El día en que maté a un mejillón
29.05.09 @ 23:57:17. Archivado en Naturaleza, Recuerdos del autor
Era temprano. Corría el relente de la mañana. Mis sudores iban en aumento. ¡Ring, ring, ring! Maldito despertador. Hay que ir a clase. En fin, me visto, desayuno y para allá. Saludo a mi madre. Al suplicio. Hazme un favor, ¿puedes comprarme unas cosas? Las necesito urgentemente. Llévamelas al instituto. Que sí, que me hacen mucha falta... Jo, ¡qué mal, siempre dejándolo todo para última hora!
En coche, como de costumbre, me llevó mi madre. Palpitante ante la hora decisiva. ¡Clase práctica de biología! Unas horas previas: Lengua, recreo, Geografía e Historia.
Y le llega la hora a Mariano, el profesor alto de cinturón caído, de mirada sarcástica y de cerúleos labios, finos como culebrillas huidizas. ¡Qué espanto de hombre! Nos colocó en los asientos. Mirada silenciosa, rostro circunspecto. Firmes ante el pupitre.
En las estanterías, legión de probetas, vasijas, termómetros y recipientes variados. Junto a la pizarra, el esqueleto nos sonríe su sonrisa sarcástica.
-¡Sacad los mejillones y los cangrejos! A continuación, procederemos a diseccionarlos.
-¡Santo cielo! -pensé para mis adentros- ¡y estos bichos míos están vivos!
Miré de reojo a mis compañeros. A mi lado, Inma, muchacha de ojos azules, adusta en el gesto y ganadora de 100 millones de las antiguas pesetas en un concurso presentado por Ramón García, tenía el cangrejo y el mejillón sobre su mesa. Me miraba como diciendo: "¿qué te pasa?". Una fila más allá estaba Alberto, de cabellos rubios y rizados. Me miraba sonriendo, mostrándome una boca de dientes separados. ¡Qué torturadores! Él también tenía sus animales muertos... ¡¡Y los míos estaban vivos y coleando!!
El profesor nos había indicado el modo de matar el cangrejo: metiéndolo en un frasco con un algodón embadurnado en alcohol. En cuestión de segundos, el crustáceo pasaría a mejor vida. Pero claro, yo no había tenido tiempo de nada. El cangrejo de río estaba frente a mí, y me miraba con esos ojillos negros, y moviendo sus antenas parecía adivinar el final que se le avecinaba. El mejillón, más tímido sin duda, no quería ni asomarse. Mantenía sus dos conchas cerradas a cal y canto.
Mariano se aproximaba. ¿Qué hago? ¿Mato al cangrejo a base de golpes?
Comentarios:
En cambio el mejillón-cebra sigue invadiendo los ríos de la Península Ibérica sin que ningún Ciriaco justiciero le dé su merecido.
Este no es el Ciriaco que yo conocía... ¿o es un acertijo?
Bueno, bueno, momentos malos los tenemos todos...
Un abrazo!
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Ciriaco de Málaga
autor
Contacto


