Sintonía cordial

"Dormía y soñaba que la vida era..."

22.06.08 | 18:03. Archivado en Festejar, Iglesia, Libertad
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Anoche tuve un sueño.

Soñé que la comunidad de los discípulos de Jesús predicábamos la Buena Noticia de la salvación con alegría, como una propuesta amable de liberación y como un camino de vida, y que en esta tarea se nos pasaban los días sin tener tiempo que perder.

Soñé que entre todos nos dedicábamos al servicio de los más pobres, a consolar a los que estaban tristes, a estar atentos para ver a dónde se necesitaba ayuda, y que siempre estábamos dispuestos a echar una mano. Soñé que en la Comunidad de los amigos de Jesús, nos amábamos de verdad, y que si alguno tenía algo contra otro, en el diálogo y en la fraternidad, se encontraban fórmulas de reconciliación y paz.

Soñé que nuestra alegría era contagiosa, y que la felicidad era nuestro domicilio. Definitivamente éramos felices amando y sirviendo. Y por eso, necesitábamos reunirnos para celebrar cada día o cada semana todo el bien que recibíamos de Dios y que nos permitía ser generosos a fondo perdido. La gratuidad era nuestra divisa, el amor nuestro distintivo, la entrega el pan nuestro de cada día, y la eucaristía, nuestro alimento.

Soñé que llevábamos la fiesta en el corazón, que como Jesús cantábamos las Bienaventuranzas del Reino y que acogíamos a todos, sin distinción, eso sí, dábamos preferencia a los enfermos, a los necesitados, a los pobres más pobres.

En el sueño vislumbré que entre todos existía la comunión, y que ésta se manifestaba en la comprensión y en la capacidad que teníamos para justificarnos, disculparnos,perdonarnos, los unos a los otros… y en medio de todo esto, la gente nos reconocía precisamente por el amor que nos profesábamos y porque siempre estábamos disponibles para ser “utilizados” para bien de los demás.

Pude contemplar a la Iglesia de Jesús como una casa grande, muy grande con las puertas abiertas de par en par, invitando a que todos entraran. Allí había mucha luz, y por sus grandes ventanales, que permanecían siempre abiertos, entraba y salía el aire, un aire fresco y lleno de vida, de modo que a pesar de ser muchos, en aquella casa se podía respirar a pleno pulmón, y el ambiente era muy bueno, no había contaminaciones extrañas… El aire se renovaba constantemente, y el Espíritu aleteaba en los corazones… El ambiente era festivo, y Jesús, que presidía la mesa, celebraba cómo unos a otros nos lavábamos los pies, y compartíamos con generosidad el pan, de modo que entre nosotros no había necesitados. Además siempre se disponía de pan y ayuda para los que no se sentaban a la mesa por la causa que fuera: sabíamos que ellos tenían hambre y necesitaban el alimento para vivir, y eso, nos comprometía.

Pero algo pasó y me desperté sobresaltada…. Y lloré, no sé si porque descubrí que estaba soñando o por las profundas nostalgias de que eso fuera vida entre los amigos del Maestro.

Entonces, me dediqué a observar y vi que teníamos miedo, y por eso nos encerrábamos en nuestras fortalezas, descalificando a los que no pensaban como nosotros, o aferrándonos a estructuras que ya no dan vida, o que asfixian a algunos de los nuestros. Me costó aceptar que la Palabra no se anunciaba, porque estábamos en tantas cosas, tan distraídos en batallas internas tan rastreras, que la Palabra quedaba sin predicar, los pobres sin atender, y el testimonio seguía siendo la asignatura pendiente.

Me dio pena ver los banquetes que se daban en nombre del Señor, en los que la riqueza y las glorias de este mundo deslumbraban,,, y más pena ver que Jesús, no estaba en ellos, aunque muchas veces se decía que se organizaban en su nombre y por su dignidad… Recordé aquello que decía mi hermano en la Orden Felicísimo Martínez, cuando habla de la Iglesia que veía Domingo de Guzmán a su alrededor: “Mucho ritual y poca predicación; muchas liturgias y poca evangelización; mucho boato y demasiado poder político; ausencia de pobreza y austeridad; mucha ignorancia y poca doctrina….” y comprendí que también eso era parte de nuestra Iglesia de hoy, de la que todos somos responsables.

No entendía cómo podíamos poner en labios de Jesús y atribuir a su voluntad tantas cosas que en lugar de liberar los corazones los llenaba de temores. La Iglesia que yo amo – decía J. Arias- es la que prefiere ser sembradora de esperanzas, más que espigadoras de miedo... Y lo que más pena me dio, fue ver que poco a poco habíamos perdido la capacidad de celebrar y hacer fiesta, y así, nuestras asambleas y celebraciones tenían más de lamento y de “obligación” que de deseo vivo de compartir los dones recibidos con alegría. Entendí aquello del cumplimiento, o del “cumplo y miento”, y sentí necesidad de recuperar el tiempo, de reencontrarme con los hermanos y las hermanas, y de poner manos a la obra.

Vi que la tarea era inmensa y me desanimé, pero resonaron en mí las palabras del maestro: “-Mi gracias te basta”, y comprendí que si es verdad que nada cambia tanto el mundo como el cambio de uno mismo, también es verdad que la conversión personal y el compromiso de cada uno desde la comunión, es fermento de Evangelio. Y vino a mi mente una frase que alguna vez oí y que cobró fuerza en mí para hacer que el sueño, sea una realidad: “La conversión es una experiencia que se vive en el corazón: es reconocer nuestra debilidad; es cambio hacia Dios por parte del hombre; es vivir una vida nueva; es desear y hacer posible la verdad y el bien; es estar más cerca de Dios Padre y más cerca de los hombres”.

Y pesando en el poema del poeta hindú, Tagore, di gracias a Dios porque los sueños a veces, son realidad, y otras veces son un impulso para cambiar lo que se puede cambiar:

“Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era la alegría”.

www.dominicos.org/manresa


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