Las bulas de América y España (2/2)
15.09.08 @ 14:29:35. Archivado en Política, Historia, Religión

Las necesidades mercantiles de la Europa del Renacimiento fueron la causa principal que movió al marino genovés Cristóbal Colón (1451-1506) a presentar su proyecto a los distintos monarcas del viejo continente.
Las rutas comerciales de Oriente se hallaban obstaculizadas por los intermediarios musulmanes, que encarecían bastante el precio de los productos (seda, oro, perfumes, especias), y que animaría la búsqueda de caminos occidentales para conectar con India y China.
A todo ello, se unían las ideas fantásticas y providencialistas que surgieron antes de la llegada a América, y que se vieron mayormente reforzadas tras el éxito colombino. Las imágenes de ensoñación hacían pensar a muchos en que los tiempos dorados de la Antigüedad clásica y del Paraíso bíblico se hallaban al alcance de la mano, en las lejanas orillas del Atlántico.
La exagerada propaganda que de su hallazgo haría Colón (tierras feraces, dulce clima, mansos indígenas,…) es un ejemplo de la mentalidad de la época, deseosa de aumentar las riquezas personales y de medrar en la sociedad.
Pese a los innegables intereses económicos que subyacían en la exploración, reparto y conquista de América, no puede negarse la motivación religiosa, mezclada con el humanismo que se venía difundiendo en el viejo mundo desde hacía mucho tiempo. La simplicidad, inocencia y pureza que para los europeos tenían los habitantes de los nuevos territorios fueron acicate suficiente para que la Iglesia, las órdenes religiosas, vieran con especial interés la evangelización del Nuevo Mundo.
La intercesión de los monjes franciscanos de la Rábida hizo que los Reyes Católicos atendieran, por primera vez, a Cristóbal Colón en Alcalá de Henares (1486). Sin embargo, habría que esperar a la conquista de Granada para que los deseos de Colón se vieran cumplidos. El apoyo de los Reyes y el capital prestado por Luis de Santángel y el genovés Pineto hicieron zarpar las tres célebres naves: la Niña y la Pinta, carabelas, y la Santa María, nao, en agosto de 1492.
La primera expedición estaba formada por el propio Almirante Colón, los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, Juan Niño y el vasco Juan de la Cosa. La mayoría de la tripulación era andaluza (algunos vascos y gallegos), y fue verdaderamente difícil su reclutamiento por lo arriesgado del viaje.
El 12 de octubre desembarcan en la isla que Colón llamará San Salvador (Guanahaní para los nativos):
Sacó el Almirante la vandera real y los capitanes con dos vanderas de la Cruz Verde, que llevava el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y, ençima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro… y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, possession de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores.
Desde allí pasaron a descubrir otras islas: Santa María de la Concepción, Fernandina e Isabela, después las Grandes Antillas Cuba, a la que llamó Juana en honor del Príncipe heredero, y Santo Domingo, a la que llamó Española. Un desgraciado accidente obligó a Colón a emprender, antes de lo previsto, el viaje de regreso a la Península.
El 25 de diciembre, al norte de la actual Haití, encalló la Santa María, hecho que les obligó a construir allí un fuerte de madera, llamado de Navidad, y dejar parte de la tripulación, para iniciar el camino de regreso el 16 de enero de 1493.
Calurosamente recibido por los Reyes Católicos en Barcelona, Colón les hizo entrega de diversos presentes, llevó consigo a seis indios y recibió el encargo de volver a las Indias para seguir explorándolas. Contaría con un enorme despliegue de medios, lo que indica un marcado interés colonizador. Se preparan mil quinientos hombres y diecisiete barcos cargados con provisiones, tanto para mantenerse, como para fundar establecimientos permanentes.
Entre los viajeros figuran el hermano del Almirante, Diego Colón, Ponce de León, fray Antonio de Marchena, Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Pedro Margarit. Los acontecimientos de este segundo periplo no nos interesan demasiado para el breve análisis de la bula Inter Caetera, y su profusa descripción sólo serviría para desviar la atención sobre el documento estudiado.
La maquinaria diplomática del rey Fernando ya se había puesto en marcha y las donaciones papales no tardarían en llegar, para hacer frente así a las pretensiones del monarca lusitano Juan II. Éste trató de hacer valer las anteriores bulas papales que le beneficiaban (Romanus Pontifex, 1455; Inter Caetera, 1456), refrendadas con posterioridad en los tratados de Alcaçobas–Toledo de 1479–1480 y confirmadas por la bula Aeterni Regis (1481).
Las bulas alejandrinas causaron en los portugueses una lógica reacción de rechazo, e iniciaron así una compleja disputa diplomática que se dio por finalizada con el Tratado de Tordesillas (1494). La tierra quedaba dividida en dos partes, delimitadas por un meridiano situado a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, de modo que Portugal ganaba 270 leguas y un pedazo de tierra en Brasil nada despreciable. Sin duda, fue un error de cálculo por parte del rey Fernando, origen de numerosas disputas hispano–portuguesas sobre las fronteras del Nuevo Mundo.
El poder de la Iglesia católica en el mundo occidental seguía siendo incontestable a finales del siglo XV. Los documentos pontificios, del que forman parte la Inter Caetera primera, lo atestiguan de una manera muy elocuente. Sin embargo, las rivalidades entre Castilla y Portugal y la necesidad de un arbitraje papal que pusiera fin a las mismas, nos confirman, del mismo modo, que la antigua unidad medieval estaba siendo superada por los modernos impulsos nacionales. Ni por supuesto, los demás estados europeos estarían dispuestos a mantenerse al margen de la gran dominación del mundo inexplorado.
Con las bulas alejandrinas y el Tratado de Tordesillas comienza una nueva etapa en las relaciones internacionales. Mientras que dos naciones (Castilla y Portugal) defenderán el modelo mare clausum, el mar cerrado, las excluidas de dicho reparto (Francia, Holanda e Inglaterra) lucharán por el mare liberum, rechazando cualquier tipo de atadura para comerciar y expandirse.
Si a finales del siglo XV, ateniéndonos ingenuamente al texto que hemos leído, el panorama mundial parecía estar dominado por la suprema autoridad del obispo de Roma, y tras él, las coronas de España y Portugal, con el cisma protestante todas las pretensiones homogeneizadoras en lo político, cultural y religioso se verían definitivamente abocadas al fracaso.
Estos documentos papales serán, en cualquier caso, el primer capítulo del apasionante período de la Historia que fue el descubrimiento, conquista y evangelización del continente americano.
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LUCENA SALMORAL, Manuel. (coord). Historia de Iberoamérica. Tomo II Historia Moderna. Madrid, Cátedra, 1992. p. 77.
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel. Historia de España. Edad Moderna I. Barcelona, Carroggio, 1979. p. 201.
ELLIOTT, John Huxtable. El Viejo Mundo y el Nuevo (1492–1650). Madrid, Alianza Editorial, 2000. pp. 44–45.
CRISTÓBAL COLÓN. Los cuatro viajes. Testamento [Edición de Consuelo Varela]. Madrid, Alianza Editorial, 2000. p. 59.
Comentarios:
Si ahora me deshiciera en elogios por estas dos exposiciones suyas, algún envidioso me insultaría llamándome adulador o algo peor.
Pero lo cierto es que ha impresionado tanto la claridad de estos dos artículos como la siempre ansiada por mí, virtud de la síntesis sin mutilaciones.
Muchas gracias por su magisterio.
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Ciriaco de Málaga
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