Hace algo menos de un año, en una terraza de Palma, le eché un ojo al titular de una entrevista publicada en un diario alemán que un despreocupado turista leía mientras bebía cerveza y bromeaba con sus amigos. “El presidente de Irán habla como Adolf Hitler”, rezaba el texto. El experto germano entrevistado coincidía, así, con cierta importantísima información publicada a mediados de abril de 2006 por The New Yorker: un revelador reportaje de Seymour M. Hersh –el periodista que recibió el Pulitzer en 1970 por su cobertura de la guerra de Vietnam y que más recientemente destapó los crímenes de Abu Graib– en el que se apuntan algunas claves del conflicto en cierne. Y casualmente Hersh comienza su trabajo con unas declaraciones de un alto funcionario de la CIA según las cuales “Bush y otros en la Casa Blanca lo consideran [al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad] un Adolf Hitler en potencia”. No es una coincidencia.
Ningún analista duda ya que Washington ha previsto una intervención en Irán, en la infantil esperanza de precipitar un alzamiento popular que acarree un cambio de régimen. Pero la cúpula de poder político-religioso en la vieja Persia es hoy mucho más radical que antaño –el mismo Ahmadinejad es altamente sospechoso de haber practicado el terrorismo en el pasado–, el entramado social del país mucho más homogéneo que el de Irak, su demografía mucho más numerosa y el control de la población por el régimen férreo: los llamados Guardianes de la Revolución han copado la administración pública desde el acceso de Ahmadinejad, sustituyendo a miles de funcionarios civiles. Las investigaciones iraníes en materia nuclear, dados los ilimitados recursos energéticos de su subsuelo, no tienen más destino creíble que el militar. Se calcula que Irán dispondrá de la bomba atómica antes de diez años, y esto es algo que todos los expertos coinciden en señalar que ni Washington ni Tel-Aviv permitirán bajo ningún concepto: el riesgo de que las redes terroristas islámicas accedan al armamento nuclear una vez que Irán se haya dotado de él es inasumible. Sin embargo, los ayatolás consideran que la bomba atómica es su único recurso para defender la soberanía de la nación y, lo que para ellos es más importante, la dignidad del Islam; y los servicios de inteligencia occidentales afirman que el programa nuclear civil iraní declarado es sólo la tapadera de un programa militar secreto y paralelo.
Los satélites han detectado en Irán instalaciones subterráneas resistentes a agresiones aéreas, similares a las soviéticas de los últimos años de la guerra fría y muy probablemente construidas con asesoramiento técnico ruso. No sólo el Pentágono dispone ya de planes para bombardear cientos de objetivos en suelo iraní (no sólo posibles laboratorios y almacenes nucleares: también campos de entrenamiento de mujaidines internacionales), sino que miembros del Ejército y de la CIA han reconocido de forma anónima que unidades de combate han sido introducidas en aquel país en secreto para preparar el ataque: estudian el terreno, recogen datos, contratan auxiliares nativos, entran en contacto con grupos étnicos antigubernamentales (las minorías azerí, curda y baluche, por ejemplo) y toman posiciones para el día en que el posible conflicto estalle; entonces, supuestamente, ayudarían a determinar los objetivos, asegurarían in situ la eficacia de los bombardeos y minimizarían en lo posible el número de víctimas civiles. Mientras, en Washington se planean accidentes industriales y, significativamente, se consideran todas las posibilidades, incluidas las peores previsiones. Según el reportaje de Hersh, de fuentes sólidamente autorizadas, los halcones de la Casa Blanca defienden el empleo de armamento nuclear táctico (tipo B61-11) ante la imposibilidad de neutralizar con seguridad los búnqueres subterráneos con bombas convencionales; el Pentágono se opone (incluso algún general del estado mayor habló de dimisión), pero es conocido que en los Estados Unidos no mandan los militares, sino los oligarcas. Un ex-alto cargo de la inteligencia norteamericana opina: “Cualquier otra opción [distinta al uso de armas nuceares tácticas] dejaría huecos. Es una decisión dura; pero ya lo hicimos en Japón”. Cierto consejero del Pentágono, en cambio, reconoce que “los iraníes han diseminado su actividad nuclear muy bien, y no tenemos ni la más remota idea de dónde está buena parte del material clave. Podría estar incluso fuera del país”; para advertir a continuación del riesgo de una reacción en cadena contra los ciudadanos y los intereses norteamericanos en todo el mundo: “¿Qué pensarán los 1.200 millones de musulmanes el día en que ataquemos Irán?”
Según un miembro de la Cámara de Representantes entrevistado por Hersh, el gobierno está haciendo consultas a representantes y senadores, y no encuentra oposición a un eventual conflicto armado. “No hay presión del Congreso” para evitar la acción militar; “la única presión política la ejercen los partidarios de la intervención”. Y “lo más peligroso es que este chico [es decir, el presidente Bush] tiene una visión mesiánica de las cosas”. El presidente y sus amigos industriales parecen pasar por alto el laberinto iraquí, con su cosecha diaria de cadáveres, y la posibilidad de que ésta pase a ser despreciable en comparación con la carnicería previsible en la patria de Ciro el Grande. Parecen pasar por alto también la posibilidad de que la guerrilla libanesa Hezbolá, chií y proiraní, retome el nivel de tensión máxima que mantuvo contra Israel, y la de que una Al-Qaeda potenciada desde Teherán lleve la guerra hasta las mismas alcobas de los electores norteamericanos y occidentales. O la de que todo el Irak chií se encienda como un reguero de pólvora, más aún que en la actualidad, en solidaridad con el régimen de Teherán, y Basora pase a ser un puerto iraní. O la de que un conflicto prolongado haga inexplotables buena parte de las reservas de petróleo en Oriente Medio –e imagino los temblores que sufren ante tal perspectiva los déspotas aliados de Occidente en el Golfo Pérsico–, con la consiguiente crisis mundial. He aquí las posibilidades.
Entre tanto y a sabiendas de todos los preparativos reservados, George Bush defiende en público la vía diplomática. Esperemos que no sea pura pamema. Pronto habrá elecciones presidenciales y nos espera una dura campaña. ¿Recuerdan aquel cuento de las armas de destrucción masiva? Pues ahora puede ir en serio.
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Cada loco con su tema.
Atacar Irán sería una auténtica locura a la que el estamento militar (no necesariamente coincidente con el consorcio militar-industrial, que es harina de otro costal) se opone, y con muy buenas razones. No entremos siquiera en disquisiciones morales o de otra índole (número de muertes civiles, y otras nimiedades por el estilo): atacar Irán sería una catástrofe para los iraníes, pero también para Estados Unidos, que necesita quitarse de encima a esta caterva de energúmenos fascistoides lo antes posible.
El Fiscal general del Estado acaba de decir que en estos tres años “ no ha habido muertos “ por el terrorismo . Está por ver que lo del 11-M no se lo debamos a los pacifistas de Eta . Miles de españoles piensan que Zp y el PSOE sí han tenido participación activa en el golpe de Estado del 11-M , con la ayuda de Eta . Esto explicaría la rendición del Gobierno ante Eta . La Eta y el Gobierno con su rendición no están matando personas : es muchísimo peor , están matando a la Nación española , están matando la libertad de 40 millones de españoles . Y si resulta que sin muertos , el Gobierno se rinde ante Eta , peor . España nunca se ha rendido cobardemente ante sus enemigos . ZP dimisión . España se merece otro Presidente . Por eso salimos a la calle .
Viernes, 17 de febrero
Vicente A. C. M.
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga