Crítica de libros: La sombra del rey (2/2)

Permalink 13.07.07 @ 20:45:15. Archivado en Historia

La llegada de Felipe IV en 1621 provocó el derrumbamiento del dominio de los Sandoval, empezando con el arresto de Osuna y sus colaboradores. Fueron acusados de infidelidad al Trono. Se realizó también un proceso contra Uceda y Lerma, protegido ahora por el capelo cardenalicio, y acusado de ejercer una desmesurada autoridad.

El nuevo reinado traía un programa político contrario al valimiento y partidario de la restauración de la autoridad real, y de terminar con los abusos del anterior gobierno. Para ello, fue necesaria la sustitución del personal político de los Sandoval por otro grupo dominante: el de los Guzmán–Zúñiga–Haro.

Olivares llevó a cabo una campaña moralizadora entre los empleados públicos, sometiendo a estrecha vigilancia los cargos burocráticos para evitar la corrupción. Era un programa político de austeridad que, para más contraposición con el de Lerma, consideraba necesaria la guerra como instrumento para la recuperación nacional. De este modo, Olivares se presentaba como el más indicado para devolver al monarca sus prerrogativas. Y, desde la cima del poder, conseguir devolver a la Monarquía hispana su pasado esplendor.

Aconsejaba al soberano que siguiera el ejemplo de su abuelo Felipe II, rodeándose en el gobierno de letrados, y dejando a los nobles cargos honoríficos y de representación que aumentaran su dependencia de la Corona, dejando así de constituir un grave foco de inestabilidad. Tal fue el recelo que Olivares mostró por la nobleza, llegando a prohibir la entrada de los grandes a la cámara del Rey.

Como era de esperar, estas medidas fueron vistas por la aristocracia como un intento de acabar con sus antiguos privilegios. A esta impopularidad se unió el desgaste económico provocado por la guerra.

Sin embargo, el Conde–Duque supo aprovechar los instrumentos de propaganda estatal para mantener su poder, valiéndose de artistas como Velázquez, Maino y Zurbarán, e intelectuales como Francisco de Quevedo, con el fin de exaltar la figura del Rey -y la suya propia- mediante ostentosos ceremoniales cortesanos.

Al mismo tiempo, reforzaba su poder en la maquinaria gubernamental por el incremento de la capacidad de control de los consejos. A pesar de todo, en la década de los treinta, la facción valida fue perdiendo consistencia.

Esta actitud de Olivares estaba cargada, sin embargo, de numerosas contradicciones. A la vez que demostraba un rechazo a la figura del favorito, creó una red de personas de confianza en la administración ligadas a su familia. Y de hecho llegó a ser “tan absoluto con este Rey como lo era Lerma con el padre” (sir Walter Aston), a pesar de pertenecer a una rama menor del linaje de los Guzmán.

En lo referente a las relaciones de Olivares con las élites locales, no se produjo, como tradicionalmente se ha pensado, una destrucción de los estatutos de autonomía y un intento de castellanizar la Península. Por el contrario, Olivares solía confiar a los nativos la superintendencia de los asuntos provinciales. Se trataba más bien de una confederación que pretendía conseguir la disponibilidad de tropas y dinero para la defensa de la Monarquía.

En enero de 1643 el Conde–Duque se retira de la Corte como consecuencia de la creciente influencia de la facción contraria, apoyada por la Reina y parte del clero palaciego. La nobleza, que había llegado a boicotear los actos públicos del rey en la llamada “huelga de los grandes”, recibió con alegría la retirada de Olivares e instó al monarca a procesar al valido para asegurar así que el alejamiento sería definitivo.

Las acusaciones de la nobleza, representadas en un memorial de Andrés de Mena, se centraban en los intentos de Olivares de aniquilar el papel político de la alta aristocracia castellana. El Conde–Duque se defendió con otro memorial titulado Nicandro, en el que explicaba la “conveniencia y seguridad del Reino la estrecheza de los grandes”.

La amplia bibliografía manejada por Francesco Benigno está compuesta por numerosas fuentes contemporáneas a los hechos narrados (cartas, relaciones, memoriales) y por multitud de obras modernas de carácter general y específico. Un papel destacado tiene la obra de John H. Elliott (El Conde–Duque, La España del Conde–Duque, La rebelión de los catalanes, Memoriales y cartas, etc.). Pero no menos importantes son Antonio Domínguez Ortiz (Crisis y decadencia de la España de los Austrias, Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen,...) Stradling (Philip IV), Francisco Tomás y Valiente (Los validos), Gregorio Marañón (El Conde Duque de Olivares, la pasión de mandar), y otros más.

El tema principal de La sombra del rey podría ser el destacado papel que tuvo el mundo cortesano en los distintos avatares de la Monarquía hispana. Era en las cercanías del rey donde se tomaban las decisiones más importantes y donde se congregaban aquellos que deseaban adquirir una destacada posición social.

Ello condujo, irremediablemente, a la aparición de una serie de grupos políticos, llamados partidos o facciones, que defendían a su máximo representante para ocupar el segundo puesto de la nación. Ese representante era el valido. Ganándose la confianza regia, el éxito estaba asegurado, pero no se trataba de una tarea fácil y ello provocó numerosos enfrentamientos entre los partidos.

En España, los dos grandes validos fueron el Duque de Lerma y el Conde–Duque de Olivares. Aunque su política era notablemente diferente, ambos conservaron la esencia del valimiento y lograron mantener, cuando pudieron, un poder extraordinario.

Este trabajo de Benigno nos ayuda a aproximarnos a los dos grandes personajes y a su trascendencia histórica.

BENIGNO, Francesco. La sombra del rey. Validos y lucha política en la España del siglo XVII. Madrid, Alianza Editorial, 1994.


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