Velasquito y las tablas de multiplicar
24.02.09 @ 11:17:51. Archivado en Sociedad, En vaso largo

Fue compañera mía en el colegio. Se llamaba Alicia Velasco. Era la típica niña empolloncilla. O más que eso... pelota como pocas personas podrían llegar a ser. Era pequeñita, poquita cosa, más bien feucha.
Se sentaba en las primeras filas. Tras las clases comentaba a las profesoras lo enriquecedora que había sido la lección. Reía todos y cada uno de los chistes malos y gracias sin gracia que las profesoras soltaban, como si fueran lo mejor que había oído en su vida.
En mi colegio solían llamar a cada niña por su apellido. Yo era Martínez. Como otras eran López, Albacete, o de la Torre. Pero con ella tenían un grado mayor de cercanía: Ella no era Velasco, sino Velasquito. Pero además un Velasquito pronunciado con la sonrisa y el tono de quien se dirige a alguien que no es como los demás, como esas otras pobrecitas niñas que, qué le vamos a hacer, no llegaban a su altura. He conocido gente insoportable en esta vida, pero pocos han llegado al extremo de “insoportabilidad” que emanaba la Velasquito.
3º de EGB, a primera hora de la mañana. Clase de Matemáticas. La Madre Lucía ese día había decidido comenzar la clase dando un repaso a las tablas de multiplicar. Al azar iba eligiendo a sus víctimas: "Zabala, la tabla del tres". Y Zabala comenzaba a cantar: "Tres por uno, tres. Tres por dos, seis...", así hasta el "tres por diez". -"Perfecto. Gutiérrez, la del nueve"... Desde mi pupitre yo sólo pensaba en una cosa: "Por favor, que no me toque la del siete, cualquiera menos el siete..." Podía recitar de carrerilla cualquiera de las tablas, cualquiera... excepto esa. No sé por qué, la del siete no me acababa de entrar.
Cuando más intenso era ese pensamiento en mi cabeza, antes de que pudiera darme cuenta tenía el dedo apuntador de la maestra a escasos cinco centímetros de mi nariz: "Martínez, la del siete". Sabiendo ya de antemano lo que ocurriría, cogí aire, y comencé a soltar: "Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres.... mmm.. veintiuno. Siete por cuatro... siete por cuatroooo..." Intentaba pensar con rapidez mientras hacía cuentas con mis dedos por debajo de la mesa. Pero no dio tiempo. Antes de que pudiera llegar al séptimo dedo, la maestra interrumpió enfadada mi letanía:
- Martínez, ¡aún no se sabe usted las tablas de multiplicar!".
- Sí, Madre", contesté. Todas menos la del siete".
- ¡Vaya! ¡Qué casualidad! ¡Justo la que le he preguntado!... ¡¿Alguien se lo cree?!"
Todas las niñas a coro reían la gracia porque, "evidentemente", (nótese el sarcasmo), aquello tenía mucha gracia. Especial interés en reír ponía "Velasquito". Noté su mirada y su risa sobre mí, mostrando mayor aire de superioridad que nunca. Sintiéndome ya derrotada no me quedaba más remedio que aguantar el chaparrón.
- "Martínez, va a sacar usted un folio en blanco, y va a escribir en él todas las tablas de multiplicar. ¡Desde el 1 hasta el 10!"
Resignada y con pocas armas ya a mi alcance con que defenderme, saqué folio y lápiz. Y mientras la clase continuaba, comencé a escribir:
1 x 1 = 1;
1 x 2 = 2;
1 x 3 = 3;
...
No había llegado al "1 x 4" cuando, mientras otra niña ya estaba cantando la tabla del cuatro, la Madre Lucía pasó por mi lado, echando un reojo a mi escrito. Sin entender por qué, me miró paralizada, arrebató de mi pupitre la tarea y, visiblemente alterada, como si la hubiera molestado en algo, gritó:
- "¿Pero qué está usted haciendo?"
- "Pues yo, Madre, lo que me ha pedido"
- "¡Yo no le he pedido que escriba la tabla del uno! ¿Cómo le voy a pedir semejante estupidez? ¡Era evidente que la del uno se la podía saltar!"
Extremando ya en este punto mi paciencia, que a mis 8 años ya tenía sus límites, contesté con serenidad:
- "Mire madre, usted me ha dicho "del 1 al 10". Estoy segura de eso. Y por tanto he empezado con la del 1, y pensaba terminar con la del 10".
Las demás niñas miraban expectantes a la maestra. La Madre Lucía entonces, blandiendo en alto mi folio, con las únicas tres líneas que llevaba escritas, exclamó ante el auditorio: "Miren esto, Martínez está escribiendo la tabla del uno. La vamos a llevar de nuevo a parvulario...". Sonora y generalizada fue la carcajada en clase.
Si lo anterior había sido gracioso, esto debía ser sumamente desternillante. Y yo, palabra que no entendía nada. Recuerdo ese momento en el que no pude evitar pensar que estaba rodeada de retrasadas. Entonces vi a Velasquito, que mientras se carcajeaba y se secaba una falsa lágrima, falsamente provocada por esa igualmente falsa risa, me miró y, sacudiendo la cabeza de un lado a otro como quien tiene que aguantar mucho, me espetó: "Es que, de verdad, mira que escribir la del uno..."
Aquello colmó mi paciencia, y tuve que sujetarme la mano porque, de no ser porque estaba delante la Madre Lucía, estoy segura de que le habría soltado la mayor torta jamás dada. Palabra que a punto estuve.
Hasta la próxima,
Comentarios:
como las pitagorikas -.-¡¡¡
y agnlas como la del 15 porfa
las nesesitoooooooo ponganla me boy a empesar aver todo los dias aver si esta ia chaooo
P.D. ¿Murió Velasquito? Funeral. Salvas de ordenanza. Banderas a media asta. Crespones negros. Pañuelos blancos y dos orejas.
Cosas que pasan.
¡Saludos, camarada!
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Ciriaco de Málaga
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