Dos siglos después del inicio de la abolición de la esclavitud, todavía existen 27 millones de personas tiranizadas en el mundo. Ninguna conoce la libertad
Por Luis Miguel Ariza
Elena es un nombre falso: tiene 26 años, es atractiva, de complexión fuerte y se expresa con tanta soltura que parece española, pese a que nació en un país del este de Europa cuya religión mayoritaria es musulmana. Su pasado atroz parece sacado de una película de terror. No puede decir quién es, ni dónde nació; nada de fotografías. Concebida en una familia conservadora, no le gustaba viajar. Los estragos de la guerra en la antigua Yugoslavia se extendieron como tentáculos en su país. Las matanzas de varones y la limpieza étnica llevada a cabo en 1999 truncaron su camino hacia la universidad. Elena conoció a una persona de su misma nacionalidad, quien, tras entablar relación con su familia, le prometió una mejor vida en España, donde residía. Ella se mostró reacia. Su novio -que viajaba mucho- insistía, hasta que ella quedó encinta. Tuvo que casarse -por obligación familiar- y, poco después, su marido le compró un visado legal. Ambos llegaron finalmente a Madrid en 2003. Ella estaba embarazada de dos gemelos de casi cinco meses. Al segundo día, su mundo se quebró en pedazos. La persona amable que había conocido se transformó en un monstruo: le exigió que abortara para ejercer en adelante la prostitución en la Casa de Campo.
Elena se negó. Y la primera paliza mató a sus hijos antes de nacer. Después de una breve estancia en el hospital, fue coaccionada para trabajar como prostituta y se zambulló en una pesadilla. Había caído en una red de tráfico humano, compuesta por hermanos, primos, amigos de su marido... que controlaban a decenas de chicas. Desde aquel verano hasta comienzos de 2004 transcurrieron siete meses infernales. "No existía, ni hablaba con nadie, trataba de alejarme, adelgacé muchísimo, parecían siete años". Las jornadas agotadoras -desde las seis de la tarde hasta las diez de la mañana del día siguiente- terminaban a menudo en palizas al llegar a casa. "Una forma de decirte que te calles". Pasados los dos primeros meses, la policía detuvo al individuo. Los traficantes amenazaron con matar a su familia si ella hablaba. Elena pasó tres días en el calabozo, soportando la presión policial para que denunciase (de lo contrario, recibiría el mismo castigo que los traficantes o sería deportada a su país con un informe policial y la obligación de que su familia la recogiera tras ser informada). "Si lo hacía, sabía lo que iba a pasar. Pensé: 'Yo me muero, pero mi familia no se toca". Elena explica que los agentes no podían imaginar que una prostituta hablase cinco idiomas. Pensaban que les mentía, que había estado mucho tiempo en España. Ahora reconoce que "se le cerraron puertas" por no haber denunciado. (continúa...)

Foto: Siro López
>> Sigue...