A Hernán Moix

Fui tantas veces vencido
que si gano me da miedo
(Letrero en un camión.
Citado por A. Bioy Casares en el libro “De jardines ajenos” )
Lo primero que recuerdo es la cara de Hernán Moix ante el bochorno de esa tarde. Tendría unos diez años pero ya se lo podía llamar un verdadero gentleman. Ël, o su elegancia propia de un hombre mayor, avezado y casi sabio hizo que el suceso que relato guardara la dignidad que parecía imposible ante lo ocurrido.
Era una tarde de primavera en la que ya funcionaba la flamante escuela de fútbol por la que todos pujábamos por ingresar como fieles a la religión verdadera del balón. El establecimiento que había sido una pequeña huerta se había convertido en una fresca cancha de fútbol once, que repartíamos convenientemente en canchas de siete. Mi madre había hablado con Hugo, el querido director y ex futbolista de Estudiantes de la Plata, y me había inscripto. Recuerdo que Hugo me bautizó por error en ese primer día Luis y fui Luisito para siempre en ese pequeño mundo del fútbol.
La escuela de fútbol funcionaba los martes y los jueves, del otro lado de la vía, lo cual hacía más aventurera y adulta la llegada de la barra de los privilegiados chicos que llegábamos desde nuestro humilde barrio, ingresada previamente nuestro pago mensual a la institución.
Entre los que no podían pagar la mensualidad estaba la familia de Panterita, pequeño gran futbolista, hermano de Pantera (delgado, con pinta de Elvis venido a menos y propenso a la bebida y a los trabajos nocturnos). Panterita era uno de los que se quedaba en la puerta de su casa esos martes y esos jueves, para vernos pasar en peregrinaje a los jugadores del mañana: Hernán Moix, Diego Teixido, yo mismo. Se sacaba los rulos sucios de la cara y mascaba un chicle con tristeza, con desazón o con impotencia. Panterita era pobre y odiaba serlo solo porque intuía que quedaría fuera del panteón de esas promesas a cracks.
Pero un día su hermano Pantera, que no adolecía del cariño familiar ganado a fuerza de entreverarse en cierta mitologías de mafias barriales, sabiendo que Panterita moría por un espacio en la escuela de fútbol le puso unos billetes en las manos y le pegó una patada en el culo que quería decir: andá, jugá como sabés.
Vimos como Panterita se nos unió a nosotros ese martes, como cruzó las vías con nosotros y su paso seguro y nervioso a la cancha que todavía dejaba ver alguna que otra planta de maíz que resistía la idea de que aquello ya no era una huerta. Panterita entraba a su sueño que un rato después ya era una partido de siete contra siete en el que él ocupó un arco, con unos guantes que le quedaban un poco grandes pero que él blandía con la felicidad de los payasos nuevos. Los amigos anteriores veíamos con alegría la llegada del amigo pobre que se desempeñaba en la cancha con más furia que eficacia, con salidas un poco arriesgadas y con unos rulos eléctricos que parecían que en cualquier momento saldrían disparados hacia los atacantes contrarios. El partido estaba por concluir, Hugo veía con buena cara la inclusión de Panterita y la tarde entera de primavera y goles nos veía ganadores a todos. Pero la pelota de fútbol que siempre busca darle problemas a los arqueros del mundo entero, cae en manos del diez rival y le pica justo antes de que una bolea de las que hacen historia vayan hacia el ángulo derecho de la valla defendida por nuestro pequeño héroe. Esa foto de El Gráfico hubiera sido portada, porque Panterita que ya a esa altura del partido estaba consagrado como promesa, se estira en el aire, se estira un poco más, vuela y vuela y vuela y con sus manitos sobreactuadas de guantes gigantes llega al esférico y en ese mismo instante se desgracia. Sí, se caga enteramente.
Cuando cae el suelo con la pelota, la cara del diminuto arquero lo dice todo. Los colores humanos ya no existen, es una pálida figura, una cenicienta estampa del fútbol argentino. Panterita retiene el balón durante unos segundos aciagos en el que su pantaloncito se deforma, por llamarlo de algún modo. Todos los jugadores asistimos inmóviles y mudos a la metamorfosis del desgraciado.
Acto seguido Panterita coloca el balón sobre su área chica como quien deja una delicada copa en la mesa, se da vuelta con lentitud esquizofrénica y emprende la más difícil de las retiradas que un hombre, un niño, puede hacer: la retirada del que se avergüenza de sí mismo.
Hugo dice algo que no se comprende, alguien le pide que regrese, otro indiferente aprovecha para salir del campo a beber agua. Hernán Moix desde su serena y castaña rectitud manda a callar a todos y se va trotando detrás del arquero que se va perdiendo rumbo a las vías y que ya no volverá la mirada.
Nunca más regresó a la escuela de fútbol, ni jamás volvimos a verlo entreverado en los picaditos del barrio. Un tiempo después supimos que trabajaba en una frutería pero si alguno de los futbolistas llegábamos a comprar enviado por nuestras madres, él intentaba esconderse tras de unos cajones de manzanas o buscaba cualquier otra actividad por la cual no tuviera que cruzarnos. Se dijo que lloró junto a su madre pidiendo una mudanza inmediata y también se lo vinculó como mandadero de ciertos trabajitos de su hermano Pantera. Nadie puede asegurar haberlo visto después de aquella tarde.
Muchos años más tarde me encontré de manera fortuita con Hernán Moix. Estaba más flaco, pero no perdía elegancia y bondad. Después de un rato de conversar sobre ciertos recuerdos no pude más y le pregunté sobre lo que habían hablado con Panterita en ese tan recordado éxodo de las canchas. Hernán me miró, se terminó de beber aquel café que tenía entre las manos y me confesó con sobriedad: no recuerdo bien de qué hablamos, solo me viene a la memoria que a las pocas calles se le empezaron a arremolinar unos perros que lo olían y hasta llegaron a morderlo.
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señor Roz, este relato me conmovio, porque me puse en el lugar de panterita y yo hubiera querido que me tragara la tierra. Que lindo que escribe,lo veo, lo siento, lo vivo. gracias por ser como es.!
Sr. Roz, su relato merece un 10 felicitado. Que bueno compartir con usted un pasado de barrio, anedotas de baldio y el vivir con lo puesto! La historia de Panterita me hizo venir a la mente una charla sobre las bondades del capitalismo y todas aquellas luces que quedan en el camino sin llegar a encenderse del todo. Dependemos de la suerte, de la alineacion de los planetas o de nosotros mismos y nuestra propia fuerza interior? Me alegra compartir esto con usted que esta tan lejos... o tan cerca.
Me llegó de la mano electrónica de Ángel de Barrio. Confirmas, Guillermo, que sabes tu oficio de excelencia. Precioso trabajo. Un saludo.
Bien por los cuentos. Es más difícil sin duda enfrentar los éxitos a los fracasos. La maldita cultura Judea cristiana nos enseña de chiquitos que llegamos al mundo pa sufrir y pagar culpas de otros. Porque será que nos cuesta más zambullirnos en los sueños hechos realidad a las frustraciones con las que nos regodeamos con morboso placer. Bichos raros los argentinos.
Al leer esta anécdota, al estilo Fontanarrosa, lo cual pasa a ser un cuento costumbrista bien tipico argentino, no me queda mas que decir que,: "Unos nacen con estrellas, y otros nacen estrellados".
El estudio, el cocimiento, la capacitación,..... como expresa otro comentario, eso es lo unico que puede igualar a las personas, el estudio nos hará verdaderamente libres. Que bárbaro, desde donde arrancamos y donde llegamos despues de este simple relato. Adelante, exitos y Salu2. LR
Que tiempos aquellos,hermosos recuerdos de la niñez.Muy buen relato.
Tal cual lo hubiese hecho un recien desaparecido escritor argentino, Fontanarrosa.Queridisimo por cierto.
felicitacion para usted GUILLEMO ROZ.
Estimado amigo muy bueno su relato..doloroso pero evidentemente real....y conectado con lo citado por Bioy Casares..."Fuí tantas veces vencido que si gano me da miedo"...Me parece que intenta Ud hablar de "los condenados de la tierra", tenemos la esperanza que la cultura nos una y salve las diferencias para que ésta gente no quede sumergida, tal como acontece hoy en día en "finisterre",cul de monde, verdad?Su artículo me parece aleccionador para que ello no acontezca..
Felicitaciones y Salu2
Domingo, 19 de febrero
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