Fuimos sus testigos
03.06.08 @ 07:25:53. Archivado en Recuerdos del autor

"Avanza desde las cumbres del Amana, de las cimas del Sanir y del Hermón, de las guaridas de los leones, de las montañas de los leopardos. Prendiste mi corazón, esposa mía; prendiste mi corazón en una de tus miradas" (Cantar de los cantares 4, 8-9).
Se acercó a nuestra mesa, sonriendo. Como siempre, sus ojos claros, venidos de las verdes praderas de Normandía y teñidos del perfecto sol andaluz, eran puros. No escondían ni una mácula de maldad, ni un grano de mezquina doblez que hiciera pensar en segundas intenciones tras cada una de sus palabras.
Le seguía una hermosa manchega de finas y hermosas facciones. Esa mujer se había convertido, horas antes, en su esposa. Ambos se interesaron por cómo habíamos pasado el día. Entonces, él dijo: "Hoy hemos celebrado, ante Dios, el comienzo de una nueva vida; y vosotros habéis sido testigos de ello".
Villa del Río. Doce del mediodía. Atravesando los campos, llegamos. Puerta de Córdoba, pueblo sureño de la luz y del amor. Miguel Ángel Malavia, su novia María José, y yo. Recibidos con las puertas abiertas, con el corazón de par en par. Nos invitan a tomar unas copas; luego, a comer. Alegría por los cuatro costados, baile, risas y palmas. Excelente cocido andaluz, regado con buen vino tinto y amenísimas conversaciones.

Casa-Museo de Manolete, el genio del toreo español. Contemplamos, en un sabroso ambiente, típicamente andaluz, sus objetos personales: las muletas, el crucifijo personal, la vaca de la madre de Islero, diez mil negativos de fotografías inéditas, cientos de cuadros poblando las paredes. Arte concentrado en cuatro paredes con aromas de noble antigüedad.
La fiesta continúa.
La Virgen de la Estrella, rosa de los vientos, nos acompaña desde lo Alto. Más diversión, más alegría, sincera, rotunda y desbordada.
No hay sitio para el rencor, el desánimo, la melancolía.
La tristeza no cabe hoy en Villa del Río.
Es domingo. La iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, en el centro del pueblo, campea en la plaza con su elegante torre, y la Madre nos aguarda dentro. Las flores silvestres se desperdigan por el suelo, desprendiendo un perfume embriagador.
Todos esperan a los novios. Sale el sol. Y algo más que el sol. El amor. Carlos y Nuria son los protagonistas de tan espléndido acontecimiento. Nosotros, sus testigos.
Comentarios:
Y se adivida en frases sueltas que han dado Uds buena cuenta de los caldos andaluces... ejem, ejem... Sea pues, si no perdieron la compostura...
Da gusto leer cosas así. Me has alegrado el día en medio de unos ánimos que hoy más bien los tengo por tierra.
Me alegro de que lo hayáis pasado tan bien.
Un abrazo!
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Ciriaco de Málaga
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