La identidad canaria según Soul Sanet, o el nominalismo elevado a la categoría de razón política
13.07.08 @ 20:24:48. Archivado en Política española
Como ejemplo magnífico y epítome de los fundamentos intelectuales del nacionalismo canario, ya en su momento nos llamó poderosamente la atención “Llámame por mi nombre”, una canción que durante los años 2000 y siguientes resonó una y otra vez en las emisoras canarias de radio y televisión, perteneciente al álbum Denominación de origen, del grupo Soul Sanet. No vamos a entrar en calificar los méritos musicales de esta formación compuesta por cinco jóvenes tinerfeños, a medio camino entre el rap, la balada soul y los ritmos más o menos latinos, puesto que a la vista están (ya no diremos al oído). Sí quisimos entonces, en cambio, hacer un comentario de la letra de “Llámame por mi nombre”, un texto que sirvió y ha de seguir sirviendo de guía tanto literaria como espiritual a los jóvenes canarios que aspiren a serlo de provecho. En este momento, en que las siete estrellas verdes han subido al pabellón del nacionalismo oficial, nos vuelve a parecer de actualidad.
“Esto es un canto a la supervivencia/ de lo que queda de una raza, de una lengua”, comienza el texto. La presentación de aquello en lo que va a consistir la pieza nos predispone positivamente hacia algo que es deseable por todos: la supervivencia de una raza y de una lengua es algo que sólo despreciarían los más obtusos. En esta proposición aceptamos, como de pasada, el hecho incontestable de que hay una raza y una lengua de las que algo “queda” y, además, asumimos que el concepto de “raza” es fundamentador de la identidad. El inicio prosigue con una exhortación: “Enseña la historia, escucha lo que cuenta/ la leyenda/ sobre una tierra/ que un pasado encierra”. En estos versos, el característico ritmo del rap, rico en síncopas sorprendentes y complejos contrapuntos, nos sumerge en una confusión que está lejos de ser impremeditada: al encontrar a un mismo nivel “historia” y “leyenda”, quien escucha se libera de la perniciosa distinción academicista entre ciencia, documentación y veracidad, por un lado, y tradición popular, misterio y sugerencia, por otro, con lo que queda habilitado para asimilar sin prejuicios las enseñanzas del autor.
La continuación (“Testigo del caído,/ del rey vencido,/ de raza esclavizada,/ lengua olvidada/ y conquistada”), en progresivo despojamiento de lo más insustancial del lenguaje, o sea, los artículos, anima al destinatario del mensaje a convertirse en algo así como el albacea de un colectivo étnico del que sería injusto afirmar, como hacen muchos ratones de biblioteca sin contacto con la escuela de la calle, que se halla separado de nosotros por cinco o seis siglos de historia, la lengua, la religión, la cultura, los intereses y el mismo ADN. Alude después el texto a una “lucha a cuerpo desnudo/ que con el invasor no pudo,/ sólo con coraje y piel de escudo”, versos que, como todos los restantes, sólo un lector poco avisado calificaría de ripiosos, y que en realidad enfatizan, por medio de una rima dura y consistente, la rudeza e injusticia del genocidio. Sostener que los antepasados del quinteto chicharrero probablemente estuvieron en las filas del invasor y no en las del pueblo sometido es sólo una tergiversación que en ningún hecho histórico documentado se apoya. Los versos que vienen luego (“rompió su lanza,/ su guerra descansa,/ el aborigen ya no avanza”) alumbran tras una niebla gramatical y semántica sólo aparente la confusión de aquellos días de combates y esclavitudes. Las siguientes líneas (“Noventa y cuatro años de contienda/ a la venta en una tienda./ Indígenas por cientos/ con un futuro incierto,/ vendidos./ Dolor por lo que son y lo que han sido./ De grandes reyes libres a esclavos convertidos”) insisten en esa triste condición del esclavo, con una sintaxis hiperbática y un uso preposicional neológico que confiere al lenguaje del rap su renovador carácter.
El empleo inteligente de la anáfora (“Mi vida y mis costumbres,/ mi sangre dividida,/ mi tradición, mi nombre,/ mi identidad perdida”), así como de la redundancia (“junto a mis sentimientos/ dicen lo que yo siento”) sirven para preparar con singular estilo una épica culminación: “Me debes creer cuando grito al viento/ y digo que/ soy un mencey,/ de mi propio mundo el rey”, que irrumpe, con significación súbitamente opuesta a las líneas anteriores, para expresar el paradójico orgullo de la raza sometida y aniquilada que renace gracias a mágicos mecanismos que no conoceremos hasta el cierre del texto y, así, nos mantendrán en vilo. La crudeza del hecho histórico a través de la crudeza de la rima y la denuncia del viejo pleito insular como pura imposición del invasor sobre unas islas naturalmente fraternas se expresan con soltura magistral en los versos que continúan la serie: “No hay fuego que queme/ a mi hermano guanarteme”.
A través de la nominación, el estribillo reivindica la identidad perdida sólo en apariencia (“Por mi nombre llámame”) y la proverbial hospitalidad aborigen (“abre, entra y quédate)”, que no empece un moderno sentido de la propiedad (“ésta es mi casa”) ni una profunda conciencia étnica que nunca palidece (“ésta es mi raza”). Los letristas, cuyo concepto de la historia es, sin duda, dialéctico, continúan con frases que contrastan con el sentimiento de pertenecer a un pueblo de “sangre dividida” e “identidad perdida”, versos de alcance y orgullo étnico que sólo los malintencionados tildarían de racistas (“Regresa a la etnia, a la pura,/ a la fuerza isleña, a la altura,/ presa de orgullo, hermosura”). Sigue una yuxtaposición de sintagmas sólo parcialmente referenciales, que prolongan el eco de “pura”, “altura” y “hermosura” con intenciones rítmicas y parecen aludir al componente mágico de la cultura aborigen: “Lección de bravura,/ de corazón,/ bendición,/ remedio y cura/ de maldición”.
Una nueva convocatoria cuajada de esperanza brota del colectivo magín de Soul Sanet, que emplea dos conceptos no por muy utilizados menos vigentes, sobre todo en una sociedad como la nuestra, en que las palabras lucha e insumiso se han difuminado entre el consumo y la jerigonza de bar de instituto: “Lucha/ por el eco que aún se escucha/ del rey insumiso que murió,/ que al barranco saltó”. La exhortación continúa con afortunados tintes mesiánicos: “renuncia a ser cautivo,/ resucita al nativo,/ guarda siempre contigo/ lo que sobrevivió”. El camino es la acción, como saben muy bien todos cuantos siguen el rap, ese arte de vanguardia urbana y compromiso social: “Reclama,/ mantén viva la llama”, y un caracoleante verso pronuncia por primera vez el gentilicio mágico, la clave de toda la composición: “defiende la memoria en el tiempo del guanche de Anaga”.
El texto toca a su fin en un tono de exaltación patriótica muy conforme con los tiempos que corren. Llegan los versos que manifiestan el espíritu que recorre la canción de arriba a abajo, la propuesta de mantener el “legado de mi pueblo, presente/ década tras década en mi gente,/ no leyenda solamente”. En el recitado final, la identidad se fundamenta en la pureza y en la sencillez de la mera afirmación, en la fuerza del nombrar, frente a la vana disquisición pseudocientífica demasiado frecuente entre quienes se llaman pensadores: “Tú y yo, todos somos reyes,/ canarios, menceyes./ Un pueblo con personalidad propia,/ con nombre propio”. Se resuelve así la paradoja de la historia legendaria o la leyenda histórica, el falso conflicto entre la fe y la razón, la clave de la Historia con mayúsculas. Y esa clave, como en el mito adánico, está en el nombre, en la recreación, en la nominación: “Nombres como Ruymán, Acaymo, Ayose, Guacimara, Yaiza, Gara hacen que nuestra lengua sobreviva”.
La clave de la identidad canaria según Soul Sanet estriba, por tanto, en la confluencia de dos factores básicos: la conservación de los nombres aborígenes en los libros de historia, que permiten hablar de “nuestra lengua” como entidad superviviente (nos referimos, claro está, al guanche; el castellano es la lengua de los invasores), y la fuerza incontestable y progresista de lo étnico canario, que subrepticiamente y con el vigor de las razas fuertes ha sobrevivido a cinco o seis siglos de genocidio, evangelización, castellanización, repoblación española y portuguesa, importación de esclavos negros y berberiscos (que a finales del siglo XVI eran franca mayoría en las dos islas orientales, según censos seguramente falseados), incorporación a la cultura occidental, viajes de ida y vuelta a Hispanoamérica, franquismo, democracia y otras catástrofes características del colonialismo. Acudir al hecho de que tantos canarios se llamen Julio, Claudio, Antonio o Domingo para significar que el pueblo canario sea el heredero de los césares romanos sería indecente. Los Fernandos, Gonzalos y Recaredos que pueblan La Laguna, Arrecife o Telde no van asociados a una mágica supervivencia de la sangre visigoda, y mucho menos goda, en nuestras venas. Quien defienda que la presencia de nombres como José, Juan o Ismael en el padrón de Puerto del Rosario o en el de Puerto de la Cruz supone lazos genéticos con el pueblo hebreo actúa de mala fe. Por último, que tres de los componentes de Soul Sanet, habiendo sobrepasado alguno de ellos ya la treintena y llamándose Francisco Trujillo Rodríguez, Miguel Ángel Morales Perera y Francisco José Morales Perera, prefieran figurar en su web y en las carpetas de sus discos como Frank, Mike y Jefry y vestirse y aderezarse como si fueran camellos o proxenetas salidos de una película de Spike Lee, no indica que el pueblo canario descienda de una pareja de afroamericanos horteras instalados en Las Palmas, ni tampoco que estos chicos sean unos mequetrefes. Probablemente, aparte vender discos a los más jóvenes e inexpertos, lo único que pretenden es seguir una moda.
Pero lo que importa no es nada de eso, sino la raza y la lengua; sobre todo si su existencia se basa en orígenes convenientemente legendarios y suficientemente repetidos a través de tres o cuatro nombres bien escogidos. ¿Quién va a negar, con la razón en la mano, que alguien llamado Beneharo Pérez, Tinerfe Cabrera o Yeray de León ha de ser guanche de pura cepa y, por tanto, canario de pro? Nosotros no, desde luego. Las cosas, por su nombre.
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Juan Luis Calbarro
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