Un año. 30 de mayo de 2007, festividad de San Fernando.
Día tras día, mes tras mes, en el esfuerzo cotidiano por crear, por dar forma a una idea, por plasmar un deseo, una imagen capturada, un enfado que se convierte en chispeante artículo, un relato que da rienda suelta a lo más íntimo del alma, una canción, un poema, una crítica acerada o una vaporosa y sugerente reflexión.
En este blog hablamos de religión, política, arte, gastronomía, literatura y filosofía. Menos del poeta Joaquín Sabina, las drogas y la prostitución, he tocado casi todos los palos. Así que hoy llegamos a la música para comenzar bien el día.
En un arrebato de vergonzosa a la par que inevitable y narcisista autocontemplación, expongo este lunes, en mi sección fotográfica, una imagen de mis tiempos de infante, cuando no levantaba más de un metro del suelo.
Comprenderéis que mi mirada no invita a la concordia y al afecto, sino al temor y a la advertencia.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo. Los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos os aborrecerán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin se salvará (Mateo 10, 21-23).
Salta a la vista que, desde hace unos días, encuentro pocas motivaciones para escribir en mi marinero blog. Espero que sea esta una crisis pasajera, producto de las anacrónicas lluvias que en el Mes de María inundan las calles de mi ciudad. Y, una vez superadas, vuelvan a florecer, con los rayos del sol, mis artículos más incisivos y fructíferos.
En octubre de 2006 mi buen amigo Miguel Ángel Malavia y yo encontrábamos la oportunidad de participar como miembros de la Oficina de Prensa del Congreso Mundial de Televisiones Católicas.
Esta mañana he asistido a la ordenación sacerdotal que mencionaba hace unos días. En el momento de la procesión final, los fieles han estallado en vítores y aplausos hacia los nuevos presbíteros. Momento que yo he pasado con los brazos cruzados sobre el pecho y un imperturbable semblante circunspecto.
Comentaba con mi padre hace unos instantes que es una lástima cómo el chotis no tuvo, en sus mejores tiempos, la enorme difusión del tango. Género musical, sin embargo, causante de furor en la Villa y Corte y al que hoy quiero rendir un sentido homenaje en la persona de Olga Ramos.
Seguimos en agosto de 2005, y en Bélgica. En esta ocasión callejeando por Amberes, minutos antes de acudir a Misa en la hermosa iglesia de San Carlos Borromeo.
Como hiciera en otros tiempos a través de las ondas, hoy salgo a la palestra para defender al autor de La Bandera de Adiós Ayer. La causa viene dada por un artículo mordaz que ha sido publicado esta mañana y que ha causado honda conmoción en la blogosfera.
Hace menos de un año nos hacíamos eco en este blog de la ordenación diaconal del joven Jesús Javier Mora Arreola, más conocido en la diócesis de Alcalá de Henares como "Curry".
Existen numerosos misterios que la humanidad está tardando mucho tiempo en resolver satisfactoriamente: el origen del Universo, la evolución de las especies, los primeros pasos de la vida sobre la Tierra, la extinción de los dinosaurios, la vacuna contra el cáncer,...
El pasado viernes compartía barra de bar con el Gran Bisoño Madridista y el Señor del Balcón Abandonado en un inhóspito rincón del Madrid del 2 de mayo. Durante nuestra conversación, mantenida a grito pelado, llegamos a la conclusión de que tanto Miguel Ángel Malavia, como la Bandera de Adiós Ayer y un servidor tenemos capacidad suficiente para escribir un libro, ya sea de forma conjunta o individual.
Joaquín Murat, gran Duque de Berg y Cleves, mariscal de Francia, rey de Nápoles, a la sazón comandante del ejército invasor de España y gobernador de Madrid por delegación de Napoleón Bonaparte, se dirigió a sus soldados, tal día como hoy, en los siguientes términos:
El silencio es sepulcral en medio de las calles. Ni un pájaro en los árboles se atreve a emitir el tímido gorjeo de la amanecida. Los madrileños, apostados en cuarteles, tabernas, conventos, comercios y hasta en los hogares más humildes, esperan.
7 de abril de 1555. Convento de Santa Clara. Tordesillas. Una mujer anciana, vestida de riguroso luto, postrada ante una fría losa de piedra, gime y solloza. Su voz apenas se hace perceptible entre las severas piedras del sobrio edificio castellano. Silencio.