banquito y nos vayamos en la noche 99, pero tendré que prevenir a los berlusconis de turno: a mí nadie me echa de mi casa.

Jorge levantó la copa y dijo :“salud, por el Club de la Ñ”, y allí quedó para siempre el título y ahí quedamos retratados los socios honoríficos de ese club altisonante que, sin borrachera aparente, formamos un club una noche, y arreglado el mundo dos o tres horas después, nos retiramos con las mandíbulas trastocadas en diferentes taxis que cruzaron la noche madrileña, tan contenta.
Está claro que para que la vida o el destino tienda jugadas irrepetibles, esas conjunciones de locos o lanzallamas como quería Arlt, cada uno debe ocupar un lugar relevante en el equipo. Jorge, fue el director técnico y qué bien lo hizo: nos llevó por el camino de las provoletas y las patatas, y remató con unas reproducciones dedicadas como escarapelas inolvidables, de esas eñes subversivas que nos dan nombre y nos admiran; del otro lado el oráculo al que llamamos Martín, nos recordó que era él el creador del monstruo de esas seis cabezas y que como buen científico loco, reconocía que el Frankestein logrado lo hacía muy feliz; Ilan juró que existía una lengua nueva que había descubierto, que era una especie de virus santo que recorría el imperio y que nos invitaba a conocerla; Alberto aportó datos confidenciales sobre curiosidades del sexo femenino, de tabacos originales hallados en aeropuertos borgeanos y de unos tatuajes secretos; Paco quiso reordenarlo todo desde el verdadero principio y describió escenas íntimas que conoce sobre la vida de Adán y Eva, pero lo dijo en voz baja y porque se sabe que algunos andan “inspirándose” en esos secretos con ánimo de lucro; yo me limité a reunir el testimonio de esos conjurados que, al final concluían con la elegante y siempre sabia interrupción de nuestro director técnico que se dejaba escuchar desde la esquina de la mesa: “más vino, ¿no?”
Arreglado o no el mundo, los seis caballeros de la mesa madrileña nos retiramos a nuestros aposentos con el gusto en la boca de quien inventa sin darse cuenta una cofradía de algo que se siente adentro, como una idea que aparece sin buscarla, algo que alguien llamó en esa noche química y que a mí me gusta llamarla, simple y agradecidamente, Amistad.

Le adiviné en la cara la argentinidad. Suena a chulería y a confesión de brujo, pero es verdad. Antes de sentarme en mi butaca de avión al lado de la que le ocupaba él –sentado y con cara de distraído-, arriesgué con una pregunta tonta y en castellano (estábamos por despegar desde un aeropuerto americano hacia Madrid) -¿y tú no tienes equipaje?- me miró como quien oye una acusación repentina y casi surrealista. –No ¿porqué?-. Ya en el no me contenté con el acierto. Era un hombre elegante que pisaba los sesenta, y vivía en Madrid desde hacía treinta y un años. No treinta, treinta y uno.
Enseguida comenzó una conversación contra reloj (los dos debíamos dormir algunas horas, de las nueve de diferencia que nos separaban con nuestro destino español), pero sin apuros a la vez. Mi compañero de viaje me confesó, después de algunos silencios dignos de suspiros, que era uno de los pasajeros de “El charter de Videla”. Era la primera vez que oía ese título para nombrar a ese torrente desvalido de toda justicia, que fue expulsado a golpe de tiro y picana, de la Argentina del proceso genocida. España fue su destino final, estuvo veinte años sin volver a su tierra, y pisó con asco, en una vuelta que no debería haber sido, la plaza de la vergüenza de Galtieri, un 2 de abril de 1982. Los coches llevaban calcomanías con banderitas celestes y blancas, sobre las que una frase escupía: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
Después de no querer describirme con silencio y ojos acuosos, los días en los que estuvo secuestrado por aquellos canallas, pidió una manta a la azafata. El recuerdo le había traído frío y a mí también.
Ya cruzando el Océano Atlántico la charla anduvo siempre por la Argentina trágica del ‘45 a hoy. Mi compañero nombró a algunas personas claves, a tres o cuatro momentos de la historia, y a ciertas anécdotas esclarecedoras de su concepción de porqué estamos como estamos y somos lo que somos. –Ya tenés los puntos, ahora te toca unirlos- me dijo.
Me fascinó la idea gráfica. Una línea de puntos, un caminito de hormigas, los rayos de la bicicleta que se funden todos en un centro, como una verdad más que posible.
