En las horas del dolor
21.08.08 @ 23:04:50. Archivado en Sociedad, Religión

"No temáis, porque yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28, 20).
Con parte los cadáveres de los ciento cincuenta y tres fallecidos en el accidente de Barajas aún sin identificar, a cualquier creyente le asalta una duda existencial: ¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento, aparentemente gratuito? ¿Por qué suceden desgracias tan terribles e inexplicables?
Somos humanos y sometidos a la frágil consistencia de nuestras humanas debilidades. Cuántas veces, sin ir más lejos, nos habremos rebelado contra nuestros padres por no comprender las razones de un castigo concreto. O, simplemente, el motivo por el que no nos permitían comprar un capricho a destiempo. Éramos niños, inmaduros; y, por tanto, nuestra visión de las cosas, incompleta.
Como Dios sigue siendo Padre y nosotros sus criaturas, seguimos siendo un poco como el niño que patalea cuando su madre le niega la piruleta deseada. Dios tiene sus tiempos, sus ritmos y sus razones. Para actúar, dejar de actúar, mover y dejar a los hombres que se muevan, que hagan y deshagan. Hacia Él, por Él y contra Él. Pues para eso es Dios, y para eso es Todopoderoso. Tan poderoso, que nos dio la absoluta libertad para salvarnos o para condenarnos.
Contemplo en la página de Elmundo.es una fotografía impresionante. Una mujer destrozada sostiene su rostro en una actitud de dolor incontrolado. No hay medicina que cure la muerte de un hijo. Flecha que atraviesa el corazón afligido; espada hiriente que atormenta y asfixia, día y noche, con la ausencia infinita por el ser querido que ya no está con nosotros, a nuestro lado.
Pero los cristianos tenemos el bálsamo eficaz, el único y verdadero que conforta y cura las heridas: tenemos la fe y la esperanza de una resurrección que vendrá, y de una vida eterna que nunca se acabará.
Y tenemos, por encima de todas las cosas, a María, la Virgen, la Madre del Redentor. Ella sufrió al pie de la Cruz la muerte de su Hijo. Vio cómo las entrañas purísimas del Mesías se desgarraban y de ellas brotaba, copiosa, su excelsa sangre.
Ella sintió en su alma la soledad y el sufrimiento más atroz. Pero permaneció fiel a su Dios. Porque sabía que vendría, revestido de gloria, un mañana lleno de luz y de alegría.
Ese mañana sería -¡y es!- la Resurrección. Y en ella confiamos.
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Ciriaco de Málaga
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