Es del todo paradójico observar que aquellas segundas o terceras partes de películas que han tenido mucho éxito llevan el número que ocupan en la saga con orgullo y como garantía de rentabilidad y, sin embargo, a partir de la tercera entrega, un pudoroso velo impulsa a sustituir dicho número por un sobrenombre que la desmarque del resto para evitar dar imagen de seudoproducto diluido por el tiempo. Si no fuera porque nada tiene que ver con que la cinta que nos atañe está protagonizada por Tom Cruise recreándose en sí mismo a tortas y tiros para desayunar, se podría decir que lo de Protocolo Fantasma le viene que ni pintado, pero dejando aparte bromas fáciles puestas a huevo, la adrenalínica patochada, como era de esperar, se aúpa a lo más alto del ranking taquillero.
Como excusa para introducir a los robots, verdaderos objetivos de los focos de esta película, partimos de un futuro cercano en el que precisamente los robots son lo único diferente a nuestros días. En dicho escenario, el boxeo ha dejado de ser cosa de humanos porque el público “quería más sangre y violencia”, fíjense que “tontá” más gorda (si me dijeran que era en pro del espectáculo, que se trataba de una derivación más hacia la pirotecnia que al deporte, todavía, pero lo de buscar más sangre…); así las cosas, robóticos son los argumentos de púgiles que ahora ya no se enfundan guantes, sino que se colocan junto al ring, mando a distancia en mano, para jugar con su megajuguete a control remoto.
Hay un dicho popular, siempre verdades como puños, que asegura que el tiempo es oro, y partiendo de la condición mortal del ser humano, In time propone un futuro en el que se descubra un remedio contra el envejecimiento. Cuando se llega a los veinticinco se permanece con el aspecto que se tenga sin alcanzar la edad de la decadencia física, lo cual es todo un hallazgo; sin embargo, dado que no cabríamos todos en la Tierra y que la cosa no sería muy nuestra si no se lucrara alguien a costa de otros, el tiempo de vida se transforma en moneda de cambio y fuente de riqueza para que unos vivan con opulencia eternamente y muchos parezcan el conejito de Alicia en el País de las Maravillas con el tictac del reloj acercándole cada día a su final. La clave, dormir poco, trabajar duro a cambio de pocas horas que sumar a tu reloj y que nadie te lo arrebate.
Cuestión de sexo. En torno a ello giran todas las complejidades mentales y emocionales del ser humano, o al menos era lo que el ilustrísimo Sigmun Freud predicaba a gritos con sus teorías, doctrinas y experimentos. El director David Cronenberg, uno de los más reputados de la actualidad con trabajos como Una historia de violencia o Promesas del Este en su equipaje, se apunta a esta particular y recurrente obsesión (en realidad siempre ha sido una de los mimbres de su cine) rodando con convencimiento y seguridad una cinta hipnótica de actores y actrices en el punto álgido de sus carreras interpretativas.
Sábado, 2 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín