Por supuesto, no todo lo que Clint Eastwood ha hecho es perfecto, y hay sombras en su filmografía que sobran, pero aun sin saber qué me voy a encontrar, para mí es todo un acontecimiento el día del año que puedo asistir al estreno de una cinta del último gran clásico vivo. Con esa mezcla de entusiasmo y peligrosa expectación acudí a ver Invictus, un encargo de y para Morgan Freeman, que ha nacido para interpretar el papel de Nelson Mandela y que ya adelanto que no defrauda a nadie. Me topé con una cinta eminentemente inteligente, en la que, al igual que la obra en la que está fielmente inspirada, se huye de la biografía para centrarse, con el ágil recurso del cine deportivo, en la victoria de Sudáfrica de la Copa del Mundo de rugby en 1995; dicho evento, en el que el director (quizá demasiado enamorado de un personaje histórico fascinante) deposita excesiva influencia, supuso un golpe de mano político y emocional para la construcción de un nuevo país en el que hacían (y siguen haciendo) falta alegrías populares y grandes dosis de buena voluntad para perdonarse los unos a los otros por barbaridades pasadas, presentes y futuras.
Reconozco que me cuesta ser objetivo con una cinta diseñada fundamentalmente con el objetivo prioritario de acaparar Oscars, y aun así salí de la proyección con buen sabor de boca ante un espectáculo detenidamente diseñado y cuidadosamente elaborado, con números musicales que enriquecen lo que vemos (en cuyo éxito final influye una imponente fotografía), y que, sin ser un fan del género en cuestión, se me pasó el tiempo volando. Todo ello es innegable. El buscaéxitos Rob Marshall (Memorias de una geisha, Chicago) vuelve a dar banda sonora a las ansiadas nominaciones en esta digna adaptación del musical de Broadway Nine, a su vez adaptación de 8 1/2, trabajo de un Federico Fellini al que se rememora y cuya sombra acompleja sin necesidad este trabajo.
Aquel que sea fiel al personaje mítico y no acepte verle distinto con la excusa de la “revitalización”, conserve los libros como oro en paño y vea las películas del detective más famoso de la historia una vez al mes para darse un homenaje, no debería atreverse a otear siquiera el resultado de la reiniciación de la saga, con más fines económicos que otra cosa. Dicho sea esto ante todo. Ahora bien, no se puede negar que el aire de entretenimiento puro y duro (sobre todo duro), el giro a la acción (ya avisé a los puristas que se aislaran de esta entrega) y la enorme química que tienen tres intérpretes como Jude Law, Robert Downey Jr. y Rachel McAdams resulta del todo efectiva para las rudimentarias intenciones del proyecto.
Shane Acker hace su irrupción en esto de contar historias largas (su anterior trabajo fue una versión en cortometraje de esta misma historia, nominada al Oscar en 2006, por cierto) de la mano de Tim Burton; y digo de la mano del cineasta que parece un personaje de historia de terror porque, además de encargarse de la producción de la obra (junto a Timur Bekmambetov), la influencia visual y artística se hace evidente desde los mismos títulos de crédito del inicio, ya que, nunca mejor dicho, su sombra es demasiado alargada cuando Burton forma parte de un proyecto.
No sé por qué será, pero el maltrato sin medida hacia nuestros semejantes, si se contempla en el cine y se tiene el pretexto de la ficción siempre desata los más bajos instintos cainitas y tiende uno a pasarlo en grande ante el espectáculo. Zombieland (que así se llama la producción: manías de añadir apellidos para estropear un nombre perfecto que tenemos por estos lares) es una fusión de gore, terror, homenaje y altísima dosis de comedia que, mezclado sin agitar, son elementos perfectos para un buen cóctel con aceitunita y todo de entretenimiento sencillo, directo y sin remilgos.
Jueves, 16 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio