Somos felices comiendo codornices
28.06.08 @ 12:30:18. Archivado en Gastronomía

Azotado por el insoportable hastío veraniego y un apetito que no dejaba de crecer, el otro día se me encendió la bombilla. Decidí aplacar mi hambre matutina preparando un par de codornices en salsa. Aticé con vehemencia el polvo del libro de cocina que descansa en una repisa, y me puse manos a la obra.
Grosso modo, esto hice:
Compré dos lustrosas y frescas codornices, peladas y abiertas, en las galerías que hay junto a mi hogar y que llevan el nombre del célebre héroe de Lepanto.
Las freí ligeramente en una sartén cubierta de una fina película de aceite de oliva virgen extra. Acto seguido, obedeciendo al libro que obra en poder de nuestra familia desde largos años, seguí diligente todos sus consejos culinarios.
Troceé media cebolla y un par de dientes de ajo, que fueron esparcidos por el aceite hirviendo. Al poco, añadí, veloz, un vaso de vino blanco que haría las delicias del licenciado Malavia. Comencé a remover mientras la sustancia comenzaba a mostrar síntomas de creciente ebullición, a la vez que desprendía un aroma cada vez más suculento y cautivador.
Durante aproximadamente una hora, la carne de las codornices se mantuvo bajo el suave calor de la vitrocerámica que reina, majestuosa, en la cocina de mi casa.
Llegado a este punto, me salí del guión establecido por el pergamino encuadernado. Actué por libre, cual Lutero de los fogones, y busqué en el frigorífico algo de jamón serrano y chorizo. Hice taquitos y los eché en la sartén junto a una pizca de sal y pimienta. Para espesar la salsa, una cucharada de pan rallado y algo de pimentón dulce.

El embriagador perfume me hacía rozar el éxtasis. Compréndanme: mi cuerpo es joven aunque la mente, en ocasiones, sea de anciano. Mis apetitos son legendarios.
Ni en las bodas de Camacho ni en los festines de Lúculo habría suficiente para mi estómago. Sancho Panza sería un frágil comedor a mi lado y, como bien me recordó hace unas semanas una habitual lectora de este blog: "en verdad eres pícaro y sagaz, pues en lo que yo tardo en coger una patata frita, tú, en cambio, comes dos". Mi acompañante, por ventura, no era ciega. Ni yo manco.
Pues bien: tras dejar reposar a mi pareja de codornices en el plato donde en breves instantes habría de comerlas, sentí cómo el exquisito vaporcillo que hasta mis fauces se aproximaba no dejaba de empujarme hacia el nefando pecado de la gula.
Dado que mi madre y mi hermana llevan meses a dieta, fui cortés al no ofrecerles nada. A mi padre, en cambio, que ni oficio ni beneficio tuvo en este ejercicio, le di un muslito de codorniz, y en verdad quedó bastante feliz. Si bien poco hubo de roer en tan minúsculo fragmento, quedó la mar de contento. No obstante, le presté, generoso, gran parte de mi deliciosa salsa, en la que frió dos huevos de gallina, orondos y satisfechos de sí mismos.
Pues ea, Ciriaco no sólo habla de fútbol. También de gastronomía. Y hace las veces de Carlos Arguiñano cuando su buena madre y su buen entendimiento se lo permiten.
Tal vez en otra ocasión pueda compartir con ustedes el modo de elaborar caracoles, o de cómo llego a soñar con ellos en curiosas, dichosas y felicísimas circunstancias. Pero eso, amigos míos, será harina de otro costal. O, como diría el poeta, baba de otro reguero.
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No es por halagarte. Pero tu prosa me recuerda a la de Cervantes cuando relata festines en sus obras.
Sigue así.
La versatilidad es el mejor síntoma de una vasta cultura.
Un saludo
Estoy con Juanan y con Edu J. en sus opiniones, también respecto a los caracoles, y me consta que Edu J. tiene buen gusto, al menos para las mujeres.
Si he disfrutado con el suculento plato que inmejorablemente ha cocinado ante nosotros Ciriaco e igualmente, redactado y, aunque me encuentre en la misma situación de su madre y hermana, que yo me habría saltado a la torera, pues por mucho que se me hubiera ocultado, no me habría despistado el olorcillo; ya para qué decir con el toque aplicado por cch, un tremendo éxtasis me ha sobrevenido sólo de imaginar tal manjar.
Tomaré nota de ambas recetas, para cuando deje a un lado mi restrictiva y aburrida dieta. Aun a riesgo de pecar de gula, hay veces que se hace necesario darle gusto al cuerpo.
También he de destacar la sapiencia con que nos alecciona cch haciéndonos partícipes de sus amplios conocimientos.
No obstante osaría sugerirle algunas variantes. Por ejemplo, si el hambre no fuese tan atroz como describe, la víspera podría dejar macerar las codornices en una suspensión de vino oloroso de Montilla-Moriles con dos astillas de canela en rama.
Al día siguiente, en el sofrito añadir al extra virgen de oliva dos cucharadas de miel de romero en el inicio exacto del hervor y justo antes de echar la picadura de cebollas y ajos, que caramelizarían al instante si lo remueve bien con cuchara de palo.
Y como guarnición, acompañarlo de aceitunas negras dulces y judías rojas con arroz blanco hervido en agua aromatizada de rosas a la que añadirá en la ebullición dos pizcas de cúrcuma y ya en el plato, ajonjolí y sésamo espolvoreados.
Por favor, cuéntenos el resultado de mi sugerencia. Y yo a cambio le narraré la intrahistoria de esta rece...
QUERIDO EDU J.COMO TODO EL MUNDO SABE: EL MEJOR ACEITE DE OLIVA VIRGEN EXTRA, QUE SE PRODUCE EN EL MUNDO, ES EL MOLTURADO EN LA CIUDAD DE VALDEPEÑAS DE JAÉN. ES UN HECHO CIENTÍFICO.
EN LINARES ES DE CALIDAD. SÓLO ESO.
Agradezco su látigo corrector. Sin duda, fue un detalle que se me escapó en la redacción del artículo. Acabo de comprobarlo y, efectivamente, era aceite de oliva virgen extra. Ya está corregido.
Gracias.
SALUDOS
Si hace caracoles, mejor déjelo, me dan bastante asco.
Eso sí: a los comentaristas nos podría invitar a degustar sus exquisiteces de la cocina ciriacal.
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Ciriaco de Málaga
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