Nos estrechamos la mano en Barajas y nos deseamos buena suerte.
A mí me queda unir esa línea de puntos que me dejaste en la imaginación, me queda decirte -robándole al poeta rosarino- que quién dijo que todo está perdido…si vos venís a ofrecer tu corazón.
Y yo ahora, con el poder total que me da el azar de ser un personaje secundario treinta y un años después, pongo la voz de millones en tus oídos: Perdón, no te lo merecías; no te lo merecías ni vos, ni ninguno de los de tu familia.
Lo último. Te juro que tu dolor no fue en vano para muchos de nosotros y que sabemos que tu testimonio deberá ser nuestro mantra y la luz que ilumine el futuro.
Gracias por ayudarme a entender que sí existe una línea de puntos, que es muy importante unirlos y que esto no debe de olvidársenos nunca.
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Flann O’Brien ha escrito una de las obras más originales de todo el siglo XX, pero para muchos aún es un perfecto desconocido. Sólo conEl tercer policía (The third police, 1967. Trata sobre la historia de los curiosos días de un hombre vividos sin darse cuenta que está muerto), su novela más afamada, el irlandés debería ser encumbrado al olimpo de los más excelsos escritores de su tiempo, junto a Borges, Kafka o Joyce.
Aunque fue al final de sus días reconocido como uno de los grandes de Irlanda (Nació en Irlanda del Norte en 1911 y murió en Dublín en 1966), por autores de la talla de Graham Greene, Dylan Thomas, Samuel Beckett y James Joyce; Flann O`Brien –uno de entre varios pseudónimos con los que firmaba sus trabajos- vivió como redactor más o menos reconocido y como defensor a ultranza de su cultura gaélica.
Es de festejar entonces, por la calidad del autor y el desconocimiento en general del mundo hispanohablante, la aparición en España de La boca pobre (The poor mouth, 1941) editada por la editorial Nórdica, con un muy ilustrativo prólogo y una cuidada traducción desde el gaélico original, a cargo de Antonio Rivero Taravillo.
La pobreza de la población rural irlandesa es descripta con la maestría sobria e irónica, a través de la historia los Ó Cúnasa, una familia que durante los nueve capítulos de la obra, está por desfallecer de hambre, mientras se pelea por cuidar de sus pocos cerdos, ahuyenta los olores horribles de su pobre casa y se ensarza en diálogos desternillantes donde tanto se puede discutir de las leyendas de la comarca como de la valía del gaélico contra el inglés, tema tan propio del autor en casi todas sus obras y en su vida.
Fernando Baez resume mejor que nadie en su artículo “Flann O´Brien: exégesis de lo inevitable” lo que creemos algunos incondicionales: “Es, sin discusión, una de las mejores excusas que pueden darse para leer en cualquier época”.

La foto de L. M. Panero es de
José Antonio Carrera (1993)
Panero escribe como si un panteón borracho le dictase, lo exigiese y se riera de su vértigo. Su escritura que salta todos los cánones de lo descifrable y lo “normal”, su sistema del no sistema, su oscuridad, su obscenidad, ese constante derrotero de derribos de barreras de lo nombrable, hacen de su narrativa un espacio tan insólito como riquísimo para cualquier lector con inquietud literaria.
La editorial Páginas de Espuma, referencia cada vez más obligada para la edición de calidad del género cuento en Iberoamérica, ha editado los Cuentos Completos de Leopoldo María Panero, reconocido en España por su trayectoria lírica, dueño de un currículum que alcanza su summum de reconocimiento con la inclusión de su nombre en aquellos famosos Novísimos, la antología de poetas españoles de Castellet. De su otro lado, el de la vida real, cierta crítica se vale de la “morbosidad del asunto”, según escribe Túa Blesa en el interesante prólogo a la obra, refiriéndose a los desórdenes psiquiátricos del autor. “No puede quedar sin ser aludida la más que singular biografía del escritor, esa ‘locura’ que lo convirtió hace ya años en figura legendaria, en psiquiatrizado y en habitante de clínicas y manicomios, en uno de los cuales –el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas- reside en la actualidad” afirma con certeza el prologuista.
La obra se divide en cuatro conjuntos de relatos (“El lugar del hijo”, “Palabras de un asesino”, “Dos relatos y una perversión” y “Cuentos dispersos”), casi todos esquivos a argumentos lineales, con carencia de estructuras señaladas como presentaciones formales de personajes o resoluciones de conflictos.
La obra narrativa de Panero está invadida de muertos, criaturas violentas y sexo. Cada motivo dispuesto en el borbotón del lenguaje que se quiebra y que clama en cada palabra siempre cercana a la narración poética, se presenta y se desfigura en la pantalla urgente de la historia contada. Como una lectura que pide al lector que a la vez que lee, aúlle, aplauda, cante, maldiga.

Arriesgo: más pronto que temprano un artista argentino copiará la realidad, por ejemplo, en una película. Ahí va el argumento: un puñado de terratenientes ricos y malos, contrarias a las políticas populares del gobierno de turno, queman los pastizales de los alrededores de la gran Buenos Aires. Durante algunos días la ciudad está hundida en el humo de la guerra, como en una viñeta borrosa. No se ve a un metro, la gente no sale de su casa y escucha por la radio al gobierno del pueblo que clama a los malos malísimos que apaguen sus fuegos. Se cierran los aeropuertos, las carreteras, los colegios. La gente ve por las ventanas de su casa pasar las nubes grises y negras llegadas del maldito campo. Los alérgicos están paranoicos, los asmáticos hiperventilados, los bomberos locos. La Nasa publica en los periódicos del mundo fotos aéreas del Río de La plata lamida por una lengua de aire tóxico. Como una de Spielberg con un toque de Leonardo Favio
Pero lo mejor está por llegar. En ese aire de batallitas políticas y desorientaciones varias, algunos que no salían por el barrio, ven la oportunidad de no ser vistos y salen a dar una vuelta. Las tumbas se abren como en el video de Michael Jackson y se asoman Perón y Evita, Gardel y Leguizamo, Borges y Fontanarrosa. Y así, en ese todo vale bajo las cortinas de los malos aires, algunos también los de a pie no llegarán a sus casas por que no las verán más y se meterán a otras. Y otros que verán pero no quieran ver dormirán abrazados a pechos ajenos, travestidos o no, tapados por el santo manto de la transgresión coyuntural, y Perón pintará una V y una P dentro en un paredón y Gardel se meterá silbando bajito al Colón, y Borges verá su propia réplica de cartón en el Tortoni y se sentará a debatir con él mismo. Unos y otros asistirán a la veda de la libertad que siempre ofrecen las verdaderas guerras. Vivos y muertos, santos y demonios, pueblo y aristocracia, en el mundo del revés, tras las cortinas felices de humo, tras el carnaval argentino en toda regla.
Pero un día aciago el humo pasará, los bomberos baldearán y el gobierno gritará por unos altavoces desde la Patagonia, que la casa está en orden. Así y todo, como tras esas noches de borrachera, las caras en los vecindarios mostrarán en las miradas una aventura guardada, reprimida, secreta. Ciertos amigos mentirán asegurando que se han apretado a la mejor mina del barrio y el que se la apretó de verdad nunca podrá decirlo porque está casado y tiene a su mujer al lado. Nunca, pero nunca, Néstor develará cómo es Evita en la intimidad, ni nunca nadie más se encontrará en medio de la 9 de julio, al obelisco aquél que en los días de la confusión alguien se ha llevado, y quién sabe, acaso al otro mundo.

Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra.
George Bernard Shaw
Encuentro un pub tranquilo con mesas de maderas grandes y negras, y un buen café, al que se le puede agregar leche fría dispuesta en prolijas jarritas de metal, presentes en cada mesa. Apenas abro el cuaderno y empiezo a escribir, entra él, al que llamaremos Arthur. Tiene unos veinte años, unas pecas y unos bucles colorados ensortijados de gel. Se lo ve feliz, dinámico y muy bien vestido. Se sienta en la mesa de al lado y pide un vino rosado y dos copas. Cuando el camarero apenas coloca la botella en la mesa, Arthur por vez primera mira su reloj. Es hermoso, joven y espera a la mujer de sus sueños. Y desde el minuto uno de espera empieza a desafiar su sistema nervioso.
