Somos Komunidad

La pura libertad

01.02.17 | 09:25. Archivado en Autor

La activista, periodista y escritora Dorothy Day escribe en las páginas iniciales de su autobiografía La larga soledad estas compungidas palabras: “El persistente esfuerzo de escribir, de empuñar la pluma durante tantas horas al día, cuando alrededor hay tantos seres humanos que me necesitan, cuando abundan la enfermedad, el hambre y el dolor, es una tarea terriblemente ardua. Tengo la sensación de que no he hecho nada bien. Pero he hecho lo que podía”.
La primera vez que leí este fragmento, tenía reciente el visionado de la película La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) con aquella emotiva escena en que el protagonista, llorando y cayendo abatido por el dolor, pensaba que aún podía haber salvado a más judíos, es decir, que, en cierto modo, había fallado, si no de cara a los demás, sí de cara a sí mismo. No recuerdo bien el desarrollo, pero vagamente hago memoria de que su abrigo o su insignia podrían haber arrastrado a otros a la vida (y, sin embargo, seguía llevándolos puestos).
Está bien que nos consideremos personas que nunca dan lo suficiente. Tal cosa nos mantiene en una tensión positiva, en afanes de superación, en un dinamismo que es necesario para cualquier metanoia. Fatuos y henchidos de jactancia resultaríamos si, en cada acto nuestro, cacareásemos su comisión aderezada con el orgullo de haber sido nosotros, y nadie más que nosotros, los realizadores del mismo.
Ahora bien, saber que nunca vamos a darlo todo, y ni siquiera una parte mínima, también puede tener sus problemas. Los principales no serían la impasibilidad o la inacción, sino todo lo contrario: convencernos de que por medio de cualquier estupidez estamos poniéndonos a la vanguardia de alguna lucha de moda. Por cualquier estupidez, entiendo un tuit solidario, un meme en Facebook también solidario, o no importa qué desvivir solidario cuya puesta en práctica no solo queda a miles de kilómetros, sino sobre la que no tenemos ninguna capacidad de influir.
El pez grande esconde el pez pequeño que ha devorado y lleva en su interior, y por desgracia también a los kristianos aún nos pone lo grande, lo gordo, lo importante, lo aceptable –las más de las veces por aquellos que no nos aceptan–. Y es verdad, si comparamos lo que al cabo del día hacemos, nos sobrecoge la impotencia, la rabia y el desespero que prendía a Dorothy Day en sus noches de Chicago o Nueva York: ¿a quién he salvado?, ¿a quién he alimentado?, ¿quién cree hoy gracias a mí? Formulemos estas preguntas en alto, y nos veremos arrojados a un cuarto de un barrio gris, inútiles, deformes para la gran obra que habríamos de ejecutar sin descanso.
Queremos acoger refugiados, derribar muros, acabar con la política de una vez por todas, dar de comer a los hambrientos, vestir a los desnudos, acariciar a quien ya no sabe o nunca supo lo que es una caricia, abrazar a nuestros hermanos con las manos y los brazos del Amor que fluye a través de nosotros, bañarnos en una playa y fundirnos con el agua que Dios bendijo, y entonar cánticos de día y en la noche…, pero somos torpes, y débiles, y tropezamos paso sí paso también, y tan pocas cosas podemos poner en la balanza que el fiel siempre se halla a nuestro desfavor.
Con todo, continuamos intentando que nuestros pasos sigan Su senda: el camino de Yeshúa; no en vano somos komunidad –Su komunidad– y no hacemos acepción de ninguna persona. Y si el sendero es el correcto, la libertad no es una palabra huera, sino un sentimiento que cada vez poseemos más hondo. Si somos libres, somos libres, no ligados a nadie ni a nada, liberados de cualquier atadura salvo de Su palabra, de Su cuerpo, como un amante que anhela en cada instante los labios de la persona que ama. En esta entrega, está la entrega: “haber hecho lo que podía”. No es poco, aunque nunca será bastante.


Miércoles, 18 de octubre

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