Flor solitaria
13.12.08 @ 18:31:29. Archivado en Sociedad, Recuerdos del autor

Atardecía cuando la enfermera condujo a Jacinto junto al gran ventanal. Las cortinas traslucían los restos, ya moribundos, de un día verdaderamente espléndido.
Yo estaba a unos veinte metros de distancia, sentado en un sofá confortable, negro como el azabache, mullido como piel de cordero. Junto a la silla de ruedas, una planta gigante otorgaba al escenario un aire muy especial, casi sublime, entre bello y melancólico.
Jacinto llevaba puestas las gafas y un jersey, algo pasado ya, de color verde oscuro. Había tenido oportunidad de hablar con él en un par de ocasiones. Fue secretario del notario de su pueblo, cuando el hambre se extendía por toda España. Soltero empedernido, llevaba más de cuatro años en la residencia, desde que sus sobrinos decidieron montar un negocio en Barcelona.
El bueno de Jacinto cumplía hoy noventa y seis años de edad. No había recibido ninguna llamada de felicitación. Nadie le había ido a visitar. Casi todos sus seres queridos yacían bajo tierra. Su arrugada y marchita piel hablaba, por sí sola, de una vida difícil, alojada siempre dentro de la sencillez de lo cotidiano.
En el diáfano salón, pintado de color amarillo claro, el televisor marcaba, sobre una repisa, el compás del tiempo. Sin embargo, nadie escuchaba el programa de variedades. A nadie parecían importarle ese tipo de ligeras menudencias. Los ancianos gemían en sus asientos, rumiando recuerdos y haciendo trenzas del pasado. Las enfermeras iban y venían, con vasos de zumo, platos de puré y cajas repletas de medicinas.
Jacinto permanecía inmóvil, junto a la ventana. Pasó cerca una bandada de palomas. Pero sus ojos diminutos apenas se movieron. La mirada perdida y la respiración lenta: un espectáculo sobrecogedor.
Así permanecimos más de media hora. Mirándole, y él dejándose mirar por mí. El tiempo esculpía esa obra de arte, y yo sentía la enorme angustia de una soledad asfixiante. Una sombra penetró en mi alma y sentí un profundo estremecimiento. Me incorporé levemente y presté más atención. Jacinto comenzó a toser, con gentil parsimonia, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo de su pantalón.
El reloj marcaba las ocho y media de la tarde cuando Ana, jefa de las cuidadoras, se acercó a buscar al anciano. Arrastró la silla de ruedas e hizo un giro para llevárselo al comedor. Era hora de cenar. Pasaron por mi lado. Ana comenzó a silbar y Jacinto levantó la vista, mirándome durante un par de segundos, lánguidamente, calladamente, tímidamente, mientras una solitaria lágrima se escurría por su mejilla.
Cuando salí de aquel lugar, comencé a sentir marchitarse la flor de mi esperanza.
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¡¡Hala Madrid!!
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Ciriaco de Málaga
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