La señora y su parlamento
15.09.09 @ 19:00:14. Archivado en Política, Periodismo

Se asientan los ánimos bajo el incipiente fresco de septiembre.
Expectantes, los serviles aguardan, ilusionados, gozosos, preocupados. De pronto, los disparos de las cámaras resquebrajan el tenso murmurar de los pasillos. Viene. Ella.
Y así, aparece, sonriente, radiante, jovial. Acompañada por su consejera de educación. No en vano va a presentar -nada hay casual en política- las tablas de la ley que doten a los profesores de una gruesa arma moral: más disciplina y más autoridad.
Es la reina, la aristócrata de toques liberales, gobernadora del centro peninsular. Ella puede. Y como tal actúa, concediendo gracias, mercedes y privilegios a sus vasallos, funcionarios y consejeros.
Los redactores y locutores esperan el corte fugaz, la declaración rotunda, la relampagueante sentencia que convierta en estrella flamante su titular pensado. A las doce, mediodía.
Los sillones comienzan a ocuparse, y los serviles aplauden a su señora. Se pliegan con la sonrisa cómplice del que sabe que todo puede perderse de un plumazo, con la soberana autoridad de su dedo supremo y victoriano. Asciende a la tribuna e inicia el discurso. La crisis económica, las cifras del paro, la preocupación por el medio ambiente, orden en las aulas.
Inexorable, la hora del almuerzo se acerca. La dama de azul rinde su tributo al tiempo. Punto y final. Llegan pronto los aplausos de los serviles, muchos y domésticos, y las críticas de los adversarios, menos, pero agrestes y punzantes.
Mañana, más. Más, señora, soberana y emperatriz de la Carpetania, Doña Esperanza Aguirre y Gil de Biedma.
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Ciriaco de Málaga
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