Los cien años de mi abuelo
31.07.08 @ 23:47:36. Archivado en Recuerdos del autor

Llevabas el nombre del santo y del guerrero, del fundador, del legendario; del gigantesco e incombustible Ignacio.
Sí, como él te llamabas. Pero no naciste en alta cuna como el de Loyola. Viniste al mundo para pastorear ovejas, no almas, y ni aprendiste a escribir ni a leer. Tú no empuñarías la pluma de los ejercicios espirituales.
Escudriñabas en las tardes y en las noches los misterios del cielo, las inexplicables y ricas pobladuras del firmamento.
O, por el contrario, analizabas, cabizbajo, las interminables y variadas raíces, tubérculos y florecillas del suelo. Pasabas los días y las noches al raso, mientras soñabas con ser piloto que volara más allá de los montes. Pero ese avión nunca bajaría a buscarte.
Te alumbraron en un pequeño pueblo de la Alcarria de Guadalajara un 31 de julio de 1908. ¡Cumplirías cien años! Eras el tercero de cuatro hermanos. Trascendental para ti y para los que vinimos después. Porque sin ti no seríamos nada. Seríamos otra cosa, otros seres pululando por este mundo. Pero no los mismos.
¿Cuándo conociste a mi abuela, y cuándo te casaste con ella? "En la puerta de la iglesia / ha florecido una rosa, / y la ha tomado mi hermano / para que sea su esposa". Mándale recuerdos y cariños de mi parte. Dile, también, que llevo su rosario muy cerca de mí. Que no recuerdo demasiado de ella, pero sí de algunos instantes entrañables, como cuando sonreía ante mis ocurrencias, como el colocarle, sobre sus dedos arrugados, un par de gusanos de seda. Ella los observaba con tranquilidad y yo reía con la risa de un niño de ocho años.
Transplantados de vuestra tierra natal a esta ciudad creciente, en ebullición, allá por los sesenta del pasado siglo. Aquí teníais a vuestros dos hijos: mi tío y mi madre. Y aquí veríais nacer a vuestros cinco nietos, entre los que me cuento el penúltimo.
Pasaron los años. Primero se fue ella, una luminosa mañana de primavera, Domingo de Resurrección, 31 de marzo de 1991. Y luego él, a las doce de la madrugada de la festividad de los Santos Niños Justo y Pastor: martes 6 de agosto de 1996.
Vuestras vidas sencillas pasarán al olvido en no demasiados años. Cuando los hijos de mi generación cubran de polvo el álbum familiar y vean, con inevitable indiferencia, vuestras caras gastadas, curtidas y quemadas, por el trabajo y el amor. Es ley de vida. Así algún día nosotros también seremos poco recordados y, por fin, olvidados. Hasta ser por segunda vez sepultados.
Pero vuestras almas no morirán nunca. Vivís en la Presencia permanente del que es rico en misericordia. Pasearéis entre los jardines cuidando de vuestros chicos, velando por cada uno de vuestros dos hijos, cinco nietos y dos bisnietas. Por eso os pido especialmente hoy, en el día de San Ignacio de Loyola, santo y fundador, lumbrera y apóstol, que recéis un poco por mí y por toda vuestra familia que sigue peregrinando en este valle de lágrimas.
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Ciriaco de Málaga
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