Sueños bajo el humo
24.03.08 @ 22:08:59. Archivado en Sobre el autor, Literatura

Al pobre Joe le dolían los huesos después de la dura jornada laboral. Se levantaba todos días de la semana, salvo el domingo, día del Señor, a las cuatro y media de la madrugada.
Abandonaba el humilde ático de la Avenida de la Esperanza, en el que vivía solo desde hacía dos años, tan pequeño y mísero que sólo cabían un catre, una pequeña mesa y dos sillas de mimbre.
Después de atravesar el gran parque, poblado de pinos y almendros, donde las fuentes cantarinas recortaban el silencio de los pájaros todavía dormidos, y el estanque de peces latía calmoso en el centro, enfilaba la angosta calle que le conducía a la factoría.
Miles de obreros como él acudían al lugar, como hormigas al azúcar, en ebulliciosa concentración, mil conversaciones, mil lamentos y mil trabajadores explotados hasta el extremo. No había para ellos más derecho que un mendrugo de pan y una simple moneda cuarteada.
Joe era un muchacho alegre y despierto que siempre había soñado con ir a la escuela, aprender a escribir y llegar a ser un famoso escritor, como Óscar Wilde o Bram Stoker, de los que había oído hablar a John Peters, el más suave y cultivado de sus amigos.
Los suburbios de la gran metrópoli olían a gato, a sangre tibia de cordero recental y al hollín de los cientos de chimeneas humeantes, recortadas en un eterno horizonte anaranjado.
Los padres de Joe habían muerto en un incendio de causas todavía sin aclarar. La gaceta municipal apuntó en su día a un desgraciado accidente, pero demasiados interrogantes se cernían sobre el dueño de la manzana, empeñado en construir nuevas edificaciones, más acordes con la "nova urbe".
Desde entonces, Joe vivió con su ancianísima abuela y sus cuatro primos en una casa solitaria ubicada junto a la ruidosa estación de ferrocarril. A los diez años tuvo que aprender el oficio mecánico para ayudar a la paupérrima economía familiar.
Y así comenzaron larguísimas horas en la fábrica del acero, donde sus finos dedos engrasaban las afiladas vigas que habrían de colocarse en los interminables rascacielos de la gran ciudad, mientras sus sueños literarios se desvanecían como pavesas en medio del humo y del contorno de sus párpados brotaba una tímida lágrima que caía sobre el implacable metal incandescente.
Comentarios:
Cuando termine la novela que estoy escribiendo os regalaré un ejemplar a cada uno. Mientras, esperad sentados.
Un abrazo.
¿Cual es el objetivo de este post?
Que conste que me ha parecido muy bien que se recuerden las durísmas comdiciones laborales de los obreros.
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Ciriaco de Málaga
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