Por delante de la mesa de Arthur y de la mía no deja de pasar gente joven empuñando sus jarras llenas y vacías; se besan, se ríen, gritan un try, se empiezan a emborrachar, y yo escribo en mi mesa y Arthur espera en la suya. La botella está en el mismo sitio, ni se ha atrevido a tocarla. Se peina y se pegotea de gel las manos, se rasca los botones de su camisa, mira y no dejar de mirar la puerta por la que no deja de entrar y salir gente joven, de domingo, y con ganas de refugiarse de la romántica lluvia galesa que tiende cortinas de agua. Qué bonito es Cardiff, quiero empezar a escribir algo sobre la ciudad pero es como si Arthur me hablara con su espera, con el reloj congelado, con su juventud y su perfume y su primera cita y ese gel y ese bar que ruge de amor y buena onda, pero ya ha pasado más de una hora y ella no aparece.
Suena el móvil dispuesto al lado de la botella. Arthur ve como el aparatito vibra y se mueve como un caracol y un temblor le entra en todo el cuerpo. Pero no es ella; quizás sea un amigo inoportuno. Pero claro, está dicho…el amor llega cuando uno menos lo espera, entonces en medio de la tonta conversación telefónica, Arthur, nuestro Arthur, gira la cabeza y la ve entrar, yo la veo entrar…y dejo el bolígrafo sobre el cuaderno: mide un metro cincuenta, pesa unos cien kilos, carece de cuello y de cintura, va pintada con todos los colores de Kodak, y a todo su volumen lo prensa un vestido rosa de tela parecida al teflón. Revolea una cartera pequeña de piel de tigre. Cuando se ríe llora la salud dental de Gales en su conjunto. Su fealdad es tan fea que se parece a la maldad.
Arthur sonríe, le recrimina juguetón la tardanza y cual George Clooney con su Martini Bianco a punto, descorcha el vino rosado y llena las copas.
Dejo de escribir lo que apenes intenté. Cierro el cuaderno con una especie de fracaso que supera mi voluntad. Me da ganas de pegar un golpe seco en la mesa. Es como esos programas asombrosos en los que un indio o un chino besa una rata o una víbora, y la conclusión del conductor es: Cuántas formas tiene el amor…¿verdad amigos?

Mario Vargas Llosa llega a Rosario, Argentina, y lo recibe una turba enardecida que apedrea el autobús que lo transporta, rompiéndole los parabrisas. Esto lo lleva al escritor peruano a publicar en El País del domingo 6 de abril un artículo titulado “Borges y los piqueteros”, en donde sin temblarle la mano, expulsa que alguien escribirá la historia del porqué el país que después de ser el mejor educado de la América latina, “una ficción borgeana..(la lleva) a dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros”
A la gente de la estirpe de Vargas Llosa le encanta Sarmiento, entonces concluye: “(Los piqueteros) son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie”. Otra vez: civilización y barbarie.
Sin perder el hilo de la polarización estupenda, José Pablo Feinman en Página 12, contestando a un artículo de Beatriz Sarlo publicado en La Nación a propósito del último cacerolazo contra el gobierno de Cristina Férnandez, pone sobre la mesa esa dicotomía marchita, casi risueña: gorilas vs cabecitas negras, rubios contra negros, peronistas contra todos. Casi textual
Parece mentira pero sí, la fuerza de las categorías clásicas hacen espacio en la prensa y en nuestros pensadores y analistas. Parece que nadie sabe ya cómo encarar el caso argentino. Acaso haya que recurrir de nuevo a Perón, a Evita, a Sarmiento.
Lo cierto es que mientras los que deberían desmenuzar y echar luz sobre lo que de verdad pasa en el país, los que desde los medios de comunicación deberían desandar caminos preguntándose el porqué y el porqué para encontrar alternativas, siguen reproduciendo la vana lucha que llevó a la tierra de todas las posibilidades, a ser lo que hoy es: fragmentada, deslucida, de guerrilla barrial por un pedazo de la torta o, mejor, de la vaca.
La presidenta seguirá apaleando a los ricos del campo con sus medidas (aunque con ello caigan los medianos y pequeños productores), los periodistas y liberales de boquilla, seguirán atrasando en su análisis unos cincuenta años, y los chicos que nacen y crecen en la bendita Argentina (los hambrientos, los ricos, los de clase media, todos por igual) seguirán siendo educados (desde los medios, desde el balcón de la Casa Rosada, etc.) en la teoría del buen argentino: bárbaro o civilizado, peronista o antiperonista, blanco o negro.

A Marcelo Giaccardi, compañero de secta
Adoro la idea de poner en la hora de la sobremesa el tema de las sectas. Lo que más me importa es las conclusiones sobre la cerrazón mental o uso de la ignorancia de los que apuestan, entre migas de pan y vasos sucios, gritando verdades como catedrales. Primero digo que creo que comenzaré uno de los cursos que se imparten en la Iglesia de de Prestiditología, que me recomendó un amigo (es importante que el nombre de la Iglesia u organización suene extraño, sospechos0 y haga eco en otra palabra que rememore una “secta” conocida). Lo primero que preguntan los comensales es el nombre de mi amigo. Apuesto por decir que no lo conocen, es la mejor manera para que abran las puertas de su sinceridad: ese amigo está, en principio, abducido, raptado, devorado por las fauces de una secta (cuando dicen la palbra secta abren los ojos como si los estuvieran apuñalando). Me preguntan si es la misma de Tom Crusie, de Julio Iglesias o de Ronaldinho. Yo siempre respondo que sí, que ellos son parte de “nuestra fe”, ya en el juego, juego. Alguien saca a relucir desde el fondo de la mesa que ha leído “por ahí” que luego quitan los hijos a las familias y hacen con ellos bandas organizadas de delincuentes juveniles. Otro aporta el dato de un famoso que ha declarado que a él le habían obligado a vender una casa con piscina. Todos saben mucho muchísimo sobre un tema del que nadie tiene la más mínima idea.
Lo esencial del que habla sobre sectas es que el diablo, la corrupción y “el lavado de cerebro” (frase verbal básica para definir en una línea la ignorancia del ignorante) funciona como motor esencial para la constante y progresiva acumulación de poder de esos hombres (¿Quiénes son esos hombres sin rostro, esos alienígenas que brotan de la nada y violan todos los derechos amparados en organizaciones que “nos obligan” a seguir su fe?)
Todo es delito para el que pasa por delante de un templo que no sea el de su gusto. Todo es malversación de fondos, robo, usura y lavado de cerebro, lavado de cerebro, lavado de cerebro. Porque el prejuicio es el bastión primero del ignorante y el segundo es el miedo disfrazado de prevención. Si soy prejuicioso y temo, reclama el enano subconsciente del ignorante que nos acompaña con su repulsa en la sobremesa, no necesito el esfuerzo de mi progreso.
Hare Krishna ó Secta Moon, Evangelismo ó Hinduismo, Mormón o Mahometano; al ignorante y prejuicioso todo nombre que le quede lejos de lo que aprendió en la escuela primaria, lo tienta para engendrar sospechas y le merece el insulto porque sencillamente lo salva del conocimiento de lo diferente.
Pertenezco a la secta de los que saben que la palabra secta viene de seccionar, de formar parte de un sector, de ser miembro por elección de un grupo social.
Usted es parte de una secta señor lector, igual que yo, igual que todos. Amén.
A Sory

Ya puedo ser abuelo porque tengo una anécdota para contar a mis nietos.
Esta es la crónica de una noche mágica.
Era viernes 1 de febrero de 2008 y me llamó mi amiga Sory diciéndome que teníamos acreditaciones para ver a “Emir Kusturica y la no smoking band orchestra” en La Riviera, un mítico local sobre el río Manzanares de Madrid. Mi amiga periodista, que conoce igual que yo las bondades de ver conciertos imposibles a costa de la credencial que el gremio otorga, llegó con su paso ajustado y su emoción: íbamos a ver a un mito y la banda sonora de nuestras vidas, Kusturica había hecho nuestra felicidad dándose a conocer para nosotros con Underground, aquella película ganadora del Oscar 1996 en la que explicaba de una manera surrealista pero imprescindible de conocer, la truculenta historia de la Yugoslavia de Tito. Su ritmo divertidísimo de gitanos balcánicos, que corrían en fila con sus bigotazos y sus sombreros al viento, soplando tubas, trompetas y saxofones, nos habían abierto las puertas hacia un nuevo tipo de felicidad parecida a la locura que se siente en una noche de baile de verdad infinita.
Kusturica había capitalizado ese éxito universal a través de su orquesta, con la que regaba con un poco de esa fantasía musical, una noche madrileña.
Así fue que salió Kusturica y su orquesta y su Unza Unza time. El público saltó y aplaudió y los cuatro costados de La Riviera bailaron como se esperaba. Pero la noche iba a traer una sorpresa…en medio de una canción la banda se detuvo, los músicos se miraron entre ellos, Emir señaló un punto en la platea y la gente miró hacia allí y apareció: Dieeegooooo, Dieeeegoooo, Dieeeegoooo!!! Kusturica se salió del escenario y fue pisando la barra de bar contigua hasta llegar al balcón donde estaba el fenómeno. La gente coreaba el nombre del crack y todos nos reíamos como asistiendo a un momento sacado de un sueño. Se abrazaron y el seguidor de luces los siguió y la gente se rompió las manos aplaudiendo.
