Principios o etiquetas
28.05.08 @ 23:36:41. Archivado en Política española
Esta es una de esas épocas en las que a uno le pide el cuerpo renunciar a la nacionalidad y hacerse ciudadano de algún país serio. A la trayectoria de un gobierno estático –y tal vez extático–, cuyo máximo orgullo en estos meses parece ser el bienhadado parto de una de sus ministras, se contrapone el espectáculo vergonzoso de un partido mayoritario en la oposición que, obviando el hecho de que diez millones de españoles pusieron en él su confianza, decide que ahora, cuando hay por delante cuatro años de trabajo parlamentario, es el momento de ventilar la cuestión de su liderazgo. Por eso decía yo lo de los países serios: supongo que alguno habrá en el que el Gobierno se dedique a gobernar, y no a hacer oposición de la oposición; y la oposición se dedique a controlar la acción del gobierno y a hacer propuestas constructivas antes que en pensar en su candidatura de dentro de cuatro años. Se supone que los ciudadanos habrán de votar entonces a la vista del trabajo hecho, pero nuestros partidos mayoritarios parecen confiar en lo contrario: en que al electorado le interesan más los nombres y las etiquetas previas que los contenidos. ¿Creen que la LOGSE ya ha surtido los efectos esperados?
Porque de esto se trata: de etiquetas. Empeñados en mantener a los ciudadanos en la inopia del etiquetado, los cerebros del PSOE (si es lícito describir así a elementos como Pepiño Blanco) se esfuerzan en mantener el lenguaje más polvoriento de la vieja izquierda, aderezado con alguna nota de la necesaria modernidad: asuntos sociales por doquier, algún neologismo que empiece por eco y una pizca de multiculturalismo y plurinacionalidad. Lo mismo da que el desarrollo de la ley de dependencia esté siendo desastroso porque nos quedamos en la legislación –el etiquetado– sin acordarnos de financiarla como toca y de coordinar los correspondientes departamentos autonómicos –el contenido. Lo mismo da que la desigualdad efectiva sea creciente en el sistema sanitario español, que, como tan acertadamente ha descrito ayer mismo Francisco Sosa Wagner, se encamina hacia diecisiete minisistemas sanitarios diferentes, con diferentes prestaciones y diferentes grados de cobertura: la etiqueta –el lenguaje– se ocupa de ocultarlo. Lo mismo da, en fin, que numerosos españoles, cada vez más, vean conculcado su derecho a usar su lengua materna en la escuela o la administración: el etiquetado ha dispuesto que hablar castellano es de derechas y, por lo tanto, desechable, y en cambio las demás lenguas cooficiales son progresistas y, además, tienen derechos que están por encima de los individuales de los hablantes. Contra la realidad, etiquetas, como demuestran muy bien los rótulos de los nuevos ministerios zapateriles.
Mientras, en el Partido Popular, a los complejos que arrastra la derecha española desde 1975 se suman hoy el desánimo y la impotencia que causa haber crecido en votos en las urnas y, sin embargo, resultar derrotados por la alianza parlamentaria del populismo-oportunismo de Zapatero con los enemigos del Estado. En lugar de aferrarse a los principios, cosa que los compromisos del poder nacional y autonómico le impiden, el PP oficial se retuerce en un combate de pesos ligeros por ver quién resulta más aparente cara a unas futuras elecciones. Desengañémonos: ninguna de las manifestaciones de líderes populares en estas últimas semanas viene avalada por un soporte ideológico denso, por una propuesta programática compleja o novedosa. No hay contenidos. Que Mariano Rajoy diga que a veces “hay que moverse” lo indica todo: no se trata, pues, de ser fiel a los principios. Ni de no serlo, ojo: se trata de adoptar la posición que nos permita caerle mejor al electorado y, sobre todo, a los medios de prensa; y en esto está muy equivocado, ya que los grandes grupos mediáticos no se dejan conducir por las simpatías, sino por el dinero. Que los contenidos sean o no los de siempre da igual, porque lo que queremos transmitir es lenguaje literal, signos, etiquetas: “el centro reformista”. A mí me gustaría que me explicaran qué es, sustantivamente hablando, esta tontería del centro. Aunque ya lo tengo bastante claro: el centro es el punto imaginario donde se sitúa uno a quien interesa que la gente siga opinando en los términos caducos de derecha e izquierda y además no pueda identificarlo a uno ni con la una ni con la otra. El centro puede ser el lugar idóneo para el que no tiene principios que ofrecer: el campo donde trabaja aquel a quien no importa inclinarse hacia los unos o hacia los otros sin adquirir compromisos previos con la ciudadanía. El centro no es ni chicha ni limoná: no ofrezco nada concreto para no pillarme los dedos cuando acepte cualquier cosa. Sigo en el juego de las etiquetas, porque creo que así es más fácil seguir muñendo a mis paisanos, pero escojo la etiqueta comodín, la que –si la gente se lo cree– me permitirá hacer el papel de progresista de opereta tolerante con las majaderías de los nacionalistas cuando me interese y el de paladín nacional-católico cuando me convenga más. Esto es el centro, y esto es lo que ofrece cierto PP: el que parece que van a defender Mariano Rajoy, un brillante pero hoy decepcionante Alberto Ruiz-Gallardón o Manuel Fraga, jaleados por los periodistas que hablan de “derecha moderada” para, sin darle la absolución por el pecado de ser de derechas, reconocerle al menos buenas maneras.
Enfrente nos encontramos un territorio igualmente heterogéneo e indefinido en el que parece que se destaca Esperanza Aguirre, o al menos los medios así nos lo presentan; un territorio en el que, según las últimas declaraciones de la presidenta madrileña, se considera que no son necesarios los “cambios radicales”. De nuevo el juego de las etiquetas: autotitularse “centro reformista” no es nada radical, por cuanto no comporta contenidos ideológicos ni programáticos concretos, pero tampoco es un cambio, dado que el PP siempre se declaró de centro y reformista –otra cosa es que esta imagen no haya calado, en buena parte gracias a la actitud vociferante del trío Rajoy-Acebes-Zaplana durante la pasada legislatura. ¿Dónde está el cambio radical? ¿Es que nos toman por nuevos? Cuando nos hablan de liberalismo, ¿se refieren al liberalismo que comulga con los obispos? ¿Al que pacta o quiere pactar con los nacionalismos hiperintervencionistas? ¿Al que se niega a firmar condenas del franquismo en Europa o a asumir una Educación para la Ciudadanía bien entendida? En fin, no es necesario extenderse en ejemplos para que nos demos cuenta de que en el PP todos se han embarcado en la lucha por la poltrona: a nadie le interesan lo más mínimo unas presuntas diferencias ideológicas que, por mucho que algunos en el grupo PRISA se empeñen, no afloran con claridad en ninguno de sus discursos. En el laberinto del PP de hoy sólo se emplean argumentos que tienen que ver con la estrategia y, por tanto, con el acceso al poder en el seno del partido y con respecto a las instituciones. Etiquetas.
No esperemos más del Partido Popular de hoy. Una vez situados, sus líderes se olvidarán de estas cuestiones y se aplicarán a pactar con quien sea necesario pactar. Entre otras cosas porque ya en la primera legislatura en que gobernó demostró su condición de maquinaria de poder: en aquellos años, Aznar se mantuvo en La Moncloa merced al apoyo de CiU y del PNV, y fue entonces cuando tuvimos que oír de los parapetados labios del vallisoletano aquello del “Movimiento Vasco de Liberación Nacional”, o comoquiera que se formule este engendro conceptual; una expresión, por cierto, que hoy, en labios de Zapatero, habría hecho babear espumarajos y vituperios susceptibles de querella a algún locutor de radio.
