Dos torres viven junto al Guadalquivir
20.07.08 @ 23:46:43. Archivado en Sociedad, Religión, Tradiciones

Si pasáis por Sevilla, deteneos un momento junto al Guadalquivir. Escuchad el rumor de las aguas calmosas que se dirigen, mansas pero imparables, hacia el Atlántico. No podréis percibirlo con los oídos, pero si permanecéis atentos, vuestro espíritu inquieto escuchará la historia de dos torres de arcilla que lo dieron todo por su amo y señor: Jesucristo.
La historia de dos niñas que habían sido educadas en la fe, que habían recibido esmerada catequesis y numerosas advertencias de lo peligrosa que podía resultar la adoración a dioses paganos. Eran dos niñas muy escrupulosas. Que por su amo y señor lo dieron todo.
Rompieron los ídolos profanos de las autoridades terrenales. Quebraron, ante los hombres, todo resquicio de la vomitiva creencia pasajera y fugaz. Porque sabían que su vida no les pertenecía. Y no tenían miedo al proclamarlo. Su voz no les temblaba. Despreciaban lo errado porque sabían que sólo había una Verdad revelada. Que lo demás era falacia, engaño, oscuridad. Era obra del Mal. Y, también, porque estaban en el mundo para dar testimonio de esa Verdad.
Cristianas, alfareras, mártires. Como los tiestos y cerámicas que sus delicadas manos elaboraron, fueron quebradas, rotas y trituradas. Pero sus espíritus fueron recibidos con la palma en el Paraíso, y los serafines entonaron cánticos de alabanza. Dios las estrechó entre sus brazos y reconoció en ella virtudes de santidad. Alboreaba la Cristiandad sobre la tierra, en esta Europa relativista que hoy reniega de sus mejores glorias.
Eran cristianas. Fueron alfareras. Fueron mártires. Y también son las patronas de Sevilla y de todos los que trabajan con sus manos la arcilla de la que saldrán hermosos elementos decorativos. Tengo la dicha de pertenecer a una familia de antiquísima tradición alfarera. Y aunque la industria extinguiera, a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, esta humilde labor artesanal, cada año tres familias de mi ciudad (entre ellas la mía), nos reunimos cada tercer domingo de julio para celebrar a nuestras patronas. A dos niñas que madrugaban cada día para ir a recoger la tierra que habría de convertirse en un tiesto, un plato, un botijo,... De lo amorfo, la forma. De lo inútil, lo útil. Un poco como Dios, que hizo, de la nada, el todo.
Cristianas, alfareras, mártires. Cuando paséis por Sevilla, escuchad el rumor de los árboles y de las aguas del río Guadalquivir. Aguas que acarician la arena de la orilla, las piedras redondeadas, todas las rocas del camino. Ellas os hablarán. Porque -¡bien lo sabéis!- cuando callen los hombres, hablarán las piedras. Volveréis a sentir la pureza de dos niñas que lo dieron todo por su Amo y Señor. Por Jesús el Señor, el bien amado y eternamente adorado.
Eran cristianas. Fueron alfareras. Fueron mártires. Fueron Santa Justa y Santa Rufina. Que su testimonio jamás caiga en el olvido.
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Ciriaco de Málaga
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