Emir Kusturica y Diego Maradona se habían hecho muy amigos en Argentina, cuando el serbio se fue a grabar una película sobre el astro.
Después fue todo un show conjunto entre los dos. Diego subió al escenario y bailó al ritmo de un gitano más, tomó el micrófono y le dijo a la gente que Emir era su amigo porque era un revolucionario como él, y luego se colgó de su balcón y saltó y cantó y bailó como si estuviera en la Bombonera y la gente deliró a su ritmo con el delirio y la felicidad parecidas a la locura que se siente en una noche de baile de verdad infinita.
Después todos nos fuimos caminando con una sonrisa en los labios. Cruzamos el río manzanares, vimos la Catedral de la Almudena iluminada, y dejamos que otros tomen los taxis que se arremolinaban ante la salida.
Algunos mirábamos la luna blanda de esa noche y sentíamos un sentimiento de gratitud, una dicha un poco inexplicable, una especie de gustito en el cuerpo que se queda cuando uno abraza a alguien muy querido.
Quizás simplemente se trate de la gracia que supone la posibilidad de regalar aunque sea un mero aplauso a dos que nos dieron tanta alegría, aunque ellos nunca sepan cuánta.

La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura
Adolfo Bioy Casares
La universalidad es lo máximo a lo que un artista puede aspirar, es decir, a que su mensaje y el tratamiento de este pueda ser leído, interpretado, gozado y asimilado como parte de la vida de cualquier persona humana del mundo. La eternidad sumada a esa universalidad hace un clásico. De estos casos trata de manera magistral quizás la mejor y más accesible Historia de la literatura universal, que conocemos en castellano, escrita por Martín de Riquer y José María Valverde.
Divida en dos tomos, la obra reeditada por Gredos en 2007, cuenta con casi todos las cualidades que hacen que quien se sienta atraído (lectores aficionados) o necesitado (estudiantes o eruditos) por la lectura de una mirada sobre una historia universal de la literatura encuentre en este estudio la manifestación de una gran manera de acercamiento a un arte con casi tres mil años de recorrido.
Ambos volúmenes, hechos a la medida de los bibliófilos, recorren con una mirada crítica y moderna a la vez (“se hablará de Homero con la misma vivacidad que si fuera de nuestro siglo; de James Joyce, como si fuera un elisabetiano”, del Propósito y estructura de la obra, firmado por los autores), una historia que dividen tanto en géneros, como autores esenciales y en literaturas regionales o nacionales. El primer consta de cinco capítulos, comienza en Literaturas orientales proyectadas por Europa y culmina en Del renacimiento al Barroco. El segundo tomo también de cinco partes, comienza en Del Barroco al neoclasicismo y culmina en un apéndice dividido en dos partes: Literatura china y Literatura japonesa.
La obra resulta deliciosa porque cuenta con ese buen gusto del que sabe y cuenta lo que sabe con la ilusión del relato de una gesta y la sabiduría enciclopédica y de múltiples lecturas.

A la memoria de mis antepasados gallegos
Soy sospechoso, por no decir que estoy acusado y condenado, de delinquir en toda sus formas, de no servir como lo hacían los camareros de antaño y de no respetar las costumbres españolas. Soy inmigrante y eso es malo, feo, sucio. Por eso debo andar por los rincones oscuros de la ciudad, limpiar en las calles en silencio, preparar los mercados de frutas, construir los edificios de la nueva España especuladora, pero todo en silencio y por supuesto cumpliendo los deberes económicos que hacen que este país crezca, crezca y así hasta el superávit fiscal que todos conocemos.
Soy el blanco de la derecha española que me quiere adentro pero escondido, prepara para mí censos como con el ganado y ahora necesita hacerme tests, me pondrá pruebas para la obtención de visado por puntos, me seleccionará con el criterio de la justicia para la pureza de conciencia y la raza. No me integro, está dicho. No soy igual a un español, está probado. Debo ensayar mi “capacidad de adaptación”. Soy hijo de una malformación social que en España se da en llamar “inmigrante”.
