El viaje gallináceo
30.06.08 @ 06:02:28. Archivado en Sociedad, Religión

"El Reino de Dios está dentro de vosotros" (Lucas 17, 21)
Decía el ampurdanés Josep Plá que el viaje en autobús es gallináceo. Y, sin duda, tenía razón. Hasta ayer no había meditado en esa simpática y ocurrente animalización.
Bueno, más que meditar, recordar, reflexionar y comprender. Cuatro verbos que no solemos conjugar en nuestra vida cotidiana. Porque, a veces, vemos las cosas y no pensamos seriamente en ellas, no nos trasladamos al sentido profundo que pueden llegar a tener.
Iba hacia Madrid, a escasos metros del suelo, absorto en mis pensamientos y contemplando el monótono paisaje de autovías, coches, vegas y secano, cuando me percaté de la presencia de unos sonidos muy familiares: las llamadas que los teléfonos de los viajeros estaban recibiendo.
Pude, sin desearlo, escuchar dos conversaciones. La primera, protagonizada por una voz joven -no más de treinta y cinco años- de varón. Con dolorosos requiebros manifestaba su pesar por mantenerse alejado, más de lo que él quisiera, de su novia. Adiviné que ella se encontraba muy alterada, pues el muchacho tuvo que insistir una y otra vez en que otras parejas estaban peor que ellos. "Mira los camioneros, que se pasan días fuera de casa, o los militares... ¿Qué pasaría si me mandaran a Kosovo o a uno de esos sitios?".
Como si se hubiera sincronizado, al instante se produjo la segunda conversación. En esta ocasión mucho más cercana a mi asiento. Una chica que no llegaba a los veinticinco años recibió a un tristísimo amigo que, con gran remordimiento, se lamentaba de su falta de coraje para afrontar una determinada situación personal. Y ella le aconsejaba no volver a dudar: "Lo que tengas que decírmelo hazlo sin miedo. Las cosas como son. No me voy a enfadar. Si no puedes venir, no pasa nada, no es culpa tuya". Advertí en la joven un tono entre sarcástico y amenazador.

Durante unos minutos pude pensar en algo tan normal como esa coyuntura concreta que estaba presenciando. En un vehículo público se expresaron, de pronto, cuatro problemas correspondientes a cuatro personas distintas. Mi primera sensación fue de profunda pena. Cuatro personas sufrían, en su burbuja individual, en su celdilla que nadie conoce, en el apartado y discreto huerto del alma, una herida sangrante de soledad.
Y es que el hombre moderno es, esencialmente, un gran solitario. Soltario en la estación de ferrocarril. Solitario en la parada de autobús. Solitario en la oficina. Solitario en el colegio. Solitario en la universidad. Solitario en el bar. Solitario en el hospital. Solitario en su casa. Solitario en sí mismo. Y, a fuerza de solitario, triste, desganado, hundido. Oscuro y desprotegido en sus propias inseguridades.
Creo que no hay dolor más grande que la soledad no deseada. Porque una grave enfermedad, aún de las más dolorosas y prolongadas, puede soportarse más o menos bien con el afecto de seres queridos. Pero muchísimo más en el profundo convencimiento de una vida futura e infinitamente venturosa.
El solitario hombre de hoy se ha olvidado de Dios. Y ha dejado de lado los grandes temas que, sin saberlo, verdaderamente le importan. El amor auténtico, la familia, la amistad, la educación, la cortesía, la generosidad. El darse a los demás a manos llenas y abrir el corazón plenamente para dejarse abrasar por el mismo amor de Dios. Que es un Dios eterno y todopoderoso. Pero es un Dios humano, preocupado por todos y cada uno de nosotros, sus hijos.
Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, explicaba, en una emocionante parábola, que Dios es como un padre que, desde lo alto de una escalera, contempla como su pequeño es incapaz de subir el primer peldaño. Al torpe niño le basta con hacer un insignificante gesto con el brazo, para que el padre, impetuoso, lo tome entre sus brazos y lo eleve hacia sí.

¡Cuánto sufrimiento se ahorraría el mundo si verdaderamente entendiera que hay un Dios que tanto nos quiere!
¡Cuántas humillaciones evitadas! ¡cuántos suicidios nunca realizados, cuántos abortos jamás provocados! ¡Cuántos pisotones gratuitos, malos gestos, humor cambiante, gruñidos y egoísmos evitados! ¡Si hay un Dios que sólo busca el bien para sus criaturas y, a través de Él, el amor entre los hermanos!
No lo entendemos... Ese Dios se rebajó a nuestro nivel, y se encarnó en Jesús de Nazaret. Se hizo hombre por nosotros. ¡Por ti! ¡Ese Dios todopoderoso se dejó crucificar por nosotros! Se dejó matar por ti... ¡Ese Dios resucitó de entre los muertos para demostrarnos su poder sobrenatural!
¡Lo hizo por ti y por mí!, lo hizo para que abriésemos los ojos, y todavía los mantenemos, tantas veces, cerrados... Cerrados y encerrados en nuestro egoísmo. En nuestra constante y mediocre estupidez ¿Es que todavía tenemos miedo?
Quien cree en Dios, nunca estará solo. Así de claro fue el Papa Benedicto XVI en su primera Homilía como sumo pontífice. No hay que tener miedo a la soledad, porque la soledad no existe: sólo es un estado de ánimo. Porque hay un Dios que nos ama. Y sólo nos exige corresponderle, a través de su único Hijo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, y de su Santísima Madre, la Virgen María.
Cuando el mundo entienda esto, los miedosos, tristes y solitarios vuelos de gallina habrán desaparecido para siempre. Amén.
Este artículo fue redactado en la madrugada del 11 de diciembre de 2005
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
La sociedad actual es muy egoísta, insolidaria e individual.
Gracias a Dios que los medios de comunicación sirven para algo más que para alborotar el corral de las gallinas.
Gracias a don Ciriaco de Málaga por su bendita inspiración.
Gracias.
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Ciriaco de Málaga
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