Una rectificación se hace necesaria, porque generalizar siempre acaba en injusticia. En el Partido Popular, como en el Partido Socialista, sí existen personas honestas que contemplan con preocupación la deriva absurda a que nos arrastran sus líderes y que parece envolver definitivamente a un PP más preocupado por calcar los éxitos de Zapatero que por plantear sus propias políticas. Esas personas, que no sólo tienen ideología sino que además tienen principios y lealtad institucional, se han dado cuenta de que PP y PSOE son hoy maquinarias inertes, válidas principalmente para ganar o mantener el poder y no para el buen gobierno o la defensa leal de los intereses de la ciudadanía. Algunos, ninguneados, se han ido ya a sus casas o mantienen su discrepancia a salvo en blogs críticos con sus aparatos partidarios. Otros han optado por dejar carné, cargo y sueldo e integrarse en UPyD, desde donde ahora defienden con actitud transversal sólo aquellas estrategias que interesan al ciudadano que tiene problemas reales (algo que en esta España sí es radical). Y con el electorado sucede algo parecido: cada vez más ciudadanos se dan cuenta de quién sostiene un discurso veraz, desde posiciones de lealtad y no de oportunismo, y quién les sigue proponiendo el juego de las etiquetas.
Por eso es tan injusto encuadrar en ese juego mendaz y nocivo para España la actitud de alguien como María San Gil. Ella, que como todo el mundo tiene una ideología que podremos o no compartir, sí comparte con muchos de nosotros –pero al parecer no con quienes en su partido hoy se disputan la entrada al banquete– la fidelidad a los compromisos adquiridos y un aprecio mucho mayor por los principios que por la oportunidad. Sabe que la oportunidad sólo atañe al corto plazo y, como los estadistas, a ella sólo le interesan las soluciones de largo aliento: las políticas dotadas de una espina dorsal ética que van más allá de los congresos partidarios. Pactar con los nacionalistas garantiza el acceso inmediato al poder a costa de los derechos que muchos ciudadanos ven hoy menoscabados o suprimidos en Euskadi, y a costa posiblemente del futuro de España: ella lo sabe bien y por ello, creo yo, no desea participar en un congreso en el que no se van a debatir políticas, principios ni soluciones, sino más bien números, atajos inciertos, posibles transacciones…
Políticos como Rosa Díez o María San Gil –qué curioso, esto de las mujeres vascas– son hoy más necesarios que nunca. Indigna que a ambas las llamen hoy traidoras desde el infame PSOE vasco y desde el PP centrorreformista, respectivamente. Cuando tras la guerra francoprusiana y la caída de Napoleón III se debatía en París el retorno de la monarquía (puesto que aquel parlamento francés de 1871 era mayoritariamente monárquico), le fue ofrecida la corona al conde de Chambord. Éste puso como condición que el Estado recuperara la bandera blanca y flordelisada de la Francia de los Luises; pero abandonar la enseña tricolor, que había ondeado gloriosamente en representación de Francia durante ya casi cien años, resultaba inasumible para aquella asamblea constituyente. El conde de Chambord, que no podía reconocer la bandera que había amparado a los verdugos de sus antepasados, renunció a la corona y dio así paso a la III República Francesa. Victor Hugo, que era diputado republicano en aquella asamblea, le dedicó en L’année terrible un hermoso poema titulado “A Enrique V” en el que decía de él lo siguiente: “L'homme est viril et fort qui se décide/ A changer sa fin triste en un fier suicide;/ Qui sait tout abdiquer, hormis son vieil honneur;/ [… et qui]/ Ne vend pas son drapeau même au prix d'un royaume”. Que un republicano reconociese entonces la abnegación y la honestidad de un rey pudo resultar extraordinario, aunque tal vez no tanto como desgraciadamente puede serlo hoy que un correligionario haga lo mismo con quien, tratando de libertades y derechos fundamentales, en un contexto de violencia y chantaje permanentes hacia la ciudadanía, se niega a vender lo mejor que tiene: no ya una bandera a cambio de un reino, sino sencillamente sus principios a cambio de un puesto en una lista y de una seguridad física que no requiera de escolta. Necesitamos más políticos como estos últimos; pero también, por cierto, ¡qué falta nos hacen algunos Hugos!, personas que desde el liderazgo de la sociedad civil y por encima de todas las banderas se atrevan a reconocer, colocar en el lugar que merece y exigir a los representantes de los ciudadanos eso que está tan desprestigiado en nuestra España: la fidelidad a los propios principios, el compromiso responsable, la abnegación.
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Juan Luis Calbarro
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