Ahora el contrato y el visado por puntos me impondrá: 1. Conocimiento de la lengua española (¿a los inmigrantes españoles que iban a buscarse la vida a Alemania, hace no muchos años, también se lo exigían?). 2. Capacitación profesional (Mi nivel cultural y educativo no es alto. Eso hace que yo ya no puedo limpiar baños, ni cuidar a los ancianos, ni ninguna otra actividad que contribuya a la vida sociolaboral de España, ¿no?) 3. Conocimiento del sistema legal español (En nuestros países de flechas y taparrabos no se conoce lo que es una Constitución Nacional y la delincuencia, el ojo por ojo y la corrupción son la moneda de cambio ¿cómo podremos integrarnos si nunca podremos conocer una verdadera ley, una verdadera civilización si somos la barbarie?. Lo mejor quizás, es que todos los inmigrantes antes de entrar nos recibamos de abogados y así conoceremos la ley española como se debe) 4. Conocimiento de la cultura española (Dormir la siesta, 7 de julio San Fermín, si hablamos de flamenco hablamos de Camarón, Hala Madrid, la tortilla siempre debe estar cruda por dentro, hashta logo).
Mi bisabuelo llegó de Lalín a Buenos Aires hace más de cien años. Trabajó, lloró por saudades, educó a sus hijos y murió en la provincia de Buenos Aires sin imaginarse que desde esa tierra prometida uno de sus bisnietos podría asistir en la España del futuro a la infamia segregada por otros gallegos, los bisnietos de sus amigos de la infancia. Como una sucia guerra entre la parte pobre y la parte rica de la misma familia.
“La oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana”
(De Fernando Vallejo sobre la Iglesia católica romana, en La puta de Babilonia)

En el barrio de Lavapiés de Madrid, famoso por su impresionante cantidad de vecinos llegados de más de cien países, se enclava la Iglesia de San Lorenzo en la que su sacerdote hace gala de cristianismo. Se llama Juan José y el otro día tuve la oportunidad de gozar de su invitación a la misa, de qué me muestre su obra de caridad y compasión para con el multicultural vecindario que le tocó, su enamoramiento de la palabra bíblica y de la búsqueda de honrarla. En fin, su trabajo. Eso también, pensé, es la Iglesia. Pero a Juan José y a los misioneros que dan de comer a los niños moribundos de África, a los que curan a los leprosos y a los que trabajan codo a codo con Cruz Roja, a todos ellos ejemplo fiel de lo mejor del legado de Jesús…¿Qué testimonio los liga con la iglesia de los obispos de España, esos hombres de negro que en estos días abogan con su patético escrito destinado a los medios a no votar al socialismo en estas próximas elecciones presidenciales? Concluí que no los une nada más que la pertenencia al género humano, y ya es mucho decir.
Los obispos instan a la sociedad a no votar a quienes hayan aprobado leyes “gravemente injustas” como las que permite los matrimonios homosexuales, y la negociación con ETA. "Una de ellas- dijeron los obispos-, es la ley de reforma del Código Civil en materia de matrimonio. Esa ley ha eliminado del lenguaje jurídico las palabras 'esposo' y 'esposa', 'marido' y 'mujer'. Esta ley desconoce la realidad del matrimonio en su especificidad y es necesario que las leyes protejan el matrimonio".
Luego y para terminar, agregan: "Nos parece que los inmigrantes necesitan especialmente atención y ayuda”.
Vamos por parte: el matrimonio homosexual coloca a una parte de la sociedad con un derecho con el que no contaba. Todos somos iguales ante la ley. ¿Los obispos no piensan lo mismo?
La negociación con ETA es un clásico de todos los últimos gobiernos de España. ¿Porqué achacárselo sólo a este último?
¿Ayudar al inmigrante? ¿Qué ley pudo ayudar más al inmigrante más que la de la última regularización generada por Zapatero?
Este gobierno propone que no sea automático la ayuda a la Iglesia, por eso desde los próximos pagos en Hacienda usted podrá elegir la donación de esa ayuda o no. ¿Será ese el principio del cabreo de estos buenos señores de la fe?
Así son las cosas y así habrá que contarlas en el futuro, ese futuro gris y mentiroso de esa parte de la Iglesia a la que Vallejo llamó “la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda”, y la llamaba bien.

De Páginas de Espuma, la editorial especializada en cuentos de España, llegan dos volúmenes dignos de mención. Aquí van.
