Sintonía cordial

Francisco: Un viaje al corazón de la tragedia

07.04.16 | 17:09. Archivado en Solidaridad, Respeto, Política, Pobreza, Sufrimiento, Justícia

Pocos líderes en el mundo tienen la autoridad moral del Papa Francisco.

El goza de la libertad que nos da el Evangelio: es coherente y no tiene nada que ocultar. En él no hay doblez, y por eso es libre para hablar, denunciar y construir.

Por esa misma libertad y razón, no teme a los gobernantes que buscan intereses personales, tapan la corrupción y son capaces de negociar con la vida humana. No teme hablar alto y claro. Su compromiso con la verdad y con las personas van por delante, y en cuestión de derechos humanos y dignidad, nada es negociable, porque no admite rebajas. Con él no va aquello de lo que tanto se habla hoy del “postureo”. La verdad le quema, le rebela y le hace levantar su voz como un profeta. Y como un profeta se vuelve incómodo, para los que mandan y anteponen al bien común los intereses personales, y a los que siempre tuvieron excusas y pretextos para no implicarse, apelando a la falta de credibilidad de los pastores. Hoy, con Francisco eso ya no va.

Francisco, la próxima semana va a Lesbos al encuentro con los refugiados, como ya lo hizo nada más comenzar su pontificado yendo a Lampedusa. Va a remover las conciencias, a clamar y a reclamar justicia, a poner sobre la mesa un drama humano que algunos quieren ocultar, otros disimular, pero que hoy clama al cielo y repugna a la sensibilidad humana. Pero Francisco va también, y fundamentalmente a consolar y animar a aquellos a los que Europa cierra las puertas y humilla hasta la miseria, impermeabilizando sus fronteras y pagando para que los acojan aquellos que no les ofrecen ninguna garantía sino todo lo contrario.

“Los refugiados”, no son números. Francisco sale a su encuentro porque ha hecho suyo su dolor; porque sabe que son personas que sufren un drama, que huyen de la guerra y que se encuentran totalmente desprotegidas, ante un mundo satisfecho, y unas políticas despreciables que aumentan su desgracia y su dolor.

Francisco: Gracias por tu coherencia. Quisiera contigo gritar alto y claro, que ya no podemos más. Que estamos hartos de esta vergüenza y que no soportamos que tantos hermanos nuestros mueran víctimas de políticas asesinas de quienes les arman para la guerra y acaban rematando a las víctimas de las mismas.

Tenemos el derecho y el deber se ser acogidos. Tenemos el deber de acoger y de ensanchar nuestro corazón, porque ellos también tienen el derecho de que practiquemos la hospitalidad, en una tierra y un univreso que es de todos y en el que no tendrían que existir las malditas fronteras, muros, murallas y concertinas que fomentan de división y conducen a la destrucción de la vida y de la esperanza.

Francisco: Vamos contigo a Lesbos y alzamos nuestras voces para decir: esto es una vergüenza, el fracaso de la humanidad.

No podemos olvidarnos de nuestros hermanos que sufren. Optar por ellos es hoy la opción más evangélica, y la más auténtica profesión de fe.

Deseo que las palabras y los gestos del Papa, una vez más despierten conciencias, toque corazones y reconduzca las políticas de la vergüenza hacia una paz estable y duradera.

Que su paso deje esperanza y un poco de luz, y que su mensaje haga que aquellos que hoy tienen razones para ignorar a sus hermanos y para enfrentarlos, se desarmen de la prepotencia y la comodidad y se digan unos a otros las palabras de Antonio Machado que invitaban a buscar lo bello y mejor cuando escribió "¿Tú verdad? No, la verdad, ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela".

Ah, y no tengamos miedo. La vida de Francisco hace tiempo que está entregada al reino y a la vida. Él no teme a los que matan el cuerpo, porque el alma, la libertad y el Espíritu, no lo podrán nunca ni amordazar, ni matar.


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