Confesiones de un monarca efímero
04.01.08 @ 09:47:26. Archivado en La Ciudad
A Alfonso, Daniel y Salvador
Confieso, para empezar, que esta mañana he mentido a mis hijos; porque, usurpando su aún inconsciente inocencia, les dije que marchaba de viaje y que regresaría a casa ya bien entrada la noche.
En mi defensa argüiré que volveré con la cara aún tiznada de negro y el corazón cargado de ilusiones y de preguntas que no habré sabido responder...
Confieso igualmente que, adquirida momentáneamente la condición de prestidigitador de las alegrías, no deja de remorderme la conciencia la imposibilidad de evitar en la medida de mis fuerzas la impunidad de los unos y de aliviar la miseria y la tristeza de los otros.
Confieso seguidamente que, convertido por tres horas en centro de las miradas y de las expectativas de una impaciente caravana infantil, resuenan sorda y lacerantemente en mis oidos los gritos sin voz de tanta infancia que no tuvo la oportunidad de nacer o de tanta criatura a la que la misma voz se le ahoga por la implacabilidad del hambre y de la enfemedad.
Confieso también que, erigido en representante en cuerpo y alma de la verdad de la Noche de Reyes, sin embargo no podré hacer nada por los que no creen, no quieren o simplemente no pueden creer porque la soledad o la cobardía les ha comido ya la inmensidad de su corazón.
Aún así, proclamo que contra la racanería moral de nuestros actuales gobernantes y contra la bobería y la escasita calidad política de sus antagonistas; contra la complacencia de los hacen del dinero o el consumismo la bandera de su existencia y contra la indiferencia de los que no hacen nada para evitar el desarme intelectual de nuestra sociedad; contra todo ello, en suma, traigo en mi pequeña cajita como presente de Epifanía fe, trabajo y esperanza, que depositaré esta tarde a los pies del Justo recién nacido en el pesebre de los pobres.
Y, aún así, este monarca efímero de la cara tiznada intercalará, entre las risas y las miradas extasiadas de los pequeños, una pequeña jaculatoria por los abuelos y las abuelas, los padres y las madres de mis amigos que creyeron en el poder de los Magos de Oriente, y que ya duermen, como niños y niñas confiados, en la Paz inmensa del Señor.
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Manuel María Ventura
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