El último minuto (Andrés Neuman, 2007)
Neuman sabe el oficio, es una frase que casi no falta nunca a la hora de reseñar sus libros. Pero ¿de qué oficio hablamos: el de poeta, el de novelista, el de cuentista? Neuman lo que sabe es el ejercicio de la escritura y cuando se sienta a escribir cuentos aparecen historias tan ajustadas como las que leemos en la edición de esta obra (edición que “corrige” la del 2001, como se lee en la contraportada, “minuciosamente revisada por el autor”. Minuciosidad con “marca Neuman”)
En cada relato la aportación del estilo es la combinación precisa de la consecución de la acción, el pliegue a compasado del ritmo de un acto tras otro (Léase Los comediantes, S.O.S. Dios, el antológico Yerma), con la descripción lenta como poniendo un descanso mullido al lector que entra en el vértigo. Y en la descripción, en la pintura dulce de cada escena, a veces surrealista, a veces erótica, otras de llano realismo, las formas propias de Neuman hacen la diferencia.
En el final del volumen podemos leer una interesante teoría/ interpretación del género titulada “Variaciones sobre el cuento”.
Hasta luego, mister Salinger (Juan Carlos Méndez Guédez, 2007)
“Creí que se iba a suicidar esta noche” dice el personaje que empieza a querer a Ángela, una noche en un bar en el cuento Las cigarras. Adentro de cada bar, da cada cama, de cada calle, las almas de Méndez Guédez dudan, resbalan, sufren cavilando; y ese proceso de no saber, las tramas nos van devorando con el arte de la araña, sutil pero definitivamente.
El autor de Una tarde con campanas, nos sumerge en escenas lentas como las de Agua, que cuentan el reencuentro de dos que fueron novios en la cual la espera de la actual esposa de él, actúa de cuenta regresiva y acelera el pulso; o en escenarios de vértigo social y político venezolano (el autor nació en Barquisimeto y hace algunos años reside en Madrid), El hombre lobo en el bulevar; o de tragicomedia enlazada con diálogos de factura maestra como en el cuento que da nombre al volumen.
Hasta luego, mister Salinger confirma que Juan Carlos Méndez Guédez es una de las voces que mejor trabaja dentro de la joven narrativa hispanoamericana.

A nuestra mamá,
A Mabel.
Yo tengo una hermana que se llama Miriam y ella es un hada, si, de esas hadas que hacen que las cosas desaparezcan o aparezcan, según le viene en gana. A veces mi hermana desaparece, como desaparecen las hadas y se va a un país que sólo ella conoce cuando cierra los ojos y se hace invisible.
Me acuerdo de cuando éramos chicos y ella aparecía en mi cumpleaños. Aunque era mi hermana o mi prima o lo que fuera, todos, incluso yo, no podíamos no enamorarnos aunque sea un poco de ella. Tenía dos o trece años y llevaba el pelo lacio, unos vestidos a la moda y unos moños que la hacían un regalo de lujo para cualquier fiesta. Nosotros, de siete u ocho años contemplábamos su aparición como propia de su magia y su belleza.
Los años pasaron y ya no nos vimos tanto y sé que Miriam se dejó querer por algún muchacho y que también supo sufrir por algunos males muy malos de la vida.
La he vuelto a ver después de treinta años en su cama de hospital. Hace un año sufrió un accidente cerebral y la última semana ha cumplido cuarenta años. Al lado suyo, Mabel, su mamá y la mía, la toma de la mano, le lee cuentos y le trae discos de Calamaro.
Cuando yo le tomo la mano y le pregunto si me recuerda, Miriam cierra los ojos y llora. Llora porque se emociona en la memoria de nuestros cumpleaños, nuestra infancia de globos y regalos, nuestra vida sin esos males muy malos de la vida.
Miriam, mi hermana hada, sabe que adentro de ese cuerpito haragán que ahora tiene, está descansando de algunas tristezas y de algunas pérdidas. Yo que la conozco y la quiero, le adivino el escondite en esa cama y el haraganeo remolón, el juego del hada que desaparece en el ejercicio de su naturaleza.
Ahora que la pienso a la distancia y me río de su juego, la invito con la fuerza de las palabras que escribo como confabulando una oración, a que vuelva a este país, a que abra los ojos, a que se conecte.
Yo creo en su fuerza y en su magia, yo creo en su vida futura y en su recuperación, yo creo que Miriam se va a conectar.
Jueves, 16 de febrero
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo