La avalancha de películas de superhéroes hace que sea prácticamente imposible que las haya para todos los gustos y que sus calidades igualmente suelan diferir. Pero algo que parece característica común en todas ellas son, gags y guiños o bromas aparte, los momentos de máxima tensión en los que el mundo suele andar caminando en el filo de la navaja y solo los buenos de turno pueden salvarnos con sus superpoderes y calidades humanas; en otras palabras, se toman muy (y casi siempre demasiado) en serio. Kick-Ass es el ejemplo de que se puede hacer una película seria en clave de comedia (eso sí, muy negra) y mofándose de tanta trascendencia con mallas: una delicia y seguramente de las mejores películas que podremos ver este verano que tenemos en puertas.
Soy un firme defensor de la idea de que la palabra “remake”, en un altísimo porcentaje de ocasiones, no significa otra cosa que oportunismo y dinero fácil, además de falta de respeto a aquello que copian descaradamente y que jamás igualan. En menor medida, remake significa actualizar una historia que ha envejecido mal y acercarla a las nuevas generaciones, en cuyo caso se hace como mínimo aceptable (en muchos casos incluso necesaria) la revisión. Es por ello que reconozco que al principio, cuando Robin Hood empieza a no tener mucho parecido con lo que uno está acostumbrado a ver, y esperando una copia actualizada de más de lo mismo, te sientes raro y removiéndote incómodo en la butaca; pero luego, cuando te das cuenta de que la cosa no va por esos derroteros y que se trata de una visión completamente distinta de la historia (es lo que tienen los mitos: no se falta a la verdad por verlos de otra forma), te vas relajando, asumiendo la circunstancia y, al menos en mi caso, aplaudiendo no volver a ver las andanzas de Kevin Costner con el pelo más corto y rostro de azote de los romanos (eso sí, la extraña sensación de ver a Gladiator con arco y flechas no te la quitas en ningún momento).
Una de las fórmulas más efectivas de la historia del cine, válida para un buen ramillete de géneros, es la de enredar al tipo corriente y moliente en un lío de marca mayor que le hace sentirse minúsculo y superado ante los acontecimientos que van precipitando una aventura que parece no tener escapatoria, peligrosa y para la que, por supuesto, no está preparado. Al público siempre le ha encantado meterse en el pellejo del pobre protagonista de los “desastres por casualidad”. Cuando la pareja protagonista de esta comedia de enredo y espionaje se hace pasar por otra para lograr reserva en un restaurante de lujo, uno piensa “¿pero es que no han visto Con la muerte en los talones?”; eso siempre sale mal. Regla número uno del buen superviviente en peli de intriga: nunca digas “aquí” cuando llamen a otra persona, porque supone el principio del fin de tus días tranquilos…
El sistema de justicia es el supuesto escudo protector de toda sociedad democrática y civilizada. Todos somos iguales ante la ley, que no distingue entre sujetos… o al menos, así está plasmado en los papeles oficiales. Bien es sabido que cualquier asunto que maneje el ser humano tiene oscuridades, e innumerables víctimas de justicia mal aplicada son testigos diarios de ello. En Estados Unidos se torna especialmente sangrante el asunto cuando una persona es menos vulnerable al peso de la ley si puede pagarse un buen abogado, cuando un fiscal está más preocupado por no estropear el número de condenas logradas en su carrera o cuando una sentencia absurda crea precedente y en este se ampara el mismo error.
Jon Favreau y Marvel Entretaintments proponen una secuela coherente en lo argumental con lo ya narrado y muy conscientes de que encaje en todo un universo que la multinacional se está montando en la gran pantalla, con el estreno de, al menos una macroproducción superheroica al año; y muy bien que hacen.
Sábado, 2 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín