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L. M. Panero y esa maldita cordura (sobre la edición de sus Cuentos completos)

Permalink 28.04.08 @ 09:00:45. Archivado en Literaturas


La foto de L. M. Panero es de
José Antonio Carrera (1993)

Panero escribe como si un panteón borracho le dictase, lo exigiese y se riera de su vértigo. Su escritura que salta todos los cánones de lo descifrable y lo “normal”, su sistema del no sistema, su oscuridad, su obscenidad, ese constante derrotero de derribos de barreras de lo nombrable, hacen de su narrativa un espacio tan insólito como riquísimo para cualquier lector con inquietud literaria.
La editorial Páginas de Espuma, referencia cada vez más obligada para la edición de calidad del género cuento en Iberoamérica, ha editado los Cuentos Completos de Leopoldo María Panero, reconocido en España por su trayectoria lírica, dueño de un currículum que alcanza su summum de reconocimiento con la inclusión de su nombre en aquellos famosos Novísimos, la antología de poetas españoles de Castellet. De su otro lado, el de la vida real, cierta crítica se vale de la “morbosidad del asunto”, según escribe Túa Blesa en el interesante prólogo a la obra, refiriéndose a los desórdenes psiquiátricos del autor. “No puede quedar sin ser aludida la más que singular biografía del escritor, esa ‘locura’ que lo convirtió hace ya años en figura legendaria, en psiquiatrizado y en habitante de clínicas y manicomios, en uno de los cuales –el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas- reside en la actualidad” afirma con certeza el prologuista.
La obra se divide en cuatro conjuntos de relatos (“El lugar del hijo”, “Palabras de un asesino”, “Dos relatos y una perversión” y “Cuentos dispersos”), casi todos esquivos a argumentos lineales, con carencia de estructuras señaladas como presentaciones formales de personajes o resoluciones de conflictos.
La obra narrativa de Panero está invadida de muertos, criaturas violentas y sexo. Cada motivo dispuesto en el borbotón del lenguaje que se quiebra y que clama en cada palabra siempre cercana a la narración poética, se presenta y se desfigura en la pantalla urgente de la historia contada. Como una lectura que pide al lector que a la vez que lee, aúlle, aplauda, cante, maldiga.

Historia del humo (idea para una peli en la Buenos Aires ahumada)

Permalink 21.04.08 @ 10:15:13. Archivado en Literaturas


Arriesgo: más pronto que temprano un artista argentino copiará la realidad, por ejemplo, en una película. Ahí va el argumento: un puñado de terratenientes ricos y malos, contrarias a las políticas populares del gobierno de turno, queman los pastizales de los alrededores de la gran Buenos Aires. Durante algunos días la ciudad está hundida en el humo de la guerra, como en una viñeta borrosa. No se ve a un metro, la gente no sale de su casa y escucha por la radio al gobierno del pueblo que clama a los malos malísimos que apaguen sus fuegos. Se cierran los aeropuertos, las carreteras, los colegios. La gente ve por las ventanas de su casa pasar las nubes grises y negras llegadas del maldito campo. Los alérgicos están paranoicos, los asmáticos hiperventilados, los bomberos locos. La Nasa publica en los periódicos del mundo fotos aéreas del Río de La plata lamida por una lengua de aire tóxico. Como una de Spielberg con un toque de Leonardo Favio
Pero lo mejor está por llegar. En ese aire de batallitas políticas y desorientaciones varias, algunos que no salían por el barrio, ven la oportunidad de no ser vistos y salen a dar una vuelta. Las tumbas se abren como en el video de Michael Jackson y se asoman Perón y Evita, Gardel y Leguizamo, Borges y Fontanarrosa. Y así, en ese todo vale bajo las cortinas de los malos aires, algunos también los de a pie no llegarán a sus casas por que no las verán más y se meterán a otras. Y otros que verán pero no quieran ver dormirán abrazados a pechos ajenos, travestidos o no, tapados por el santo manto de la transgresión coyuntural, y Perón pintará una V y una P dentro en un paredón y Gardel se meterá silbando bajito al Colón, y Borges verá su propia réplica de cartón en el Tortoni y se sentará a debatir con él mismo. Unos y otros asistirán a la veda de la libertad que siempre ofrecen las verdaderas guerras. Vivos y muertos, santos y demonios, pueblo y aristocracia, en el mundo del revés, tras las cortinas felices de humo, tras el carnaval argentino en toda regla.
Pero un día aciago el humo pasará, los bomberos baldearán y el gobierno gritará por unos altavoces desde la Patagonia, que la casa está en orden. Así y todo, como tras esas noches de borrachera, las caras en los vecindarios mostrarán en las miradas una aventura guardada, reprimida, secreta. Ciertos amigos mentirán asegurando que se han apretado a la mejor mina del barrio y el que se la apretó de verdad nunca podrá decirlo porque está casado y tiene a su mujer al lado. Nunca, pero nunca, Néstor develará cómo es Evita en la intimidad, ni nunca nadie más se encontrará en medio de la 9 de julio, al obelisco aquél que en los días de la confusión alguien se ha llevado, y quién sabe, acaso al otro mundo.

El amor espera...

Permalink 14.04.08 @ 10:13:09. Archivado en Literaturas

Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra.
George Bernard Shaw

Encuentro un pub tranquilo con mesas de maderas grandes y negras, y un buen café, al que se le puede agregar leche fría dispuesta en prolijas jarritas de metal, presentes en cada mesa. Apenas abro el cuaderno y empiezo a escribir, entra él, al que llamaremos Arthur. Tiene unos veinte años, unas pecas y unos bucles colorados ensortijados de gel. Se lo ve feliz, dinámico y muy bien vestido. Se sienta en la mesa de al lado y pide un vino rosado y dos copas. Cuando el camarero apenas coloca la botella en la mesa, Arthur por vez primera mira su reloj. Es hermoso, joven y espera a la mujer de sus sueños. Y desde el minuto uno de espera empieza a desafiar su sistema nervioso.
Por delante de la mesa de Arthur y de la mía no deja de pasar gente joven empuñando sus jarras llenas y vacías; se besan, se ríen, gritan un try, se empiezan a emborrachar, y yo escribo en mi mesa y Arthur espera en la suya. La botella está en el mismo sitio, ni se ha atrevido a tocarla. Se peina y se pegotea de gel las manos, se rasca los botones de su camisa, mira y no dejar de mirar la puerta por la que no deja de entrar y salir gente joven, de domingo, y con ganas de refugiarse de la romántica lluvia galesa que tiende cortinas de agua. Qué bonito es Cardiff, quiero empezar a escribir algo sobre la ciudad pero es como si Arthur me hablara con su espera, con el reloj congelado, con su juventud y su perfume y su primera cita y ese gel y ese bar que ruge de amor y buena onda, pero ya ha pasado más de una hora y ella no aparece.
Suena el móvil dispuesto al lado de la botella. Arthur ve como el aparatito vibra y se mueve como un caracol y un temblor le entra en todo el cuerpo. Pero no es ella; quizás sea un amigo inoportuno. Pero claro, está dicho…el amor llega cuando uno menos lo espera, entonces en medio de la tonta conversación telefónica, Arthur, nuestro Arthur, gira la cabeza y la ve entrar, yo la veo entrar…y dejo el bolígrafo sobre el cuaderno: mide un metro cincuenta, pesa unos cien kilos, carece de cuello y de cintura, va pintada con todos los colores de Kodak, y a todo su volumen lo prensa un vestido rosa de tela parecida al teflón. Revolea una cartera pequeña de piel de tigre. Cuando se ríe llora la salud dental de Gales en su conjunto. Su fealdad es tan fea que se parece a la maldad.
Arthur sonríe, le recrimina juguetón la tardanza y cual George Clooney con su Martini Bianco a punto, descorcha el vino rosado y llena las copas.
Dejo de escribir lo que apenes intenté. Cierro el cuaderno con una especie de fracaso que supera mi voluntad. Me da ganas de pegar un golpe seco en la mesa. Es como esos programas asombrosos en los que un indio o un chino besa una rata o una víbora, y la conclusión del conductor es: Cuántas formas tiene el amor…¿verdad amigos?

La Argentina falseada de Vargas Llosa

Permalink 07.04.08 @ 12:06:16. Archivado en Yo era argentino...

Mario Vargas Llosa llega a Rosario, Argentina, y lo recibe una turba enardecida que apedrea el autobús que lo transporta, rompiéndole los parabrisas. Esto lo lleva al escritor peruano a publicar en El País del domingo 6 de abril un artículo titulado “Borges y los piqueteros”, en donde sin temblarle la mano, expulsa que alguien escribirá la historia del porqué el país que después de ser el mejor educado de la América latina, “una ficción borgeana..(la lleva) a dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros”
A la gente de la estirpe de Vargas Llosa le encanta Sarmiento, entonces concluye: “(Los piqueteros) son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie”. Otra vez: civilización y barbarie.
Sin perder el hilo de la polarización estupenda, José Pablo Feinman en Página 12, contestando a un artículo de Beatriz Sarlo publicado en La Nación a propósito del último cacerolazo contra el gobierno de Cristina Férnandez, pone sobre la mesa esa dicotomía marchita, casi risueña: gorilas vs cabecitas negras, rubios contra negros, peronistas contra todos. Casi textual
Parece mentira pero sí, la fuerza de las categorías clásicas hacen espacio en la prensa y en nuestros pensadores y analistas. Parece que nadie sabe ya cómo encarar el caso argentino. Acaso haya que recurrir de nuevo a Perón, a Evita, a Sarmiento.
Lo cierto es que mientras los que deberían desmenuzar y echar luz sobre lo que de verdad pasa en el país, los que desde los medios de comunicación deberían desandar caminos preguntándose el porqué y el porqué para encontrar alternativas, siguen reproduciendo la vana lucha que llevó a la tierra de todas las posibilidades, a ser lo que hoy es: fragmentada, deslucida, de guerrilla barrial por un pedazo de la torta o, mejor, de la vaca.
La presidenta seguirá apaleando a los ricos del campo con sus medidas (aunque con ello caigan los medianos y pequeños productores), los periodistas y liberales de boquilla, seguirán atrasando en su análisis unos cincuenta años, y los chicos que nacen y crecen en la bendita Argentina (los hambrientos, los ricos, los de clase media, todos por igual) seguirán siendo educados (desde los medios, desde el balcón de la Casa Rosada, etc.) en la teoría del buen argentino: bárbaro o civilizado, peronista o antiperonista, blanco o negro.

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