El don de la vida
28.03.09 @ 12:56:13. Archivado en Sociedad, En vaso largo
Siempre he sido consciente de la suerte que he tenido al nacer en una familia cristiana, en la que he aprendido el valor de la vida humana, y lo necesario que es su defensa desde el primer instante en que ésta ha comenzado. Por eso sé que sólo Dios es dueño de nuestra vida, y sólo a Él corresponde decidir cuándo empieza y cuándo termina.

Por desgracia, con frecuencia el ser humano se atribuye injustamente el decidir cuándo ha comenzado la vida y cuándo debe terminar. Como cristiana me duele profundamente todo asesinato, toda eliminación de un ser humano por alguien que se ha erigido en "dueño y señor" de esa vida. Pero no lo puedo evitar: me produce una especial repugnancia el asesinato cuando se ejerce sobre un niño, un ser humano inocente, que no tiene ninguna capacidad de defenderse por sus propios medios. Alguien a quien se puede hacer daño hasta acabar con su vida sin la menor dificultad para ello.
A los quince años vi por primera vez al Dr. Jesús Poveda: Médico psiquiatra y presidente de ProVida en Madrid. Fue en una conferencia que daba en un Colegio. Hablaba del aborto, nos enseñó imágenes, habló de la vida y de la muerte... cosas que yo ya sabía y en las que creía profundamente pero que, hasta ese momento veía como ajenas a mí, como cosas que por desgracia ocurrían y que yo no podía evitar. Sin embargo, de allí salí convencida de que los cristianos no podíamos permanecer impasibles ante un crimen como ese. Que lo que cada uno de nosotros pueda hacer, por poco e insignificante que parezca, hay que hacerlo.
Entré entonces en ProVida, donde se daba asistencia gratuita, (médica, psicológica, de acogida...) a mujeres que necesitaban ayuda ante un embarazo. Desde entonces, cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, acudía (y sigo acudiendo) con el Dr. Poveda y un grupo de jóvenes, que cada año iba siendo más numeroso, a la puerta de una clínica abortista. Con alegría, con ilusión... y con la esperanza de que al menos una vida pudiera salvarse.
Veía cómo se acercaban a ese centro mujeres. En ocasiones me impresionaba ver que eran chicas de 15, 16 años... jóvenes de mi edad. Mujeres que habían quedado embarazadas y habían decidido "solucionar" el problema de la manera más "fácil": eliminando a su propio hijo, a esa personita indefensa que llevaban dentro. En la puerta del centro abortista, Poveda se acercaba a ellas, y con una sonrisa, con cariño, y con una tremenda caridad cristiana, les hablaba de su hijo, de soluciones... pero de soluciones de verdad, no esas falsas soluciones que le ofrecerían dentro de ese centro abortista. Les intentaba hacer ver que tenían el deber de darle a ese niño la oportunidad de salir al mundo.
Y recuerdo la alegría en todos los que allí estábamos cuando uno de esos niños era salvado, "rescatado" de las garras del aborto. Esa vida que se puede salvar es algo grandioso. Me di cuenta de que no hace falta mucho para luchar contra este crimen. Sólo hace falta tener a Dios con nosotros. Vi que eso mismo que se ha conseguido tantas veces en la misma puerta del abortorio, todos y cada uno de nosotros podemos y debemos hacerlo en nuestras vidas. En ocasiones esa mujer, esa joven embarazada, puede estar muy cerca de nosotros. En nuestra vida, en nuestra facultad, en nuestra familia, en nuestro círculo más cercano... y una palabra de aliento y de fuerza, de cariño... una oración... puede salvar una vida.
Hasta mañana a las 12,
Comentarios:
Me tiene confudido.
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Ciriaco de Málaga
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