Joseph, el católico danzarín
20.05.08 @ 17:16:27. Archivado en Tradiciones, Recuerdos del autor

En octubre de 2006 mi buen amigo Miguel Ángel Malavia y yo encontrábamos la oportunidad de participar como miembros de la Oficina de Prensa del Congreso Mundial de Televisiones Católicas.
Gran acontecimiento para la comunicación de la Iglesia, durante el que tuvimos ocasión de conversar, entre otros, con el Padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, el ya jubilado Cardenal Bernard Agré, y el arzobispo norteamericano John Patrick Foley.
El día que comenzaba este congreso nos colocaron en un autobús repleto de gente de lo más variopinta: la torre de Babel sobre ruedas. Me tocó al lado de un periodista de Tanzania, de piel negra como el alma de Zapatero.
Su nombre era Joseph y no hablaba ni una sílaba de castellano. Tuve que sacar del baúl de mis recuerdos una indómita conjunción de palabros británicos, incoherentemente enlazados unos con otros, para mantener una mínima conversación. Malavia se sentaba cerca y no me resultó de gran ayuda. Pues su nivel de conocimiento de la lengua inglesa era -y lo sigue siendo- casi peor que el mío.
El africano era simpático y dicharachero, gesticulaba con vivacidad, sus ojos eran saltones y poseía unos gruesos labios que se me hacían morcillones a tan escasa distancia. El bueno de Joseph me preguntó qué sabía de Tanzania... ¡Rayos y centellas! Se me cayó el alma a los pies. “África” y “sabana” fueron las únicas palabras que pude relacionar con dicho país. Lamentable. Pero ojo, que tampoco él sabía mucho de España. Tan sólo movió los dedos como si tocara castañuelas y, acto seguido, pronunció macarrónicamente “Real Madrid”. Los ojos de mi amigo argandeño se iluminaban por momentos ante semejantes términos, claramente favorables a las escuadras merengues.
La charla se me hacía francamente delirante y dolorosa. El viaje hasta nuestro destino, interminable. Sudé sangre, pues pónganse en mi lugar. Un tanzano que no habla ni papa de español y un español que habla un paupérrimo inglés. Y añádanle encima que se trata, para más inri, de un tanzano que no tiene ni idea de España y de un español que no tiene ni idea de Tanzania. ¿De qué hablamos? ¿Del precio del kilo de gacela en el mercado de Morogoro? ¿de los motivos por los que Luis Aragonés no ha seleccionado a Raúl González?

Sin embargo, la cordialidad fue aflorando a lo largo de los kilómetros que nos conducían de la Puerta del Sol hasta Collado Villalba. Me acostumbré al elevado tono de voz de mi moreno acompañante. Hasta que, de pronto, comenzó a explicarme algo que me escandalizó sobremanera: no le gustaban las misas europeas. Le parecían demasiado “aburridas”, demasiado “serias”.
Por lo visto, en su tribu hay costumbre de celebrarlas en la playa, y todos se colocan en torno al altar con flores en el cuello y empiezan a danzar con alegría, metiéndose varios metros dentro del agua. Mientras el indígena proseguía su discurso yo giré la cabeza para comprobar si Malavia escuchaba lo mismo que yo. En estas y otras disquisiciones llegamos a nuestro alojamiento y no volvimos a saber nada más de Joseph hasta la última jornada.
La Santa Misa que, pasados los días, clausuraba el Congreso contó con una actuación exótica. El artífice de tal desaguisado no era otro que nuestro amigo negro, quien, acompañado de otros cuatro paisanos suyos, no dudó en tocar el tambor y levantar los brazos en actitudes extravagantes para el rígido protocolo occidental. Malavia y yo nos miramos, tratando de contener una trémula sonrisa que se desvaneció con el paso de los segundos. Y que ahora, al volver a recordar ese instante, vuelve a asomarse a nuestros rostros.
Comentarios:
¿Qué sabes de mi país, Tanzania? ¿Qué sabe usted, señor danzarín, de mi barco sobre el azul del mar?
Usted aprovecha, cuando puede para arremeter contra ZP.
Malavia le tendría que haber ayudado, a hablar con el tanzano, pues seguro que habrían logrado más comunicación.
Imagino, que los aplausos en la Magistral, no tienen nada que ver que los tambores. Eso, si que debía ser un circo, en el que usted debió alucinar.
2. Normal que te gustaran los cánticos del final. Todos sabemos, a estas alturas del partido, cómo eres... ¡un progre de salón!
Por cierto, yo recuerdo haber disfrutado mucho con sus cánticos al final de una misa que fue en francés. Su alegría era por Cristo. Y no hay nada que supere esa imagen de plenitud en Dios.
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Ciriaco de Málaga
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