Espiga de cuneta
17.07.08 @ 20:02:28. Archivado en Literatura, Naturaleza

Vivo junto a la carretera. Junto a mí, otras espigas de color violeta como yo son mecidas por el viento. Veo pasar, constantemente, por la carretera, cientos coches a toda velocidad.
Nadie advierte mi presencia, y tampoco me importa demasiado. Soy el producto de una casualidad, de una semilla traída por el viento que germinó en esta tierra seca, recia y dura.
Todas las mañanas veo amanecer. Contemplo las tonalidades del sol naciente y me complazco en ver cómo las alondras, los vencejos y las golondrinas inician sus vertiginosos vuelos en busca del desayuno.
Los millones de insectos me contagian su enloquecido nerviosismo. Siento cómo intentan seducirme a diario sírfidos, tábanos, abejas, conópidos e himenópteros. Por mi largo tallo a veces siento cosquillas. Es una mariquita que asciende tímidamente, para luego levantar el vuelo en ese breve recorrido aéreo que le habrá de conducir a otra plantita cercana en busca del preciado pulgón.
Nadie se detiene para hablar conmigo. No soy como esos geranios que adornan las terrazas de las ciudades, regados a diario, mimados hasta el extremo, cuidadosamente podados y abonados con frecuencia. Soy una simple espiga de espliego o lavanda. Ni siquiera eso lo sé. Porque nadie me lo ha dicho. Pero lo intuyo.
Huelo bien. Hace tres días -¡qué ilusión!- pasó por mi lado un niño corriendo y riendo. Tenía la cara inundada de pecas. Iba a cruzar la carretera por el paso de cebra, camino de la tienda de golosinas. Hacía un calor terrible. A un metro de mí, se agachó para atarse los cordones de las zapatillas. A levantarse, me acarició, sin que él se diera cuenta de que lo había hecho. Pasó sus dedos por la copa de mi espiga y, después, se acercó la mano a la nariz. "¡Qué bien huele!".
Y se marchó a toda prisa.
Me quedé un poco confundida: a las flores silvestres nadie nos piropea, y aquello me ruborizó más de la cuenta. Me puse más morada que de costumbre, y mis compañeras empezaron a mirarme mal, como con envidia. Ellas tampoco hablan, pero las entiendí. Fui una afortunada.
Por las noches, el cielo se vuelve negro. Cuando no hay nubes, se carga de estrellas. Son muy divertidas. Algunas parpadean, bromean. Es como si quisieran desaparecer, pero no se atreven a irse del todo. Porque son demasiado hermosas. Ellas tampoco me hablan. Pero no importa. Me hacen compañía, y yo a ellas. Son como mis hermanas mayores, que desde lo alto me protegen.
Algunas veces siento miedo y me pongo a llorar, pero ni siquiera tengo lágrimas. Ni tengo a quien pedir socorro. Algún día me haré vieja y me secaré. O quizá pase alguna señora mayor y me arranque para ambientar su salita de estar. No importa. A fin de cuentas, los sentimientos de una espiga de lavanda no interesan a casi nadie.
Pero si tú has llegado hasta aquí, y me has leído, si has imaginado cómo soy y cómo me siento cuando truena y hace frío, cuando el sol aprieta y el viento me azota con violencia, entonces habrá valido la pena contarte mi pequeña e insignificante historia.
Algún día, cuando pases por la carretera, verás a una espiguita pequeña como yo, recién nacida, rodeada de otras muchas. Te pido, te suplico, en nombre todas las espigas de espliego del mundo, que cuando la mires no pases de largo sin antes pasar tus dedos por encima. Sin apretar demasiado: ¡las espigas también sufrimos! Detente por un momento y abandona, durante un rato, tus humanas preocupaciones. Mírala. Contémplala. Disfruta de su presencia. Pero no te compadezcas de ella. ¡Ella no es peor que tú!
Entonces quizá te sientas, al menos por un segundo, espiga de cuneta. Sabrás lo que es ser una flor silvestre y abandonada en medio de un desierto. Puede que seas feliz. Pero no tengas miedo. Ese instante durará una eternidad.
Comentarios:
Yo acaricio muchas veces una espiga de lavanda, tengo una planta en casa, me la regaló un niño.
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Ciriaco de Málaga
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