Releyendo a Gonzalez-Faus
02.08.10 @ 14:51:12. Archivado en La Ciudad
Gracias a las lluvias del invierno, unas hermosas manchas de humedad se han estampado por las paredes de la habitación que me hace las veces de biblioteca y, en unión de la tropa menuda familiar, hemos tocado a zafarrancho de limpieza y pintura. Cajas y más cajas han hecho las galas de improvisados baúles donde varios cientos de volúmenes han pasado varias noches a la espera de la resolución del desaguisado. Entre ellos dos de los libros que más me han marcado a lo largo de los años. Uno, La muerte en Occidente, de Philippe Ariés, y el otro, Acceso a Jesús, de González Faus.
Este es un libro aparentemente breve pero de una densidad y claridad memorables. Mi padre me lo cedió por un tiempo pero, como es habitual en mi relación con todo lo que tenga algo escrito entre pastas y lomo, no ha consentido en dejar mi casa. Sus dos primeros capítulos causaron lo que denomino como efecto batidora y conmovieron los cimientos de mi, hasta la fecha, fe como baluarte forzándome a replantearme la misma y su propia esencia desde más abajo del propio sótano de la conciencia.
Hoy me he topado con una entrevista a este teólogo en Religión Digital. Sus palabras son siempre comprometidas y muy, muy cercanas. De toda la entrevista, con grande enjundia y aprovechamiento que se decía antes, he querido destacar un párrafo sobre como, a partir de un texto de Benedicto XVI, analiza en su nuevo libro, varios certeros calificativos de cómo tendría que ser la presencia de la Iglesia:
- sin poder, siempre dialogante, sin pretender nunca imponer ni su propia verdad ni su propia moral (aunque sea la Verdad), sino a través del argumento;
- una presencia servicial y, a la vez, molesta puesto que la Iglesia ha de estar en los lugares donde no está nadie o donde la sociedad crea sus víctimas;
- una presencia ejemplar , en la cual se apreciara que que realmente practica lo que predica y no confraterniza o discurre por la línea del poder;
- una presencia plural, para una comunidad como la nuestra que es tan grande y, en ocasiones, conflictiva, con muchas voces distintas que, sin embargo, convergen todas en la figura de Jesucristo.
En estos tiempos en los que nadie parece poder escapar de la tentación del adoctrinamiento, bien político bien social bien religioso, supone un verdadero consuelo encontrar visiones tan claras de la relación entre el hombre y la religión y, a la postre, poder hacer propia una frase como :"Hay que ser contemplativos en la relación, es decir, saber ver en el otro -con sus debilidades, sus promesas, sus defectos, lo que sea-, algo de Dios. Eso es lo que hay que cultivar".
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Manuel María Ventura
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