El regreso
22.11.08 @ 23:27:47. Archivado en Sobre el autor, Literatura

El viento era suave y los vencejos surcaban el horizonte. Apenas rayando el alba, un sol naciente mostraba su oronda faz en tibias y dulcísimas tonalidades naranjas.
Calcé mis viejas sandalias y despedí, con lágrimas en los ojos, a mis nuevos amigos que se habían congregado en el puerto de Liteo para decirme adiós.
Apenas una hora después de haber iniciado el solitario periplo, contemplé las Islas Folucas, con sus escarpados e inhóspitos galachos donde habitan los gigantes de tres ojos. Escuché sus espantosos rugidos, pero ni me tembló el pulso ni desvié un ápice la marcha hacia mi anhelado destino. En apenas veinte minutos me había alejado por completo de tan desapacible paisaje.
El sol se aproximaba a su cénit y aprecié deseos por almorzar. Desembaracé el nudo que ataba mi saquete y comencé a comer un pedazo de pan y cuatro boquerones en vinagre. El agua fresca de mi cantimplora disolvió las migas aprisionadas en mi garganta que, por un momento, me hicieron temer por mi vida.
Dieciocho días navegando en absoluta soledad, superando tormentas y embebido en mis más profundos pensamientos, donde vieron la luz mis mejores obras literarias. Atisbé las nevadas montañas de Critón, la incomparable península de Bulán, con sus habitantes de piel negra y ojos rosados, o el bellísimo archipiélago de las Islas Perfalias, donde residen los crucanes, curiosísimos pájaros de canto delicioso.
Amigo lector: debo admitir que la madre naturaleza cuidó de mí en tan prolongado viaje. De modo que, a cada jornada, antes de dormir sobre las recias tablas de mi lecho espartano, agradecía con intensas plegarias sus infinitas bondades.
Al fin divisé un territorio familiar y entrañable: las faldas del monte Gibralfaro. Tras largo tiempo de exilio en lejanas tierras, alejado de mi familia y mis amigos, volvía al hogar. Por fin estaba en mi tierra. Atraqué mi barco en la playa y, con intensa emoción, me zambullí en las cristalinas aguas que lamen las costas de mi querida ciudad. Me descalcé y corrí, con desbordante alegría, dando saltos y enormes zancadas, por la finísima arena.
Había regresado a casa.
Comentarios:
Oh, Ciriaco nuestro Señor. Grandes son tus palabras, eternas son las frases de tu teclado.
¡Qué gran comunista es usted!
De cualquier forma, bienvenido a casa!!
Bisoños y Bacos, ovacionar a Ciriaco.
Edujotas y Banderas, solemnizar a Ciriaco.
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Ciriaco de Málaga
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