Carmen Rigalt y mis testículos
27.07.06 @ 11:21:03. Archivado en Vida Independiente
El pasado 11 de julio el periódico El Mundo publicó un artículo de Carmen Rigalt titulado “El hombre monotesticular” en el que, entre otras cosas, afirmaba que veía a los cojos como señores descompensados de testículos. Envié a El Mundo mi respuesta que a día de hoy no ha sido publicada. También he intentado hacerla llegar directamente a la autora, pero no tengo constancia que la haya recibido. Por eso la publico aquí y ahora.
Hola Carmen:
Acabo de leer tu artículo El hombre monotesticular, publicado el pasado día 11 de julio en la sección de Opinión del periódico El Mundo. Una vez más, utilizas brillantemente la palabra, eres mordaz y satírica. Me encanta tu estilo. Genial.
Confiesas que no paras de imaginar señores monotesticulares hasta el punto de que "… a los cojos los veo (ves) como señores descompensados de testículos". Mira por donde, yo soy cojo y has hecho que reflexione sobre mis testículos, reflexiones que quiero compartir contigo, por si en algo ayuda a calmar tu obsesión. Nunca había pensado en mi descompensación testicular, pero ahora que lo dices, compruebo que existe, porque aunque tengo dos huevos –acabo de comprobarlo en este mismo instante- son tantas las veces que me los tocan cada día que deben estar mucho más hinchados que la media nacional, aunque he de reconocer que desconozco el calibre medio.
Cuando vuelvas a ver por ahí a un cojo, sea yo u otro, piensa que si existe la descompensación testicular no es porque el número sea impar, sino porque me tocan los huevos cuando no puedo entrar con mi silla de ruedas a un banco a meter o sacar dinero; o tampoco ir a comer al restaurante de la esquina (que me han recomendado porque dan muy bien de comer) por los escalones de la entrada y/o porque no tiene baño adaptado; o cuando no puedo viajar con RENFE al lugar, el día y la hora que deseo, bien porque no es accesible el tren que quiero tomar o porque, en caso de que lo sea, ya está vendida la única plaza para silla de ruedas que hay en cada convoy; la hinchazón testicular llega a extremos exagerados cuando me entero de nuevos detalles sobre la mala y mal llamada ley de la (in)Dependencia que nos va a "regalar" el mediático ministro Caldera; si el ayuntamiento de mi pueblo concede licencia de actividad a un comercio de acceso imposible para mi también se me hinchan… Y también me toca los huevos, y no veas de qué manera, el ver como una afamada columnista, queriendo sacar punta a todo, convencida de que nadie ha de meterse con ella, imagina mis descompensados huevos haciendo elucubraciones mentales y obviando el por qué se me descompensan.
Podría estar un día entero describiéndote situaciones como estas, pero no quiero atentar a tus capacidades imaginativo-eróticas respecto de las descompensaciones testiculares de los cojos. No lo mereces.
Otra cosa. Cuando veas a un hombre no cojo no estaría de más que analizaras también su posible desequilibrio testicular, ya que el paso de no cojo a cojo, ya sea transitorio (fractura de la tibia) o permanente (traumatismo medular), puede ser tan rápido como el tránsito de pobre a rico si a uno le toca una buena y suculenta primitiva.
Resumiendo, te diré que lo que más nos hincha los genitales a los cojos es la discriminación permanente a la que nos vemos sometidos. Y como la discriminación no tiene sexo, resulta que a las cojas, que como sabes tienen ovarios en lugar de testículos, también se les hinchan por las mismas razones que las expuestas para los cojos.
O sea, que los cojos podemos tener uno, dos o los testículos que sean, qué más da, pero lo que sí tenemos los cojos y las cojas son muchos cojones para afrontar la discriminación y buscar la igualdad de oportunidades que constantemente se nos niega.
Te saluda atentamente un cojo con un par de huevos.
Ismael Lloréns Santamaría
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DESDE EL GUINDO
El hombre monotesticular
CARMEN RIGALT
No soy homófoba, pero sí tocapelotas. Me gusta hacer equilibrismos con lo políticamente incorrecto. Mira que mis amigos me lo advierten: cuidado con los gays, que te la estás jugando. Pero a mí, por un oído me entra y por otro me sale. Yo no me arredro. Teniendo en cuenta que soy bastante maricona, me siento legitimada para deslizar maldades sobre el tema. Mientras no protesten mis coleguis de la revista Zero, yo tranquila.
He sido una de las personas perjudicadas por la transparencia informativa (que no es tal: aquí y ahora lo único que transparenta son los infundios). A los cronistas sociales siempre nos ha gustado jugar con la doble intención: apuntar sin decir, decir sin señalar, señalar sin nombrar. Pero el periodismo adivinanza ya no cuela. Es cobardica y anticuado, facilón, cutre. Ahora, si no escandalizas con nombres y apellidos, no eres nadie. El plato fuerte de los programas televisivos de cotilleo es la autopsia sentimental de los famosos que han pasado a mejor vida. Como los muertos no saben ni contestan, el morbo está asegurado. La verdad hay que probarla, la difamación no.Para insultar a una mujer siempre se ha recurrido a dos calificativos: o puta o lesbiana. O las dos cosas. En el caso de los hombres la cosa se complica. Con la homosexualidad campando por sus fueros, ya no hay tabúes. Miento: queda uno. Es un tema ancestral que ha llegado a nuestros días sobreviviendo al tiempo y las guerras, como una leyenda épica grabada a fuego en la letra pequeña de la vida. Me explico. La dignidad de los hombres está hipócritamente asociada a su capacidad de seducción, su poderío o su bonhomía. Pero es mentira. A ellos les define el número de testículos. Si es impar, mal asunto. De muchos héroes históricos he oído decir que sólo tenían un testículo. Es una forma de cuestionar su heroicidad. Yo nunca he visto un hombre con un huevo (tampoco con tres, las cosas como son) pero me hago a la idea. Estos días, a fuerza de darle vueltas al asunto, no paro de imaginar señores monotesticulares. Fíjense si estaré obsesionada con el temita que a los cojos los veo como señores descompensados de testículos. No sé si un testículo de más o de menos suma o resta masculinidad, pero tal parece y así lo manifiesta la tradición oral. El que no tiene cojones, carece de reservas para procrear.
Me veo este verano, moleskine en ristre, paseando por las playas nudistas a la caza y captura de colgajos. Me veo buscando huevos y, lo que es peor, contándolos.
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Ismael Lloréns Santamaría
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